Entrevistamos al presidente del Foro Internacional Euroafricano, Yiboula Emmanuel Bazie Tapsoba y analizamos con él el reordenamiento del poder global y las tensiones entre bloques. Yiboula es un ejemplo de activismo a favor de los inmigrantes y de la igualdad entre personas y países. Con décadas a s espaldas desde que llegó a España desde su país, Burkina Faso, este bombero forestal que salva vidas, se ha hecho un hueco importante entre las organizaciones que luchan por un mundo más justo. El Foro Internacional Euroafricano con sede en España y por él presidido, trabaja por los más nobles principios del respeto y la integración.

El Foro tiene como objetivo ser un espacio común de participación y reflexión de conocimiento, de herramientas y de políticas de desarrollo activas de los territorios establecidos en África y Europa, promoviendo los principios básicos de la Alianza de Civilizaciones– UNAOC, conformándose como un puente de unión y presentando como objetivo principal ser un espacio de encuentro internacional.

El mundo se encuentra hoy marcado por la disputa entre tres grandes grupos de poder, que “tiran de la cuerda” en busca de una victoria estratégica y de influencia global.
Por un lado Estados Unidos, que continúa actuando como si fuera el dueño del mundo, defendiendo un orden unipolar y utilizando su poder económico, militar y mediático para mantener su hegemonía. Por otro, enfrente, los BRICS y la AES (Alianza de Estados del Sahel). Mientras, Europa, vive una etapa de inquietud e incertidumbre enfrentando una crisis migratoria y en una redefinición de su papel en el mundo, con muchas dudas y debilidades en su estrategia.

Con estas premisas y compartiendo el análisis recíproco le preguntamos a Yiboula

¿Cómo define usted el actual equilibrio —o desequilibrio— geopolítico mundial?

El mundo transita una multipolaridad inestable, marcada por la competencia entre democracias y regímenes autoritarios. En este escenario, preocupa que la Administración estadounidense priorice el control de recursos estratégicos —como las tierras raras— por encima del fortalecimiento de instituciones democráticas en los países en desarrollo. El recurso a la coerción económica o arancelaria tampoco favorece la paz ni la expansión de la democracia; por el contrario, intensifica la tensión internacional y profundiza las fracturas existentes.

¿Considera que el mundo avanza hacia un orden multipolar real?

La política exterior de Estados Unidos ha buscado preservar su dominio global, incluso interviniendo en cambios o sostenimiento de regímenes autoritarios cuando ha considerado que ello beneficiaba sus intereses. En los últimos años, creo que varias decisiones de su administración han erosionado su credibilidad internacional y han alimentado la percepción de un país cada vez más aislado, dependiente de la coerción y de su industria armamentística.

Paralelamente, el mundo avanza hacia una multipolaridad más definida, impulsada por el ascenso de potencias como China, Rusia e India, así como por el mayor protagonismo del Sur Global y de plataformas como los BRICS+. Estos actores cuestionan, con razón, la primacía occidental en ámbitos estratégicos y promueven una redistribución del poder que transforma alianzas, instituciones y patrones de influencia a escala global.

¿Qué papel juegan hoy los BRICS y la Alianza de Estados del Sahel en la defensa de la soberanía africana?

Creo que los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica: cinco economías emergentes cuyo peso demográfico, productivo y geopolítico las proyecta como posibles protagonistas del sistema económico mundial hacia mediados de siglo) y la AES (Alianza de Estados del Sahel) representan una oportunidad para que África avance hacia una soberanía más robusta y multidimensional. La ruptura con la influencia occidental tradicional abre espacio para alianzas más equilibradas, la diversificación de socios estratégicos y el fortalecimiento de capacidades internas.

La AES puede convertirse en un laboratorio de cooperación regional en seguridad, gestión de recursos y autonomía monetaria, mientras que los BRICS ofrecen herramientas financieras, tecnológicas y diplomáticas que permiten impulsar proyectos de desarrollo sin condicionalidades restrictivas. Aprovechar este momento exige que los Estados africanos articulen estrategias comunes, fortalezcan sus instituciones y prioricen modelos de gobernanza inclusivos que traduzcan la multipolaridad emergente en beneficios concretos para sus sociedades.

