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Sería 1994 o 95 cuando, una noche, junto a mi primo permanecí viendo la televisión hasta altas horas de la madrugada. Tras terminar una película y ver en Antena 3 varios anuncios de un instrumento para muscular los abdominales llamado Ab Flex y la teletienda de un cachitas hortera con coletilla rubia, un tal Little Richie (si no recuerdo mal), surgieron en la pantalla (en torno a las dos o tres de la mañana) los títulos de presentación de una película: La mujer del juez (1984). La estética que observamos mantuvo nuestra mirada pegada a la pantalla. Ya por entonces, a la edad de trece años, comencé a vislumbrar que las mejores noches (o cuando uno mejor se lo pasa como noctámbulo) son aquellas que no han sido planificadas. Una noche puede comenzar de una cierta manera, pero uno nunca sabe cómo puede terminar.
La película tiene lugar en el adinerado barrio de Puerta de Hierro. En ella, Norma Duval, mujer de un juez, es acosada por un libidinoso vecino entrado en años (Héctor Alterio). La estética de La mujer del juez es la propia de un anuncio de época (finales de los años setenta y principios de los ochenta) de laca ELNETT, de L’Oréal, con una fotografía brumosa, casi dorada y una música con coros femeninos de tinte hortera, misterioso y sensual.
En un momento dado, la mujer del juez inicia una relación sentimental y sexual con un joven interpretado por Micky Molina. Todo ello a espaldas del juez. Cuando está con el joven en una vieja casa de pueblo retozando y jugando al aire libre, aparece de la nada el vecino (Héctor Alterio) vestido de traje y montado sobre una bicicleta (nadie puede explicarse por qué), “pillándole de marrón”, como suele decirse informalmente. Como testigo de su infidelidad, el referido personaje tratará de obtener favores sexuales de la joven esposa. Digamos que esta es la trama básica de la película, que, en cierta medida, pertenece al género del cine de explotación y destape. La razón primordial por la que parte del público se interesa por el filme es para ver el cuerpo semidesnudo de Norma, no nos engañemos (todo ello en un mundo donde el sexo explícito solo podía verse en una sala X de cine o en un vídeo VHS o BETA, algo, por entonces, no tan común). Como podrá comprobar el lector ya a estas alturas, el guion no es que sea obra cúspide de nuestro cine.
Pero hablemos ahora de su contenido en un sentido más serio. Ciertas películas hablan de la sociedad desde una perspectiva solemne y otras, sin proponérselo, terminan siendo irrisorias (de este género cómico involuntario el ejemplo más conspicuo es la película americana de artes marciales Undefeatable (1993), disponible en internet y que recomiendo encarecidamente a todos). Sin embargo, en medio de las risas, La mujer del juez nos permite asomarnos al imaginario español, a un lugar donde el poder, el deseo y las jerarquías sociales conviven bajo una capa de supuesta respetabilidad. Pocas figuras resultan tan sugerentes para la imaginación popular como la del juez, sobre todo en tiempos pretéritos, cuando jueces y médicos eran casi tan respetables como ministros. El juez es un hombre investido de autoridad, rodeado de solemnidad, que tiene la última palabra a la hora de absolver o condenar. Su opinión tiene mucho peso social, sobre todo para aquel o aquella que es juzgada.
La figura del magistrado pertenece a una larga tradición de personajes que encarnan el orden. En España, sin embargo, el orden siempre ha tenido algo de escenografía. La autoridad necesita símbolos, ceremonias, uniformes y espacios que la hagan reconocible. La toga cumple esa función con una eficacia teatral. Basta verla para comprender que estamos ante alguien que no necesita levantar la voz para imponer su voluntad. El poder auténtico consiste en lograr que los demás se autocorrijan antes de que uno tenga que intervenir.
Frente a esa gravedad institucional aparece la mujer del título. Y ahí comienza el verdadero asunto. La esposa del hombre poderoso ocupa una posición peculiar: participa del prestigio de su marido, pero su autoridad no procede de un nombramiento oficial. Su poder es indirecto, doméstico, social. Además, en el caso de Norma Duval (por entonces más morena), encaja en lo que se entiende por una “tía buena” o mujer sexy y deseable. No dicta sentencias, pero puede influir en las condiciones que las hacen posibles. No necesita ocupar el estrado porque su escenario está en otra parte: los salones, las conversaciones, las miradas y esa red de relaciones donde se decide quién pertenece al mundo de los importantes.
Norma Duval aporta a esta figura una presencia inevitablemente asociada al espectáculo. La vedette, como la esposa del magistrado, sabe que la apariencia constituye una forma de capital simbólico. Hay que saber entrar en una habitación y conseguir que los demás registren esa entrada. El vestido, el gesto, la sonrisa y la seguridad forman parte de una gramática social que rara vez se enseña, aunque todos sus practicantes conocen sus reglas.
Héctor Alterio, por su parte, pertenece a una tradición interpretativa capaz de introducir fisuras en la normalidad. Como vecino deseante, tiene una mirada perturbadora, aunque exagerada y caricaturesca. Con su actuación contribuye en gran medida a incrementar el efecto cómico de la película. Hemos de decir que no se trata de su mejor interpretación. En el cine, el hombre aparentemente integrado suele ser un territorio fértil para la comedia y la inquietud. Bajo la superficie respetable puede esconderse el ridículo, la inseguridad o la violencia de quien necesita representar continuamente un papel. El ciudadano ejemplar no siempre es un hombre libre: a veces es un actor intensamente alienado que lleva tantos años interpretando al ciudadano ejemplar, aunque sus pulsiones animales no pueden dejar de manifestarse con especial virulencia, dada la represión ejercida durante años.
La combinación de estas figuras invita a pensar en el matrimonio como alianza. Este no se basa únicamente en afecto, convivencia o deseo (elementos que, en muchos casos, pueden llegar a ser lo de menos). También puede ser una operación de posicionamiento. Las familias se unen, los apellidos circulan y los individuos aprenden a considerar naturales determinadas ventajas. De hecho, históricamente, el matrimonio no se basaba en el amor, sino en intereses económicos: en aglutinar, conservar o incrementar la riqueza de ciertas familias. Históricamente, el amor, además de una experiencia sentimental, puede funcionar como una pequeña administración de recursos. Y hemos de decir que España ha sido uno de los países más medievales de Occidente hasta hace bien poco (algo presente en la época de la película aquí comentada, con las estéticas neomedievales kitsch de muchos portales de edificios de personas adineradas).
El interés de una historia semejante reside en la fricción entre lo público y lo privado. El juez representa la ley; su esposa, el mundo de las apariencias; quienes los rodean, el conjunto de aspiraciones que mantiene en funcionamiento la maquinaria social. Todos buscan algo: reconocimiento, seguridad, dinero, influencia o simplemente formar parte de un grupo considerado valioso. El desenlace de esta película lo mantendremos en secreto para que el lector pueda disfrutar de la película sin spoilers ni cosas por el estilo.




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