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Hay expresiones que parecen describir una habilidad física y que, sin embargo, contienen una pequeña filosofía de vida. “Saber caminar” es una de ellas. Caminar parece una actividad elemental: poner un pie delante del otro y avanzar. Cualquier niño la domina casi antes de tener conciencia de sí mismo. Sin embargo, hay personas que, después de décadas de existencia, siguen sin haber aprendido a hacerlo.
“Saber caminar” es una expresión carcelaria referida a una actitud o forma de estar en la vida. Como suelen decirme aquellos que han pasado por prisión: «Si sabes caminar, en la cárcel no te pasará nada». “Saber caminar” consiste en no meterte en líos, en no adquirir deudas, en no cabrear a la persona equivocada... Lamentablemente, a día de hoy, y en la calle, la gente, literalmente, no sabe caminar. Van observando sus móviles, sin mirar al frente, y yo, como no soy transparente, empleo la técnica de los “tres deditos”. Si se meten en mi camino, los aparto empujando sus hombros con tres deditos. Si se paran en mitad de la calle, justo enfrente de mí (como si el mundo fuese a pararse también), los aparto con mis tres deditos. En ese momento, ponen cara de susto o se ofenden, incluso... Algunos creen que la rúa es suya, pero se equivocan. En esta vida hay que saber caminar. Así que, si ustedes caminan, suelten el móvil y miren por dónde andan…
La expresión me interesa porque contiene una idea mucho más profunda de lo que parece. Saber caminar no significa únicamente desplazarse sin tropezar con los demás. Significa comprender que uno comparte el espacio con otras personas, que ha de aprender a relacionarse con ellas, a integrar sus ritmos con el propio y viceversa. Significa tener una mínima conciencia de la propia presencia y de la presencia ajena. Es una forma muy básica de urbanidad, pero también una forma de inteligencia práctica.
Hay personas que caminan como si estuvieran solas en el planeta. Se detienen súbitamente en la puerta del metro, ocupan toda la acera, van haciendo eses, avanzan en grupo formando una barrera humana o se quedan quietas en mitad de una calle mientras consultan el teléfono. Si alguien viene detrás, que espere. Si alguien intenta pasar, que se las arregle. El peatón contemporáneo (posmoderno o hipermoderno, podríamos decir) ha desarrollado una curiosa relación con el espacio público: considera que la calle es un escenario privado en el que los demás somos figurantes. Algo así como una realidad virtual adaptada a sus necesidades. Esto es fruto del uso sistemático del móvil, que es precisamente eso: una realidad virtual adaptada a sus necesidades. Pero el mundo real no es eso. Y de ahí las conductas aberrantes de muchas personas en el mundo material y la disonancia entre su conducta y el entorno que las rodea. Antes, cuando alguien caminaba distraído, al menos tenía que mirar ocasionalmente hacia delante para saber dónde estaba. Ahora puede recorrer quinientos metros sin levantar los ojos de una pantalla. Hay personas capaces de cruzar una avenida contemplando TikTok con la misma concentración con la que un cirujano podría estar operando a corazón abierto. La diferencia es que el cirujano sabe dónde está el corazón y cómo está conformado.
De ahí que “saber caminar” pueda entenderse como una pequeña ética de la atención. Hay que mirar. Hay que anticiparse. Hay que comprender las trayectorias de los demás. Hay que saber cuándo apartarse y cuándo continuar. Hay que evitar las colisiones innecesarias.
En cierto modo, caminar bien se parece bastante a vivir bien. Hay que saber que uno ocupa espacio. Hay que saber que los demás también lo ocupan. Hay que saber cuándo avanzar, cuándo frenar y cuándo apartarse, cómo relacionarse con el mundo y con otros (que merecen nuestro respeto).
“Saber caminar” no consiste en imponerse siempre. Consiste precisamente en evitar situaciones en las que uno tenga que imponerse. El preso que sabe caminar no busca problemas. No debe dinero. No provoca gratuitamente. No se cruza con la persona equivocada. Entiende el entorno y adapta su conducta a él.
El peatón que sabe caminar debería aplicar una versión similar del mismo principio: no detenerse de golpe delante de una salida, no caminar mirando el móvil, no ocupar toda la acera, no obligar a diez personas a hacer una maniobra para poder continuar su trayecto.
Y, si no queda otro remedio, con tres deditos.
Porque en esta vida, señores, hay que saber caminar.



