La guerra en Oriente Medio ya no se puede contar por compartimentos. Gaza no es un frente aislado. Líbano tampoco. Irán ha dejado de responder sólo sobre Israel. El Golfo ha entrado de lleno en la secuencia de ataques. En el centro de esa expansión hay una evidencia incómoda para sus aliados occidentales: la ofensiva israelí no ha contenido el conflicto, lo ha ensanchado. Gaza sigue bajo fuego pese a la tregua. Líbano vuelve a acumular muertos. Irán responde con golpes sobre infraestructuras estratégicas del Golfo. Y Estados Unidos, lejos de enfriar el tablero, añade ultimátums y amenazas.
En Gaza, la tregua acordada en octubre de 2025 se deteriora a ojos vista. El sábado, un ataque israelí en el norte de la Franja mató al menos a cuatro palestinos cerca del barrio de Daraj, en Ciudad de Gaza. No fue un episodio excepcional. Desde el inicio del alto el fuego, más de 700 palestinos han muerto por fuego israelí, según cifras recogidas por Reuters y por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU. La escena se ha repetido durante meses: bombardeos, disparos, víctimas civiles y una tregua que sobrevive en el papel bastante mejor que sobre el terreno. Reuters sitúa ya en más de 72.000 los palestinos asesinados desde el comienzo de la respuesta militar israelí a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, en una campaña que ha dejado destrucción masiva, desplazamiento generalizado y condiciones de hambre en la Franja.
Ese dato no es un telón de fondo. Es una de las claves de la actual escalada. Israel sostiene que ataca células armadas y objetivos de seguridad. El resultado visible, una y otra vez, es otro: barrios devastados, infraestructuras básicas arrasadas y una población civil atrapada en un territorio donde la vida cotidiana depende de corredores humanitarios inestables, agua escasa y servicios sanitarios exhaustos. La Corte Internacional de Justicia mantiene abierto el caso presentado por Sudáfrica contra Israel y ha dictado medidas provisionales vinculadas a la protección de la población palestina en Gaza. No ha resuelto el fondo del asunto, pero el hecho mismo de que el principal tribunal de la ONU mantenga ese procedimiento en curso ya retrata la gravedad política y jurídica del escenario.
Gaza sigue siendo el centro humano de la devastación
A esa devastación se suma una realidad política cada vez más difícil de maquillar. La tregua no se rompe sólo por la negativa de Hamás a aceptar ciertas condiciones. También se erosiona porque Israel sigue golpeando Gaza mientras exige desarme, control y seguridad sin ofrecer una retirada completa ni una salida política creíble para la Franja. Esa asimetría pesa sobre cada intento de mediación. Egipto, Qatar y Turquía intentan sostener conversaciones para reforzar el alto el fuego, pero las negociaciones chocan con una evidencia básica: Israel mantiene la capacidad de bombardear casi a discreción, y la sigue usando.
El frente libanés refuerza esa imagen de una guerra que Israel no está conteniendo, sino ampliando. El domingo, bombardeos israelíes mataron al menos a 11 personas en Líbano, entre ellas un niño de 4 años, en una de las jornadas más graves de las últimas semanas. No son daños colaterales fáciles de despachar. Son golpes sobre un país que arrastra más de un millón de desplazados y donde Israel ha intensificado la presión con órdenes de evacuación, ataques sobre Beirut y una estrategia que su propio ministro de Defensa ha resumido con una frase especialmente reveladora: destruir “todas las casas” cerca de la frontera. Esa política ha sido cuestionada por expertos legales y dirigentes internacionales, que advierten de posibles violaciones del derecho internacional y de desplazamiento forzoso.
La expansión regional no nace en el vacío. Irán ha ampliado ahora sus ataques contra instalaciones estratégicas de Emiratos, Kuwait y Baréin. La Guardia Revolucionaria ha reivindicado golpes contra plantas petroquímicas en esos tres países. La decisión empuja la guerra hacia el Golfo y coloca dentro del campo de batalla a los socios árabes de Washington. Pero esa respuesta iraní no se entiende sin el paso previo: una ofensiva israelí y estadounidense cada vez más agresiva sobre territorio iraní, incluidas infraestructuras energéticas. Teherán ha optado por trasladar parte del coste a la arquitectura económica regional que sostiene a sus rivales. No es una desescalada. Es una réplica más ancha.
Israel ensancha la guerra y el Golfo paga parte del precio
Ese ensanchamiento tiene efectos muy concretos. En el Golfo ya no se habla sólo de defensa aérea o de equilibrio regional. Se habla de plantas petroquímicas alcanzadas, de instalaciones de agua vulnerables, de puertos amenazados y de rutas marítimas bajo presión. El estrecho de Ormuz concentra ahora buena parte del pulso porque por ahí pasa una fracción decisiva del petróleo mundial. Su cierre parcial o selectivo ha alterado rutas, ha encarecido seguros y ha obligado a la OPEP+ a discutir aumentos de producción cuyo efecto real depende de que el crudo pueda seguir saliendo. La guerra ha entrado así en la fase en la que ya no sólo mata: también estrangula.
En ese punto aparece Donald Trump con una receta conocida: amenazas más grandes para un conflicto ya desbordado. El presidente estadounidense ha dado de plazo hasta el martes por la noche para que Irán reabra Ormuz, bajo advertencia de nuevos ataques sobre infraestructuras iraníes, incluidas centrales eléctricas y puentes. La Casa Blanca dice dejar una puerta abierta a la negociación. Lo que ha puesto sobre la mesa, en realidad, es otro acelerador. Y ese acelerador opera sobre una región donde la ofensiva israelí ya ha dejado un rastro de destrucción tan amplio que cada nueva amenaza encuentra un terreno listo para prender.
Contarlo por partes empieza a falsearlo. Gaza sigue siendo el centro humano de la devastación y el lugar donde la violencia israelí ha alcanzado su forma más brutal y sostenida. Líbano confirma que esa lógica expansiva no se ha quedado dentro de la Franja. Irán, Israel, Estados Unidos y el Golfo actúan ya en una misma secuencia de acción y represalia. Lo que comenzó hace tiempo como una guerra con frentes distinguibles se parece cada vez más a otra cosa: una crisis regional alimentada por una ofensiva israelí que no ha traído seguridad, no ha cerrado heridas y no ha hecho más pequeña la guerra. La ha vuelto más extensa, más inestable y bastante más difícil de contener.
