Don Quijote es, en la obra cervantina, un pijo insomne y pirado que predice milimétricamente a los conspiranoicos modernos; él mismo es el gran conspiranoico de la literatura, el padre de todos los que vendrán después en la desfigurada posmodernidad. Por ejemplo, recuerdo que en el capítulo XVIII de la inmortal novela, el caballero de la triste figura cabalga con Sancho, el pobrecito que lo acompaña por puro engaño – o sea, porque aspira a salir de la miseria –, cuando le cuenta que por cada uno de los extremos del camino viene un ejército preparado para enfrentarse contra el otro justo allí mismo, donde ellos se encuentran.
Sancho le asegura que está equivocado y que el estruendo de pies que cree oír no es de tal, sino de pezuñas; el pobre escudero le advierte de que lo que se ve a lo lejos, en ambos lados, son rebaños de cabras y ovejas guiadas por pastores, pero el hidalgo no entra en razones y, tomando parte por uno de los supuestos equipos, cabalga, espada alzada, rumbo a uno de los rebaños en el cuadrúpedo anoréxico llamado Rocinante que él considera un jamelgo de primera, con el que consigue cargarse a seis o siete animalitos creyendo que son soldados.
Los pastores, claro, al ver la movida se lían a pedradas y hondazos con el caballero, al que consiguen tirar del pobre caballo, partirle el cacho de latón mal ensamblado que él llama casco y sacarle toda una fila de muelas a cantazo rodao; y a esto acude el pobrecito de Sancho a ayudarle y preguntarle si por fin se da cuenta de que eran ovejas, no soldados, y decirle que ha hecho el ridículo. ¿Pero sabéis que responde don Quijote? Que no, que el escudero se equivoca y que claro que eran militares, solo que, en su retirada de allí, por obra del encantamiento de un brujo muy enemigo suyo, se han transformado en bovinos con el fin de humillarlo.
Este pasaje quijotesco muestra absurdamente bien cómo funciona el pensamiento conspiranoico actual cuatrocientos años después de la muerte de su autor; es inocuo coger a un pirado que cree en cualquier conjura fantasiosa y hacerle ver, con sus propios ojos y cuerpo, que está equivocado, pues argumentará la existencia de una metaconspiración diseñada para hacerle creer que la conspiración principal es irreal. El conspiranoico siempre encontrará una vía de escape para justificar su locura, hallando un camino retórico para negar la realidad que se revela antes sus ojos: es absurdo hacerle ver que las pruebas desvelan la autenticidad de unos explosivos, de unas joyas o de la trayectoria de una bala, pues encontrará formas para convencerse de que son parte misma del engaño. El conspiranoico no busca conversar con la realidad, sino con su propia fantasía.
Quienes protagonizan magistralmente estos días el pensamiento conspiranoico son una recua de pirados con acento argentino que, desde un bonito país lleno de gente maravillosa, se han subido al rocín de la locura para convencer al resto de que España, no sabemos bajo qué intereses de la FIFA, fue beneficiaria de un bonito amaño que le hizo ganar el Mundial. He visto a podcasters, periodistas y gente presuntamente seria acuñar auténticas vomitonas sinápticas que van desde que los árbitros de la final fueron comprados por el bueno de De la Fuente, hasta que Messi fue drogado por los servicios secretos españoles y por eso jugó tan mal.
Como veis, es absurdo desmontar la propia conspiración porque sus feligreses encuentran un argumento con el que regatear la realidad y seguir acomodados en su holgada paja mental: si les explicas que el arbitraje fue inocuo para España porque Unai Simón ni siquiera evito algún tanto en su portería – dos tiritos a puerta en ciento veinte minutos, qué cojera colectiva tienen por equipo –, te dirán que hubo hasta dos goles argentinos que fueron cortados de la retransmisión por el equipo audiovisual de la FIFA – no estoy bromeando ni un poquito: es exactamente lo que están diciendo –; si les dices que eso es imposible porque habría una protesta demencial en el equipo albiceleste, te saldrán con que toda la AFA, incluidos los jugadores y el cuerpo técnico, fueron jugosamente sobornados y por eso se dejaron vencer. ¿Veis cómo funciona el dislate? Son igualitos que don Quijote, quien regateará la realidad con cualquier patochada retórica aun habiendo recibido dos pares de cantazos en las sienes. No se puede negociar con un conspiranoico, es imposible, porque siempre encontrará una forma de negar la evidencia.
Ahora, quiero sacar el lado bueno a lo que vivimos y creer que esta absurdez futbolística servirá de vacuna para que aquí, en España, tierra también muy fértil para la conspiranoia, nadie más vuelva a caer en un disparate así; quiero pensar que todos los fanáticos de algo, sea de un equipo de fútbol o incluso de un partido político, se dejarán advertir por el ejemplo argentino y seguirán con la tripita bien pegada a la realidad para no dejarse llevar por las mayores paridas retóricas cuando lo real no se amolde a lo que ellos fantasean que debe ser, y evitarán así montar conjeturas absurdas sobre agentes policiales, jueces, árbitros o empresarios para negar lo evidente, que ni más ni menos es que los suyos también pueden ser malos y meter la pata. Pero sé que estoy equivocado y no servirá para nada: don Quijote no tardará en volver a tener acento español y toda esta mierda se nos olvidará.
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