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La antipsiquiatría es un movimiento intelectual, social y médico surgido en las décadas de 1960 y 1970 que cuestionó de raíz los fundamentos, la autoridad y las prácticas de la psiquiatría convencional. El término fue acuñado por el psiquiatra sudafricano David Cooper en 1967. Surgió en el ambiente de efervescencia contracultural y crítica hacia las instituciones de control social típico de los años sesenta, una época de crisis sacrificial (en palabras de René Girard) o colapso del orden social en el que el poder era cuestionado con particular virulencia. Los periodos de crisis sacrificial, de cambio social (en España hablaríamos de la Transición y los años inmediatamente posteriores, con su Movida madrileña, etc.), tienen un carácter carnavalesco, donde se ponen en tela de juicio las normas sociales, al tiempo que estas son subvertidas temporalmente. Con estos fenómenos se da, en el fondo, no una revolución completa, sino una purificación del sistema para que este siga operando con mayor eficiencia y para que siga siendo, en esencia, el mismo.
La antipsiquiatría argumentaba que la "enfermedad mental" era una etiqueta impuesta para marginar conductas desviadas de la norma social, más que una patología biológica real. Entramos, pues, en la clásica interpretación de la realidad como "constructo social" (algo que halla sus raíces en el pensamiento de Kant y su teoría de la cosa en sí). Figuras clave como Michel Foucault, Thomas Szasz y R. D. Laing denunciaron el uso de tratamientos invasivos - como el electroshock, las lobotomías y el confinamiento involuntario -, señalando que la psiquiatría actuaba como un instrumento de opresión en lugar de un vehículo de sanación.
En este clima de escepticismo, el psicólogo David Rosenhan aportó uno de los argumentos empíricos más devastadores contra la disciplina mediante el famoso experimento de Rosenhan (1973). Rosenhan y siete colaboradores sanos, conocidos como "pseudopacientes", se presentaron en varios hospitales psiquiátricos de Estados Unidos alegando que oían voces confusas. Todos fueron admitidos y, a pesar de actuar con absoluta normalidad durante su ingreso, recibieron diagnósticos de esquizofrenia o psicosis.
Los profesionales médicos fueron incapaces de detectar el engaño e incluso reinterpretaron los comportamientos cotidianos y sanos de los infiltrados como síntomas de su supuesta patología. Para ser dados de alta, los participantes tuvieron que aceptar que padecían una enfermedad mental y simular que tomaban la medicación prescrita. La publicación de los resultados en la revista Science causó un enorme escándalo, evidenciando la falta de rigor y la extrema subjetividad de los diagnósticos psiquiátricos de la época.
Esta nueva conciencia de la psiquiatría tradicional como dañina permitió reinterpretar el periplo de la actriz Frances Farmer, quien fue internada en diversos psiquiátricos por mostrarse particularmente contraria a los juegos de poder hollywoodienses, al tiempo que mostraba una rebeldía e irreverencia particularmente llamativas. Su caso recuerda vagamente al de la escritora noruega Laura Kieler, quien fuera internada en un psiquiátrico por su marido a causa de conductas estimadas por él como "desviadas": había pedido un préstamo secreto, al tiempo que falsificó una firma para financiar un viaje al sur que salvase la vida de su marido. La historia de Kieler inspiró Casa de muñecas (1879), el clásico teatral de Ibsen. Por su parte, la historia de Farmer fue llevada al cine con Frances (1982), protagonizada por Jessica Lange (también Nirvana realizó su homenaje a la actriz con su canción "Frances Farmer Will Have Her Revenge on Seattle", que aparece en su álbum In Utero (1993)). La moraleja de la historia, que la antipsiquiatría comparte, viene sintetizada en una frase brillante de Farmer: "Si te tratan como a un loco, terminas actuando como tal". Si te ponen una camisa de fuerza e imponen otra voluntad sobre la propia de modo imperativo, es natural que te revuelvas, ¿no es así?
De esto mismo hablaba el antipsiquiatra R. D. Laing, antes mencionado, que, al tratar a sus pacientes, no tomaba a estos por locos, sino que daba credibilidad e interpretaba como razonables los discursos de psicóticos y esquizofrénicos, para no generar resistencia en estos ni excitar su defensividad y agresividad. Esto me recuerda a un caso concreto que yo mismo recogí en una entrevista para mi libro Macarras intercelulares (2020), en relación con un vagabundo que vivía con punkis en el centro de Madrid:
"Un día estoy pasando el gorro y veo que ese día está especialmente alterado, el Zamorano. Veo que está discutiendo con su amigo imaginario… Y veo que ya se le va la mano… Y empieza a pegarle… '¡No sé qué, no sé cuántos!'. 'Bam, bam'. Le tira unos puñetazos, le tira unas patadas. Y entonces yo voy y le digo: 'A ver, Zamorano… ¿Te ha hecho algo el chaval? Está bien que, si tienes que recriminarle, le recrimines lo que haga falta, pero llegar a las manos… ¿Le estás pegando? Encima, métete con uno de tu tamaño, mira qué pequeño es'. El tío se me quedó así mirando… Hubo un segundo en que tuvo una mirada en la que debió pensar: 'Pero ¿quién está loco aquí? ¿El loco soy yo?'. Entonces le dije: 'Oye, delante de mí, al chaval no le toques, que, si no, mal rollo, y uno de los dos se va a tener que ir'. Entonces el tío se calmó".
Algo muy similar cuenta Maquiavelo a su hijo cuando este le habla por carta de un caballo de su propiedad que se ha vuelto loco. Por lo visto, dada su conducta, el caballo había sido atado por el hijo del célebre filósofo, a lo que este respondió que lo desatase cuanto antes y vería, entonces, que su conducta mejoraría notablemente.
Hemos de decir que la antipsiquiatría tuvo sus cosas buenas y malas, como todo en esta vida. Y, como parte de la crisis sacrificial antes mencionada, sirvió, quizá, para que, como reza una frase de El gatopardo (1958): "Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
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