Me gusta el fútbol, lo sigo desde pequeño. Es verdad que no con pasión y eso hace que probablemente me pierda una parte importante de la experiencia… No sé cuántos partidos he visto de esta última Copa del Mundo, pero casi todos, y desde mi subjetividad creo que ha ganado la mejor selección. Quiero centrarme en esa palabra: Selección.

Estamos de acuerdo en que los partidos los ganan los jugadores. Ellos son los que corren, los que meten la pierna y los goles. Ellos repliegan y tienen la calidad para hacer con la pelota lo que entienden que es mejor en cada momento. Pero cuando hablamos de una selección nacional no existe un equipo a priori, es el seleccionador el que decide quién va a estar convocado en función de la idea de fútbol que tiene. No llama a los mejores futbolistas, llama a los que considera que pueden llevar más fielmente al campo su visión de juego. En ese sentido el seleccionador es el máximo responsable tanto de la victoria como de las derrotas. De entre los miles de jugadores que tiene el país escoge -selecciona – a quienes considera según su criterio sin otra consideración que no sea la de llevar a los que entiende que funcionarán mejor.

España llevó a veintiséis jóvenes futbolistas al mundial de entre dieciocho y treinta y tres años. Y aquí empieza la parte de opinión de esta columna:

Según las últimas encuestas más o menos el 32% de los votantes meterán la papeleta del PP en la urna, un 28% elegirá al PSOE, un 17% a VOX, un 9% entre Podemos y Sumar (puede que entre ellos se odien mucho, pero ideológicamente están muy, muy cerquita) y el resto, algo más de un 3%, escogerán otras opciones.

Si trasladamos estos datos a un grupo de veintiséis españoles escogidos por algo que no tiene nada que ver con la política, así que a estos efectos sería como hacerlo al azar, redondeando nos queda que en la convocatoria de la selección hay ocho que votan al Partido Popular, siete a los socialistas, cuatro a la ultraderecha y tres a la parte más a la izquierda de las opciones en este país. Cuatro serían votantes de partidos independentistas o regionalistas. Más o menos.

¿A qué voy con todo esto? A que la selección es una España a pequeña escala. Personas con distintas ideologías centradas en un objetivo común que, sin renunciar a sus creencias, son capaces de hacer equipo… y funciona.

Este no es un alegato buenista ni una llamada a que nos demos todos las manos y cantemos juntos el  Kumbayá. Es solo poner sobre la mesa la realidad de que puedes defender con rotundidad tus ideales y al mismo tiempo sumar por el beneficio del colectivo al que pertenece tanto la gente con la que estás de acuerdo como con la que no. Entre los dos millones de personas que estuvieron en Madrid celebrando con la selección había de todo. Seguro que muchos encantados con que Baena no pareciera muy feliz de darle la mano a Sánchez, otros tantos igual de contentos de que Borja Iglesias aparentara algo similar con Trump; muchos que no se sentirán representados por Lamín y Nico, otro montón en cambio les verán como sus ídolos.

Yo soy del equipo Borja, del equipo Lamín y del equipo Nico, pero ellos son campeones porque trabajaron codo con codo con otros compañeros con los que probablemente yo no congeniaría. Moraleja: Necesitamos a unos cuantos De la Fuente en la política nacional. Líderes que no hablen de una imposible uniformidad sino que busquen la manera de hacernos sentir un equipo. Porque ahora mismo España está lejos de sentirse un equipo.

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