Irán ha contestado al nuevo ultimátum de Donald Trump con más presión militar sobre el Golfo. En las últimas horas, la Guardia Revolucionaria ha ampliado sus ataques contra instalaciones estratégicas en Kuwait, Baréin y Emiratos Árabes Unidos, además de golpear un buque en el puerto de Jebel Ali, en Dubái. La secuencia deja una idea clara: Teherán no se mueve por la amenaza directa de Washington y, al menos por ahora, tampoco da señales de que vaya a reabrir el estrecho de Ormuz en los términos exigidos por la Casa Blanca.

Trump elevó el tono el domingo. Dio de plazo hasta el martes por la noche para que Irán reabra Ormuz y acepte un acuerdo. Si no lo hace, advirtió, Estados Unidos atacará infraestructuras iraníes, incluidas centrales eléctricas y puentes. El presidente estadounidense fijó incluso una hora concreta, las 8 de la tarde del martes en la costa este de Estados Unidos, y acompañó el mensaje con una nueva exhibición de retórica agresiva en redes sociales.

La respuesta iraní no se ha quedado en la retórica. Según Reuters, la Guardia Revolucionaria reivindicó ataques sobre instalaciones petroquímicas en Emiratos, Kuwait y Baréin. La nueva oleada se suma a los bombardeos y lanzamientos de drones que Teherán ha venido ejecutando desde que Washington e Israel intensificaron su campaña militar a finales de febrero. El mensaje iraní va dirigido a dos públicos a la vez. A Trump, para dejar claro que el bloqueo de Ormuz no se levanta por una amenaza. Y a las monarquías del Golfo, para recordarles que la guerra ya no puede contemplarse desde una distancia segura.

El estrecho de Ormuz sigue siendo el centro de la crisis. Por ese corredor marítimo pasa una parte decisiva del petróleo mundial. Su cierre ha tensado el mercado energético, ha disparado el temor a nuevas interrupciones de suministro y ha obligado a la OPEP+ a mover ficha con un aumento de producción que, de momento, queda condicionado a que la ruta vuelva a abrirse. La decisión sirve más como señal política que como alivio inmediato. Mientras sigan los ataques a plantas energéticas y puertos del Golfo, el problema no es sólo cuánto crudo puede bombearse, sino si puede salir.

La dirigencia iraní tampoco ha dejado espacio para la ambigüedad. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, avisó de que la región puede “arder” si Estados Unidos sigue por esa vía y acusó a Trump de empujar Oriente Próximo hacia una escalada mayor. Otras voces del aparato iraní insisten en que cualquier ataque adicional contra infraestructuras civiles tendrá respuesta “en especie”. No hablan de contención. Hablan de represalia. Y la represalia, a estas alturas, ya no se limita a Israel o a bases estadounidenses: alcanza de lleno a la arquitectura económica del Golfo.

Ese punto explica buena parte del movimiento iraní. Golpear desalinizadoras, complejos petroquímicos, puertos o nodos de energía en el Golfo no equivale sólo a elevar el coste económico de la guerra. También erosiona la imagen de estabilidad que Emiratos, Baréin o Kuwait venden hacia fuera. En Kuwait, uno de los ataques más graves afectó a una gran fuente de agua potable. En Dubái, el impacto sobre un buque en Jebel Ali tocó un símbolo logístico de primer orden. Son golpes escogidos. Buscan daño material, pero también inquietud política.

Al otro lado, Trump combina dos registros que ya conviven sin disimulo. Por una parte, amenaza con destruir infraestructuras iraníes y habla de “desatar el infierno”. Por otra, sigue sugiriendo que un acuerdo todavía es posible y que existen contactos indirectos para un alto el fuego en dos fases. En medio quedan los países del Golfo, que hasta ahora han evitado una respuesta militar directa a gran escala. Prefieren contener daños y ganar tiempo. No está claro cuánto aguantará esa posición si Irán sigue ampliando el radio de sus ataques. Tampoco está claro qué hará Trump si llega el martes y Ormuz sigue cerrado. Lo que sí ha quedado claro en estas horas es otra cosa: el ultimátum no ha doblado a Teherán. De momento, lo ha empujado a ensanchar el campo de batalla.

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