Giorgia Meloni ha roto ya del todo con la posición de cómoda cercanía que su Gobierno mantuvo durante meses con Israel. La primera ministra italiana ha endurecido su discurso hasta un punto difícil de imaginar hace solo unos meses: ha condenado “la masacre de civiles palestinos”, ha afirmado que Israel “ha cruzado el límite” con una reacción desproporcionada en Gaza y ha respaldado las sanciones propuestas por la Comisión Europea. No se ha quedado ahí. Roma ha decidido además suspender la renovación automática del acuerdo bilateral de cooperación en defensa con Israel, un memorando en vigor desde 2006 que abarcaba entrenamiento, adquisiciones y tránsito de material militar.

Meloni ha ido desplazando su posición de manera visible. Su Ejecutivo, uno de los más próximos a Netanyahu dentro de la derecha europea, llevaba semanas elevando las críticas por la ofensiva israelí en Líbano y Gaza. La tensión se disparó después de que soldados israelíes dispararan tiros de advertencia cerca de militares italianos desplegados en Líbano bajo mandato de la ONU, un episodio que Roma protestó formalmente y que aceleró el enfriamiento bilateral. El paso dado ahora convierte ese malestar en una decisión política de primer rango.

El lenguaje escogido también marca un antes y un después. En su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas, Meloni sostuvo que Israel tenía derecho a defenderse tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, pero añadió que toda respuesta debe respetar la proporcionalidad y que ese límite se había rebasado. Su conclusión fue mucho más dura que las fórmulas ambiguas habituales en la diplomacia europea: habló de una “masacre de civiles” y situó a Israel fuera de las normas humanitarias. En ese mismo discurso subrayó que Italia apoyaría las sanciones impulsadas por Bruselas, aunque siguió responsabilizando a Hamás del inicio de la guerra y reclamó la liberación inmediata de los rehenes.

Ese doble movimiento define bien la línea que intenta construir la dirigente ultra: crítica severa a la actuación militar israelí, pero sin asumir el marco político de la izquierda europea ni cortar del todo los puentes con Netanyahu. Meloni no está haciendo una enmienda global a la relación con Israel. Está delimitando un terreno. Reconoce el derecho de Israel a la seguridad, responsabiliza a Hamás del estallido del conflicto y al mismo tiempo avala sanciones y congela un acuerdo militar cuando entiende que la respuesta se ha convertido en una matanza de población civil. No es un giro retórico. Es un cambio de posición con consecuencias diplomáticas.

Roma rompe la comodidad diplomática

Dentro de Italia la decisión tiene varias lecturas. La primera, la más inmediata, es institucional. La suspensión del memorando de defensa responde a una resolución adoptada por Meloni junto a sus ministros clave, entre ellos Antonio Tajani, Guido Crosetto y Matteo Salvini, según Reuters. No es, por tanto, un arranque personal ni una filtración interesada. Es la línea del Gobierno. La segunda lectura es política. La coalición conservadora ha percibido que el coste interno de seguir apareciendo como un aliado fiel de Netanyahu crece. La guerra no solo ha deteriorado la imagen del primer ministro israelí; también ha extendido en Europa un desgaste que toca a quienes han sostenido sus tesis sin apenas matices.

Ahí aparece otro elemento. Diferentes medios y analistas apuntan a que Meloni teme una erosión electoral incluso en sectores de centro derecha que empiezan a ver con malos ojos tanto a Netanyahu como a Donald Trump, especialmente por el impacto económico y político de la escalada regional. La dirigente italiana, que suele detectar pronto los cambios de clima, parece haber concluido que el alineamiento cerrado ya no compensa. El reposicionamiento le permite ganar margen frente a la oposición, que llevaba tiempo reclamando el fin del acuerdo militar, y le ofrece una salida ante una opinión pública cada vez más crítica con la devastación sobre Gaza.

Israel, por su parte, ha intentado rebajar el golpe. Su Ministerio de Exteriores sostuvo que el acuerdo con Italia apenas tenía contenido sustantivo y que la suspensión no afectará a la seguridad del país. La respuesta suena defensiva. Si el memorando fuera irrelevante, no habría necesidad de desactivarlo públicamente. Lo cierto es que la ruptura escenifica algo más profundo: Meloni, una dirigente que había exhibido afinidad ideológica y sintonía internacional con la derecha israelí, ya no quiere cargar con el precio político de esa cercanía en los mismos términos.

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