El carné de periodista me permite ser voyeur, así que los observo de cerca en la playa, mientras clavan la sombrilla o abren impacientes las hamacas; esa impaciencia es el primer síntoma, la primera muesca de desagrado que aparece relampagosa como los huesos de la pelvis cuando coges tenia: el odio les impide modular la respuesta, procesar que solo es una triste silla baratera tomada en préstamo del trastero mohoso de la abuela, y ahí empiezan las miradas de reproche, los cuestionamientos, la lapidación de la empatía. Él se pone pasivo, pasota, chabacano; ella cruza los brazos y hace una mueca con los morros que justifica por la incomodidad que la arena altiva le provoca en el rostro. A primera hora de la mañana el día ya se les ha puesto cuesta arriba.
Es una parejita española joven, casi postadolescente. Tienen veintipocos años, veintidós o veintitrés a lo sumo. De Madrid, claro; bueno, de Alcorcón, diría ella con una risita periférica, honda. Son novios desde los dieciséis, desde el instituto; bueno, se conocen desde esa época, diría él con una sonrisa calcada, pues han estado y no han estado, han vuelto y se han devuelto, se han puesto muchas veces aquello que otros llaman cuernos, aunque para ellos solo sean deslices de chaval; sobre todo, para él: de chaval, he dicho en estricto masculino. Pero de eso no quieren hablar: el pasado pesa mucho para intentar resucitarlo.
Esta es su primera vez de vacaciones juntos, la primera que miran el mar con su compañía. Han soñado muchas noches con ello, en la cama de Las Retamas de él, y por fin han conseguido que la abuela de ella les prestara el piso; un piso, en esa ciudad mediterránea, que la familia inundará en agosto de colchones por el suelo de terracota para que cada cual duerma donde pueda, pero que les han dejado unos días antes para que disfruten de su soledad, de su tacto, de su juventud. Aunque ya se arrepientan.
Las cenas se hacen insoportables y la convivencia áspera; ella quiere arreglarse por las noches y estar tan guapa como en las películas sobre vacaciones eternas en la costa, pero él lleva camisetas de fútbol viejas y chanclas; de hecho, usa para salir las mismas que hoy se ha puesto para ir a la playa y ella se ha dado cuenta. Le enfada su actitud, sus pocas ganas, su falta de apetito por el deseo. Pide solo un mínimo, ¿sabes? Él sin embargo está harto de la idealización, de la dulcificación, de la mistificación de todo; a cada rato hay que sacarse una foto, cada instante hay que capturarlo con una imagen que se perderá en los laberintos del iPhone pagado a plazos. Es cínico, sarcástico; no le gusta esa ciudad, parece diseñada por un ingeniero sin alma; no quiere recordar que está ahí, echa de menos Madrid.
Llega entonces el momento de quitarse la ropa: el instante trágico, decisivo. Lo han vivido tantas veces que podrían hacerse un mapa cronológico mutuo de cómo han cambiado sus pieles en este tiempo, pero esta vez es diferente porque hay testigos, hay luz solar, hay otros muchos cuerpos con los que compararse. En estas condiciones, la contemplación de un cuerpo puede llevarte a amarlo incondicionalmente a pesar de sus imperfecciones y tatuajes mal ejecutados, saboreando la realidad como más placentera que el onirismo amasado en tus estúpidas tinieblas; o puede llevarte al lugar contrario, a odiarlo, a parecerte una deformidad amarga que parecía digerible en la individualidad de tu cama, pero imposible ahí, en público, bajo el sol de ese Mediterráneo que ha sido testigo de tantas pieles pálidas.
Ellos están ya en el umbral de ese momento. Él se ha quitado la camiseta, ella ha hecho lo propio con el vaquerito que le cubre el bikini. Parece que se van a mirar, pero no lo hacen; tienen miedo, no se reconocen en esas muecas, en esa pasividad, en ese odio. Caminan hacia la orilla impasibles, el uno al lado del otro, levantando las rodillas casi al pecho porque la arena abrasa. Pero entonces se miran. Y sonríen. Y se dan la mano. Y se sumergen en el agua lejos de mis ojos.
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