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Donald Trump vuelve a mover las piezas del tablero internacional como si las consecuencias de cada decisión quedaran limitadas al espacio de juego de la Casa Blanca. Una amenaza, una operación militar, una advertencia o una declaración improvisada pueden tener, sin embargo, efectos muy lejos de Washington, recayendo sobre la seguridad de millones de personas, sobre los mercados energéticos y sobre una economía mundial especialmente sensible a cualquier escalada en Oriente Medio. El presidente estadounidense ha convertido la imprevisibilidad en una de las señas de identidad de su política exterior, combinando el lenguaje de la fuerza con una particular concepción de las relaciones internacionales en la que obvia deliberadamente los límites diplomáticos y atiende solo a sus propios objetivos.
El conflicto con Irán constituye uno de los ejemplos más evidentes. Después de meses de enfrentamiento y de una intervención militar estadounidense que ha alterado el equilibrio de la región, Trump continúa alternando las amenazas con la posibilidad de una negociación. Una dinámica que vuelve a quedar patente este miércoles, cuando el mandatario ha asegurado que alcanzar un acuerdo con Teherán "no es algo que quiera hacer", pese a que su propio enviado especial, Steve Witkoff, continúa trabajando en las conversaciones. "Creo que el acuerdo en sí no es algo que yo quiera hacer, pero ellos están dispuestos a ofrecernos cualquier cosa para que nos detengamos", ha afirmado durante un acto del Partido Republicano.
La contradicción no es menor. Mientras su Administración mantiene abierto el canal diplomático y Qatar y Pakistán ejercen de intermediarios entre Washington y Teherán, Trump deja claro que el acuerdo no constituye necesariamente su objetivo prioritario. Aun así, el presidente ha asegurado que Witkoff "está trabajando en el acuerdo con Irán y avanzando muy bien". El mensaje vuelve a situar a la diplomacia en un escenario condicionado por la amenaza permanente de una nueva escalada.
Y todo ello llega apenas un día después de que Trump volviera a colocar a dos ciudades estadounidenses en el centro de su discurso sobre la guerra. Durante un mitin en San Antonio, el presidente retomó sus polémicas referencias a Los Ángeles y San Diego y llegó a plantear qué ocurriría si Irán lanzara un ataque contra ellas. "¿Queréis ver un trauma? ¿Queréis ver problemas? Y ya lo dije el otro día: que lancen un misil contra San Diego o Los Ángeles, de paso", afirmó.
Trump continuó con la misma línea al hablar de un hipotético "espectáculo de terror" y mencionar de nuevo ambas ciudades, aunque posteriormente aseguró que su Administración no permitiría que algo así sucediera. Sus palabras se producen después de que, en un mitin celebrado en Nebraska, hubiese afirmado que permitir que Irán "se llevara" Los Ángeles o San Diego sería un "pequeño precio a pagar" por mantener la seguridad de Estados Unidos.
La reacción fue inmediata. El gobernador de California, Gavin Newsom, reclamó incluso recurrir a la 25ª Enmienda para apartar a Trump del cargo y lo calificó de "enfermo mental". La alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass, consideró sus declaraciones "peligrosas" y advirtió de que podían comprometer la seguridad de la ciudad, mientras que el alcalde de San Diego, Todd Gloria, respondió que su ciudad "no es un daño colateral".
Las negociaciones avanzan entre amenazas, treguas y volantazos de Trump
Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán han seguido durante los últimos meses un recorrido marcado por los avances puntuales y los retrocesos, con Trump alternando entre la voluntad de alcanzar un acuerdo y la amenaza de retomar las operaciones militares. El primer gran intento de encauzar la situación llegó en junio, cuando ambos países alcanzaron un memorando de entendimiento que permitió una tregua temporal y establecía un plazo de 60 días para negociar un acuerdo de mayor alcance. El pacto incluía cuestiones como el programa nuclear iraní, las sanciones estadounidenses y la situación del estrecho de Ormuz. Sin embargo, el alto el fuego terminó desmoronándose en julio y no se alcanzaron avances suficientes durante el plazo previsto.
Trump llegó a presentar entonces las conversaciones como una vía con posibilidades de éxito. A comienzos de julio aseguró que Estados Unidos e Irán se estaban "llevando muy bien" y que la desnuclearización iraní "avanzaba bien". Días después, pese a anunciar que la tregua había terminado, sostuvo que ambos países habían acordado continuar negociando. La situación volvió a deteriorarse durante agosto. Irán reclamó a Washington que regresara al acuerdo provisional y estableciera un calendario para cumplir sus compromisos, mientras desde Teherán se aseguraba que no existían conversaciones para prolongar el alto el fuego. La desconfianza entre ambas partes volvió a colocar la diplomacia en un segundo plano.
El siguiente intento llegó en septiembre, coincidiendo con la Asamblea General de Naciones Unidas. Los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner mantuvieron contactos indirectos con el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, mediante la mediación de Qatar. Trump llegó a hablar de una reunión "muy productiva" y de un impulso para alcanzar un acuerdo.
Pero el presidente estadounidense volvió a cambiar de posición pocos días después. Irán planteó reabrir el estrecho de Ormuz y retomar las negociaciones nucleares a cambio de que Estados Unidos levantara el bloqueo naval, retirara determinadas sanciones y restableciera el alto el fuego. Trump rechazó la propuesta y reclamó un acuerdo más amplio que incluyera concesiones sobre el programa nuclear iraní. Al mismo tiempo, aseguró que esperaba nuevas conversaciones y reconoció que Teherán quería llegar a un pacto, aunque no en los términos que él consideraba aceptables.




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