Es indudable que la historia de la humanidad no se puede entender sin el protagonismo de los animales, desde los albores de la humanidad siempre estuvieron ahí, bien como aliados, bien como enemigos e incluso como auténticos tótems a los que reverenciar.

Hoy por ser el día San Antón, patrón de las mascotas, nos ocupamos de ellas. Animales, que a su manera, cambiaron la historia.

Si nos remontamos a tiempos clásicos no podemos pasar por alto las gallinas sagradas que acompañaban a las tropas romanas allá donde fuesen, la razón era sencilla, según los sacerdotes de la época, el comportamiento de estas aves pronosticaba el futuro en momentos claves, por eso en el año 249 en las costas de Drepano (Trapani) los marineros del general Claudio Pulcro consultaron si era buen momento para atacar a las galeras púnicas, pero las gallinas se negaron a comer, augurando mal un resultado a los romanos.

Claudio Pulcro desesperado por ver cómo sus hombres hacían más caso a dos gallinas que a su mando, agarró a estas y tirándolas por la borda profirió una frase que pasó a la historia “Si no quieren comer, que beban”. 

Al final en la batalla de Drepano los romanos perdieron, así que ya saben. Tirar gallinas al mar, además de estar feo trae mala suerte.
Al final en la batalla de Drepano los romanos perdieron, así que ya saben. Tirar gallinas al mar, además de estar feo trae mala suerte. 

Otros generales, más amables o más astutos (según se quiera ver) sacaron provecho de cuidar como mascotas a algunos animales. Este fue el caso de Sertorio, quien no dudó en hacerse con una cierva blanca con la que encandiló a los lusitanos y otros pueblos bárbaros que reverenciaban este animal.

Ya metidos de pleno en la historia de España, encontramos otros ejemplos de mascotas fuera de lo normal, tal es el caso de Bruto, el mastín que tenía el príncipe Juan (el malhadado hijo de los Reyes Católicos) cuya prematura muerte, siendo adolescente, supuso un mazazo a todo el reino pero en especial a su perro que no se separó durante días de la tumba. De Bruto además sabemos que era un animal de inteligencia extraordinaria capaz de traer ante el príncipe los criados u objetos que éste pidiese.

No obstante, para mascotas raras la de don Juan de Austria, pues según el cronista Luis Zapata de Chaves, tuvo nada menos que un león. No aclara el texto de donde diantres sacaría el vencedor de Lepanto semejante felino.

Según una versión el león de don Juan de Austria había sido un regalo el papa Clemente VIII mientras que otros piensan que fue parte del botín en la toma de Túnez.
Según una versión el león de don Juan de Austria había sido un regalo el papa Clemente VIII mientras que otros piensan que fue parte del botín en la toma de Túnez.

En cualquier caso lo que nos cuenta el cronista es que le puso por nombre Austria, que en las negociaciones el león permanecía a los pies “como un lebrel”, “cuando iba a caballo, iba a su estribo como lacayo” y “a pie, detrás como un paje” si por el contrario la travesía se hacía barco viajaba en el esquife de la galera (una especie de bote salvavidas). Además sabemos que era manso y obediente aunque en alguna ocasión intentó arremeter contra algún criado “para comerle” pero rápidamente con que don Juan dijese, “¡Austria, tate, pasa aquí!” el león se amansaba.
 
Estas historias no solo nos hablan del comportamiento de los animales, también nos dicen como somos los humanos con las mascotas, tal es el caso de Goya, del que sabemos que desde diciembre de 1782 se moría de ganas por tener un perro, que consiguió finalmente el 29 de abril de 1785 gracias a su amigo Martín Zapater, despertando gran ternura en el genial pintor.
 
Zapater se lo envió desde Zaragoza pero llegó “muy maltratado y más legañoso” lo cual lamentó profundamente el pintor “me dio mucha rabia el ver que el perro se había desmejorado tanto”. 
Pese a las malas condiciones en las que le llegó el perro, Goya depositó grandes esperanzas en el “pero conozco que es un gran perro y te doy mil setenta y tres gracias” le dijo a su amigo Martin Zapater.

Pese a las malas condiciones en las que le llegó el perro, Goya depositó grandes esperanzas en el “pero conozco que es un gran perro y te doy mil setenta y tres gracias” le dijo a su amigo Martin Zapater.

Otra historia, de una mascota muy singular no la transmite el explorador Alexander Humboldt cuando en el año 1800, viajó a Venezuela. Allí en su continuo averiguar sobre los pueblos indígenas Humboldt intentó contactar con los atures, una población confinada en la margen izquierda del Orinoco, pero para su desgracia cuando llegó se encontró que todos habían sido exterminados por los caribes.

De aquel último reducto atur solo había sobrevivido un loro, una mascota a la que Humboldt entrevistó detenidamente hasta sacar 40 palabras de un idioma que ningún otro ser conocía ya en el planeta.

En 1800 solo un loro sabía hablar el idioma de los indios atur.
En 1800 solo un loro sabía hablar el idioma de los indios atur.