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Perros callejeros (1977) cuenta la historia del Torete y una pandilla de jóvenes delincuentes que viven en los barrios marginales de Barcelona durante los años setenta; más concretamente, en el barrio de la Mina, en el límite norte de la ciudad, muy cerca de Badalona. El grupo se dedica al robo de coches, a los atracos a pequeños comercios y a otros delitos con los que intenta conseguir dinero y sobrevivir.
Los chicos mantienen constantes enfrentamientos con la policía y protagonizan persecuciones en coche, arriesgando sus vidas sin reparo alguno. La situación se complica cuando el Torete tiene una disputa con el Esquinao, un hombre poderoso y agresivo que controla parte del barrio (es algo así como el patriarca de la comunidad a la que pertenece el Torete). La relación del Torete con la sobrina de este provoca una disputa que termina desencadenando una horrible venganza: el Torete es castrado y acaba por suicidarse tirándose por un desfiladero con un vehículo robado.
Se trata de una película de explotación (cine violento, de destape, drogas, etc.) perteneciente al subgénero quinqui. De hecho, Perros callejeros representa un hito o piedra miliar en el referido cine, abriendo las puertas a otros clásicos del género como Navajeros (1980), Deprisa, deprisa (1981) o Colegas (1982). Podemos afirmar que el cine quinqui es nuestro blaxploitation nacional. Si en el género mencionado los héroes son individuos de raza negra que se mueven en entornos donde la droga, la delincuencia y la prostitución campan a sus anchas, en el cine quinqui los protagonistas son también quinquis, gitanos o macarras (es decir, personas marginales pertenecientes en muchos casos a minorías étnicas) que se enfrentan con la policía y viven en entornos de exclusión. Las bandas sonoras, por otro lado, son a menudo compuestas también por artistas y músicos pertenecientes a ese mundo. En el caso de la blaxploitation, artistas funk y soul de raza negra, y en el del cine quinqui, grupos de rumba callejera como los Chichos o los Chunguitos, entre otros muchos.
El cine quinqui, a su vez, se asemeja, en parte, al neorrealismo italiano y al posneorrealismo. Al igual que en este último cine, José Antonio de la Loma, Eloy de la Iglesia o Carlos Saura querían retratar el mundo marginal del lumpenproletariado, con particular interés en el ámbito juvenil. Algunos directores de cine quinqui aspiraban a realizar un cuestionamiento político contra un sistema que generaba exclusión necesariamente.
Es por ello por lo que el cine quinqui es sumamente realista y cuenta con un particular valor documental. Muchos de los actores no eran profesionales, sino verdaderos quinquis y delincuentes juveniles; muchos de los golpes y bofetadas que se veían en pantalla eran también reales (se dice que lo mismo ocurría con las persecuciones a alta velocidad). Hay que decir que, en el caso de Perros callejeros, a pesar del aire "cutre" de muchas de sus escenas y del trabajo no profesional de los actores, las persecuciones fueron rodadas por Rémy Julienne, especialista que coordinó varias películas de James Bond (reconocidas por sus fantásticas escenas de acción).
Por otro lado, hay teorías contradictorias sobre la razón por la que Juan José Moreno Cuenca, alias el Vaquilla, no fue el actor principal de la saga. Según algunos, era tan mal actor que fue sustituido por el Torete, amigo suyo del barrio; según otros, no participó en la película porque estaba preso tras haber cometido diversos delitos. Curiosamente, no solo la realidad sirvió de inspiración para la ficción, sino también al contrario. Por poner un ejemplo, uno de los chavales que aparecen en la película era el Pirulí, que hacía de chivato en la misma. Como me comentó una vecina del barrio que lo conoció: "Eso le marcó bastante la vida, porque era un mote de chivato el Pirulí. [Eso] le marcó mucho. Porque tenía que hacer de chivato en lo que es la película. Eso le dio mala fama". En ese sentido, la ficción tenía el poder de contaminar la realidad. En lo que al cine quinqui se refiere, realidad y ficción se retroalimentaban, nutriéndose activamente la una a la otra.
Digamos que los actores que protagonizaron la película vivían tal y como lo hacían los personajes que interpretaban. Aparte de cometer delitos, Ángel Fernández Franco, alias el Torete, hacía pellas e iba a la discoteca Ateneo Colón, en la zona de Pueblo Nuevo, donde se juntaba con otros jóvenes y trataba de ligar con las chicas. Lamentablemente, al igual que el Vaquilla y tantos otros chavales de su época, Ángel cayó en las garras de la heroína y murió como consecuencia del sida, enfermedad devastadora que acabó con gran parte de su generación.
En definitiva, Perros callejeros retrata el problema de la delincuencia juvenil durante la Transición, mostrando las tripas de una España supuestamente moderna y limpia que, en realidad, contaba con numerosas aristas y sumideros que el poder oficial e institucional trataba de soterrar a toda costa. Las películas del llamado cine quinqui que iniciaron su andadura con Perros callejeros trataron de subvertir dichos esfuerzos para mostrar una realidad cruda: la realidad de los desheredados que luchaban diariamente por sobrevivir en un mundo hostil y a medio construir.




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