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Debutar en la música con un trabajo como Ceros tiene varias lecturas. La primera, que te abres la cremallera, la pones encima de la mesa y dices “todo esto es mío”. La segunda, el reto de no tener que guardártela. Es chungo porque si la mesa es de cristal y está fría, las cosas tienen a empequeñecerse. Un año después, el de Mendillorri lanzó Guerra Mundial, un trabajo no tan bien acogido como Ceros y, posiblmente, su víctima. Sin embargo, 1001, publicado este viernes 23 de octubre, se realza como un nuevo monolito encima de la mesa. De hecho, en numerología, 1001 simboliza nuevos comienzos, transformación espiritual y el despertar de la conciencia. 1001 es el renacer del tercer ojo de Ben Yart
Benito es un narrador costumbrista. Un paisajista con tintes surrealistas que hace hiperrealidad. Un cronista callejero, pintor barriobajero. A lo largo de su obra hay numerosos ejemplos de análisis materialistas sobre, entre otras cosas, lucha de clases, colectividad y precariedad. Lo bonito es que, en la mayoría de los casos, parecen análisis nacidos desde la inspiración y no desde una intención diseñada previamente. Ahí reside su originalidad. A pesar de que 1001 sigue teniendo esta esencia (Ahora es un claro ejemplo), también entra en juego el amor y la belleza. Ben Yart se muestra sensible, cursi y muy vulnerable.
Me parece enormemente bello poder ver desde fuera la pureza del sentimiento que le invade a una persona para escribir Pestañas. Cómo vas a querer tanto a alguien como para que tu mirada se quede calva de tanto regalar pelitos mágicos que conceden deseos.
“Por las pestañas que dios me dio
Las chicas siempre me dan la razón
Me dicen ‘lo que tú quieras corazón’
Lo dejan todo a mi elección
Pero por ti las pierdo todas
Me quedo calvo de la mirada
Elige lo que quieras con este deseo
Que te dan mis pestañas
Volando con mis pestañas
Mis pestañas son mis alas
Nuestras alas
Pide lo que quieras, esta es tu pestaña
Mi mirada se queda calva
Por darte los deseos que quieras, monada”
Hay numerosos ejemplos de intimidad y romanticismo: "El amor es comprarte fruta y robar bombones”, dice en Kien?. Comprar lo barato, robar lo caro. Robar lo pícaro, lo insano y comprar aquello que te nutre. Y Ninfita en su totalidad, una canción marcada por la imposibilidad de poder vivir una vida tranquila a pesar de tener a alguien que quiere compartirla contigo.
“Ninfita
Quiere que vaya a la cama
Se duerme esperando a las tantas Sueña q encuentro la calma
Y que me abraza
Pero ese que te imaginas
No lo he conocido nunca
Tengo una aguja en la nuca
Que me empuja”
Me retumba y agobia el sentir tan visual de tener una aguja en la nuca que no te permite parar. Querer y no poder. Y ese “soy el primero que busca mirar tranquilo a la luna y dejar el móvil mientras desayuna. Sé que hay gente que disfruta de cosicas que te gustan, pero no se me ha dado”. La impotencia de no poder ni disfrutar de la más nimia cotidianidad. También “el juro que no es excusa” y el “Por fin se valió sin mí”.
Si antes hablábamos de la pureza de Pestañas, en Internet y Droga vemos cómo las pestañas se caen al suelo, tristes y solas. La mirada calva no tiene a nadie a quien mirar. Solo droga y scroll infinito. Visualmente me resulta aterrador. Por el contrario, la ternura se hace gigante cuando, en plena depresión, solo pueda salvarte una persona. Mamá:
"Quitadme las persianas de la casa
Y llamad porfa a mi mamá
Y quemadme su pijama
Puta marihuana”
1001 es un desarrollo honesto y desnudo sobre el amor, el rencor, la pérdida, la desorientación y la culpabilidad. El hilo conductor de una persona que se esfuerza por habitar un lugar para el que no tiene ni media espada que le ayude a sobrevivir en él. Que siente, que ama, sensible por la belleza, que sangra, que supura. Que se presenta como “Don marido de su mujer” y termina ese proceso bautizado como 1001 en pleno renacer con un technazo de puta madre de Mr. Worth. 1001 Ben Yart comienza como Eskorbuto: "somos los mismos que cuando empezamos" y termina Lolafloresco: “Si me queréis, irse”. Y absolutamente hiperrealista y desgarrador: “Sé que no volverás”. El que escribe, mientras, vuelve a verse a sí mismo invadido por un Dios etílico, haciendo que dispara y gritándole al cielo "Amor de verano, amor de barrio, amor marihuano".




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