Estos días es difícil hablar de otra cosa que no sea el fuego… No tengo ninguna intención de engañar a nadie: Yo no soy experto en prevención de incendios o gestión de catástrofes. No sé nada de antorchas de goteo, gurguis, bambis o batefuegos. No he leído la ley de montes, jamás he desbrozado un terreno y no sé imaginar cómo debe ser estar frente de una ola de fuego gigantesca tratando de luchar contra ella entre el crepitar ensordecedor, el calor más extremo, el humo y la tensión de saber que un mal paso puede ser el último.

Fe. Esta columna va de eso. Fe. Fe en los que sí saben. No en youtubers, influencers, o tertulianos, y desde luego no en opinadores que todo lo saben. Fe en los profesionales que conocen de primera mano qué necesitan para enfrentarse a las llamas y cómo debemos comportarnos como sociedad para prevenir en la medida de lo posible que cada verano se abran las puertas del infierno en nuestros campos.

Les he oído decir que necesitan condiciones laborales dignas. No parece demasiado para un colectivo que trabaja en algo en lo que nadie puede sustituirle… He oído que necesitan más personal, más medios y ser tomados en cuenta, no ya en la tragedia, sino antes para tratar de evitarla. Pero del mismo modo que les he visto protestando, he escuchado a representantes de gobiernos regionales faltándoles al respecto en los medios de comunicación tachando sus quejas de politizadas. 

Vergüenza. Esta columna va de eso. Vergüenza. Vergüenza por aquellos que no cumplen con su primera y más importante responsabilidad: Cuidarnos. No pretendo insinuar que yo sabría gestionar los cientos de millones de euros que se invierten en lo público, pero sí me atrevo a afirmar que entre las prioridades que se colocan más arriba debe estar la política de prevención de incendios.

Contamos con un estado en el que sobra gente preparada, profesionales de prestigio internacional y tecnología puntera. Nuestros científicos nos llevan advirtiendo décadas de las consecuencias del cambio climático que algunos irresponsables se atreven a negar, y pese a sus informes, pese a la dolorosa experiencia de años anteriores y ver cómo Francia y Portugal viven también esos terroríficos incendios de sexta generación, algunos representantes públicos siguen con su miserable y pequeñito juego de tronos en lugar de dejarse los cuernos en darle a los que saben todo lo que necesiten para que cuiden de nosotros, nuestros animales y nuestra tierra.

No sé dar las gracias como merecen a todos los profesionales que trabajan en la extinción de los fuegos. Merecen todo y se han ganado nuestra fe. No sé cómo mostrar mi rabia hacia los que cada invierno se cruzan de brazos a esperar el siguiente verano y se niegan a trabajar en equipo por cálculos electorales, pero se han ganado la vergüenza.

Fe y vergüenza.

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