¿Está perdiendo Estados Unidos su rol dominante o simplemente lo está redefiniendo?
Yo pienso que la situación actual no implica la desaparición del poder estadounidense, pero sí evidencia la erosión de su capacidad para ejercer una hegemonía coherente y universal. La transición hacia una “hegemonía de esferas” refleja un intento de Washington por preservar su primacía mediante un uso más unilateral, coercitivo y transaccional de su poder militar, económico y tecnológico.

Esta estrategia, lejos de fortalecer su liderazgo, puede profundizar la fragmentación del orden internacional y acelerar la consolidación de polos alternativos. Al resistirse a aceptar plenamente un mundo sin un centro de mando único, Estados Unidos corre el riesgo de actuar de forma reactiva, reforzando dinámicas de confrontación y debilitando los mecanismos multilaterales que alguna vez promovió.

Europa enfrenta una fuerte crisis migratoria: ¿cree que es una consecuencia directa de su pasado colonial?

El fenómeno migratorio actual no puede comprenderse sin considerar el legado del colonialismo, cuyas fronteras impuestas, economías extractivas y desigualdades estructurales siguen influyendo en los desplazamientos contemporáneos. Sin embargo, el debate político suele separar los factores históricos de los actuales, favoreciendo explicaciones simplistas centradas en la seguridad y el control fronterizo.

Hoy, los conflictos armados, las crisis climáticas, la inestabilidad económica y las políticas migratorias restrictivas agravan un fenómeno con raíces profundas. Ignorar la continuidad entre pasado y presente limita la capacidad de los Estados para diseñar respuestas eficaces y respetuosas de los derechos humanos. Reconocer esa relación permite abordar la migración desde una perspectiva más justa y estratégica, basada en la corresponsabilidad y la cooperación internacional, y no únicamente en la contención.

¿Qué rol debe jugar el Foro Internacional Euroafricano en este nuevo escenario global?

El escenario global de 2026, marcado por la competencia entre potencias y el repliegue estratégico de Estados Unidos, abre una oportunidad para que el Foro Internacional Euroafricano se consolide como un actor clave en la promoción de estabilidad, corresponsabilidad y autonomía estratégica entre Europa y África.

Más que un espacio de diálogo, el Foro puede convertirse en una plataforma operativa para coordinar agendas comunes en seguridad humana, transición energética, innovación tecnológica y gestión sostenible de la movilidad. Su potencial radica en impulsar una cooperación simétrica, basada en prioridades compartidas, recursos complementarios y el fortalecimiento de capacidades institucionales locales.

Asimismo, puede fomentar alianzas público-privadas, desarrollar corredores económicos estratégicos y respaldar iniciativas regionales africanas que refuercen soberanía y resiliencia. En un contexto internacional fragmentado, el Foro puede desempeñar un papel decisivo en la construcción de un espacio euroafricano de estabilidad y prosperidad, con mayor autonomía y capacidad de acción en un mundo multipolar en transformación.

Y, por último, ¿cuál es su mensaje para los pueblos que aún luchan por su autodeterminación?

Los pueblos que luchan por su autodeterminación deben saber que, en 2026, este principio deja de ser un ideal simbólico para convertirse en una disputa concreta por el control de los recursos esenciales de un país. La soberanía depende del dominio efectivo de la energía, los alimentos y las infraestructuras estratégicas, pues la dependencia externa convierte las cadenas de suministro en herramientas de presión.

La autonomía se juega en decisiones cotidianas —puertos, redes eléctricas, acuerdos comerciales— donde aceptar condiciones impuestas implica perder capacidad de decisión. Por ello, la política del siglo XXI exige reducir vulnerabilidades, fortalecer la producción propia y negociar desde la legitimidad democrática, no desde la coerción.

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