“Tenemos que aguantar y cerrar las tiendas de comida hasta dejarlos morir”, es una de las frases que a uno le salta cuando navega por la ciénaga digital de las redes sociales intentando tomarle el pulso a lo que se comenta sobre la crisis migratoria de Ceuta desatada el pasado jueves, por la que 50.000 personas asaltaron la frontera proveniente de Marruecos, un país que, junto con los tejemanejes de Estados Unidos e Israel, fue cómplice al facilitar deliberadamente la apertura de su fronteras a todo marroquí que quisiera entrar en territorio español, incluso se han visto imágenes de cuerpos de seguridad marroquíes llevando masivamente en camiones a sus ciudadanos hacia puntos cercanos de la frontera para facilitarles el asalto. 

Muchos se empeñan en tratar esta gran crisis, cuyo trasfondo es sumamente delicado y complejo, con la simpleza de un juego de cartas. Es más, creo que para muchos el cartón con el que están hechas las cartas poseen más valor que un “sucio inmigrante”, como también he leído. Reconozco que es absolutamente agotador permanecer en las redes durante vorágines conversacionales como estas. Sartas de mentiras, generalizaciones, simplezas, bulos, toxicidad y racismo proveniente de personas que lo máximo que ha leído es el gel de ducha mientras cagaba. Si uno es un racista que no quiere ver a los inmigrantes ni en pintura porque se han comido hasta el tuétano los discursos xenófobos de que todos los males de España son por su culpa, pues las redes para ellos serán como la charca para un cerdo: disfrute absoluto, el paraíso del racismo. Me gustaría ver qué pensarían cuando a los españoles que huían de la Guerra Civil a Francia los hacinaban en campos de concentración y les llamaban “indeseables”. Sí, a los inmigrantes españoles. A nosotros. A ese que ahora llama “puto moro” a un ciudadano que viene a buscarse la vida. “¡Ánimo! ¡Tenéis que ir a cazarlos a todos, que no quede ni uno!”, animaban varios usuarios a la escuadrilla Action-Man de Núcleo Nacional, una organización que se declara orgullosamente racista. Pero cuando llegaron a Ceuta, su concepción mesiánica de salvadores en las redes sociales se desvaneció, porque los ceutíes los echaron alegando que allí nadie iba a sembrar odio gratuito ni a separar a un pueblo acostumbrado a convivir entre varias etnias. Esto demuestra que, pese a todo, las redes no son la realidad. Mucho ruido, pocas nueces. Aunque es evidente que los algoritmos, en los últimos años inclinados hacia discursos reaccionarios, premian este tipo de discursos violentos y deshumanizantes dándole más bombo y visibilidad, cuanto más indignación levante un comentario xenófobo, en lugar de que la aplicación lo revise y lo elimine, le conviene hacerlo circular más para generar tráfico, y por ende dinero. No puede ser bueno para el cerebro ver imágenes dramáticas como las de esta crisis, deslizar la pantalla, y que aparezca un vídeo de una persona tirándose por un tobogán acuático. La anestesia narcótica que produce la saturación del contenido digital es inteligentemente perversa, con tal cantidad de estímulos no da tiempo a procesar nada y menos aún a que la conciencia deje un poso. Todo es volátil, nada permanece.

Personas que cobran en su país 300 míseros euros por trabajar de médico, como declaró un ciudadano marroquí en una entrevista de televisión, y cuya primera reacción en redes por parte de algunos es llamarle “falso”, y “que se pudra en su país”. Cientos de personas con niños en brazos han venido a nado bordeando el espigón del Tarajal, donde han fallecido ya 75 personas ahogadas, y muchos comentarios en redes han sido del tipo “deberían haberse ahogado más”, a unas personas que únicamente son responsables de una auténtica locura: querer vivir con dignidad. En este juego de ajedrez, como les gusta llamar a algunos a la política internacional, da la casualidad que los peones siempre son los mismos: los más débiles. Que un país como Marruecos instrumentalice y trafique con la desesperación primigenia de sus compatriotas de buscar un futuro mejor es sencillamente incalificable. Eso, sumado al deshumanizador ruido digital, sobrepasa a cualquiera, merma la salud mental y socava, aún más, la creencia en el ser humano, que cada vez tiene más de “ser” que de “humano”. Si uno todavía tiene un mínimo de sensibilidad y no está muerto por dentro, deslizarse por las redes estos días es totalmente desaconsejable.

Cuando Julia Otero entrevistó al periodista onubense Jesús Quintero a principios de los 2000 le preguntó qué era la depresión, y Quintero, tan lúcido como siempre, respondió: “Es un estallido de lucidez, ve la prisa, la contaminación, el consumo, los unos devorando a los otros, los conflictos internacionales, todos los puntos calientes del globo, la guerra, la miseria, el hambre, cuando se ve eso muy claro puede estallar una depresión, si vives en la superficie no, si vives inconscientemente no, pero si vive conscientemente eso puede surgir”.

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