Giorgia Meloni ha dado este martes uno de los pasos más delicados de su política exterior desde que llegó al poder: Italia suspenderá la renovación automática del acuerdo de defensa con Israel. La primera ministra lo anunció en Verona con una frase breve, pero de gran carga política: “En vista de la situación actual, el Gobierno ha decidido suspender la renovación automática del acuerdo de defensa con Israel”. La decisión llega en plena escalada en Oriente Próximo y rompe, al menos de momento, una inercia de cooperación que Roma había mantenido incluso en los momentos de mayor tensión regional.

El movimiento no es menor. El Ejecutivo de Meloni había sido hasta ahora uno de los aliados europeos más cercanos a Israel, pese a las críticas crecientes dentro de Italia y dentro de la propia Unión Europea. Ese vínculo se ha deteriorado en las últimas semanas por los ataques israelíes en Líbano, que han afectado también a tropas italianas desplegadas allí bajo mandato de Naciones Unidas. Ese dato ayuda a explicar el giro: ya no se trata solo de una discusión diplomática o moral sobre Gaza o la guerra regional, sino también de una crisis que toca de forma directa a intereses italianos sobre el terreno.

La suspensión afecta a la renovación automática del acuerdo bilateral de defensa y una de sus consecuencias inmediatas será el fin de la cooperación con Israel en materia de entrenamiento militar. La decisión, además, no fue un gesto aislado de Meloni. Se tomó el lunes junto al ministro de Exteriores, Antonio Tajani; el de Defensa, Guido Crosetto; y el vicepresidente Matteo Salvini. Es decir, fue una decisión colegiada en el núcleo duro del Gobierno italiano. Eso le da más peso político y hace más difícil interpretarla como un simple movimiento táctico o provisional.

Roma marca distancia con Tel Aviv

La importancia del anuncio está también en quién lo hace. Meloni no llega a esta decisión desde una posición hostil hacia Israel. Más bien al contrario. Su Gobierno ha mantenido una línea de apoyo firme y ha evitado durante meses colocarse en el grupo de países europeos que exigían medidas más duras o rupturas más visibles. Por eso este paso tiene valor de síntoma. Indica que incluso uno de los gobiernos más próximos a Tel Aviv dentro del bloque europeo empieza a considerar que el coste político y estratégico de sostener la cooperación militar sin cambios se ha vuelto demasiado alto.

Hay además un mensaje de fondo hacia Bruselas y hacia el resto de socios europeos. Italia no ha anunciado una ruptura total con Israel ni una revisión completa de su relación bilateral, pero sí ha elegido tocar un terreno especialmente sensible: la defensa. Y cuando un Gobierno conservador como el de Meloni decide congelar un mecanismo de cooperación militar con Israel, la señal se amplifica. Sugiere que la escalada regional, los ataques en Líbano y el desgaste internacional de la estrategia israelí están empujando a algunos aliados a recalcular posiciones.

De momento, Israel no había respondido públicamente a la decisión italiana. Ese silencio no elimina el alcance del anuncio. Lo subraya. La suspensión llega en un momento en que las capitales europeas miden cada palabra sobre Oriente Próximo, sobre Irán, sobre el estrecho de Ormuz y sobre el riesgo de una extensión aún mayor del conflicto. Meloni ha optado por enviar un mensaje nítido: Italia no quiere seguir actuando como si nada hubiera cambiado.

En política italiana, el movimiento también tiene lectura interna. Meloni intenta equilibrar varias presiones al mismo tiempo: la de una opinión pública cada vez más incómoda con la escalada militar, la de sus socios de Gobierno, la de la crisis energética derivada de la guerra y la de un tablero internacional en el que Roma busca conservar margen propio sin romper con Washington. Suspender la renovación del acuerdo le permite mostrar distancia con Israel sin llegar a una ruptura abierta. Es una fórmula de presión, pero también de contención.

La decisión de Meloni abre ahora varias incógnitas. La primera, si esta suspensión será temporal o si acabará convirtiéndose en una revisión más profunda de la relación estratégica entre ambos países. La segunda, si otros socios europeos seguirán ese camino o preferirán mantener la cooperación militar intacta. Y la tercera, quizá la más importante, si este gesto llega todavía a tiempo de alterar algo en un escenario que cada día parece más deteriorado. Por ahora, lo que sí deja claro es que la guerra ha empezado a romper también los automatismos diplomáticos. Italia, uno de los apoyos más sólidos de Israel en Europa, acaba de demostrarlo.

Europa empieza a soltar amarras

La decisión de Meloni, además, no llega en el vacío. En los últimos meses se ha ido ensanchando en Europa una corriente de gobiernos que, con distinta intensidad, han empezado a marcar distancias con Israel. España ha pedido abiertamente a la Unión Europea que suspenda el acuerdo de asociación con el Gobierno de Benjamin Netanyahu por sus ataques sobre Líbano y Gaza, y ya en 2024 se sumó junto a Irlanda y Noruega al reconocimiento del Estado palestino, un gesto que en su momento ya evidenció la creciente incomodidad de varios socios europeos con la estrategia israelí.

Ese desplazamiento también se ha notado en Bruselas. La propia Unión Europea activó en 2025 una revisión del acuerdo que regula sus relaciones políticas y económicas con Israel por la situación “catastrófica” en Gaza, y meses después la Comisión llegó a plantear nuevas medidas, entre ellas sanciones a ministros israelíes extremistas y la suspensión de algunas ventajas comerciales. No todos los gobiernos europeos han roto del mismo modo ni con la misma velocidad, pero el clima ya no es el de los primeros meses de la guerra: el respaldo automático a Israel se ha erosionado y cada vez más capitales se sienten obligadas a traducir el malestar político en decisiones concretas.

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