Estados Unidos ha empezado a vender petróleo venezolano cuando el país aún no ha salido del shock de la intervención militar y el cambio de poder. La operación, valorada en 500 millones de dólares, no solo supone una inyección económica inmediata para Washington, sino que introduce un nuevo actor en el mercado energético internacional: el crudo venezolano bajo control estadounidense, con capacidad para alterar precios, equilibrios y relaciones entre los grandes productores.

La venta, confirmada por varios medios estadounidenses como CNN y Fox Business, se produce menos de dos semanas después de la incursión militar que culminó con la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro. Aunque la Administración estadounidense no ha ofrecido detalles oficiales sobre la operación, el hecho de que el petróleo haya comenzado ya a comercializarse apunta a una rápida consolidación del nuevo escenario político y económico en el país caribeño.

Según el portal político The Hill, citando a una fuente de la Casa Blanca, esta primera venta no será un episodio aislado. Washington prevé nuevas operaciones en los próximos días y semanas, lo que sugiere que la gestión del petróleo venezolano se ha convertido en una pieza central de la estrategia estadounidense tras el cambio de poder en Caracas. La misma fuente subraya que el objetivo es acelerar la reintegración del crudo venezolano en los mercados internacionales bajo un nuevo marco de control.

Uno de los elementos que más interrogantes ha generado es el destino de los ingresos. El medio especializado en información económica Semafor ha revelado, citando a un alto funcionario del Gobierno estadounidense, que los 500 millones de dólares han sido ingresados en una cuenta principal ubicada en Qatar. La elección de este país como destino financiero añade una capa de opacidad a la operación y ha despertado preguntas sobre quién controla realmente esos fondos y con qué fines se utilizarán.

Trump y la diplomacia del petróleo

Mientras tanto, el discurso oficial desde Washington insiste en una narrativa de cooperación y estabilización. El propio Trump afirmó esta misma semana que unos 50 millones de barriles de petróleo venezolano “están de camino” a Estados Unidos, y aseguró estar “trabajando muy bien con Venezuela”. Unas declaraciones que contrastan con la situación sobre el terreno, donde amplios sectores de la población siguen sufriendo las consecuencias directas de la violencia y la incertidumbre política.

La interlocutora principal de Washington en esta nueva etapa es la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, con quien Trump mantuvo una llamada que calificó de “muy positiva”. Según el magnate republicano, ambas partes estarían logrando “avances significativos” para la “estabilización” del país. Sin embargo, críticos dentro y fuera de Venezuela cuestionan hasta qué punto este proceso responde a las necesidades de la población o, por el contrario, prioriza el control de los recursos estratégicos.

Desde el punto de vista energético, la entrada del crudo venezolano bajo gestión estadounidense tiene implicaciones que van más allá del ámbito bilateral. Venezuela posee una de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y su producción, aunque deteriorada en los últimos años, sigue siendo relevante para el equilibrio global. Al asumir un papel directo en la comercialización de este petróleo, Estados Unidos amplía su capacidad de influencia sobre la oferta mundial, en un contexto marcado por tensiones geopolíticas y volatilidad de precios.

Este movimiento también afecta a otros grandes productores y a organizaciones como la OPEP, que tradicionalmente ha contado con Venezuela como uno de sus miembros clave en América Latina. La pérdida de control efectivo sobre su propio crudo debilita la posición venezolana dentro del cártel y refuerza la de Washington como actor capaz no solo de producir, sino de gestionar recursos energéticos ajenos.

Para la población venezolana, sin embargo, estas grandes cifras y movimientos estratégicos tienen un significado más inmediato y concreto. La venta del petróleo llega en un momento en el que el país afronta hospitales saturados, infraestructuras dañadas y una economía profundamente golpeada. La rapidez con la que se ha pasado de la intervención militar a la explotación económica alimenta la percepción de que el bienestar de la ciudadanía ha quedado en un segundo plano frente a los intereses geopolíticos.

Europa paga el petróleo, pero no decide sobre él

Europa observa los movimientos en torno al petróleo venezolano desde una posición incómoda. La Unión Europea es uno de los grandes consumidores mundiales de energía y depende en buena medida de la estabilidad del mercado internacional del crudo para sostener su economía, su industria y el coste de vida de millones de ciudadanos. Sin embargo, pese a verse directamente afectada por cualquier alteración en la oferta y los precios, su capacidad de influencia sobre decisiones como la venta del petróleo venezolano bajo control estadounidense es prácticamente nula.

El inicio de estas operaciones confirma una realidad que se ha repetido en otras crisis energéticas recientes: Europa paga el impacto, pero no participa en la toma de decisiones. Ni en la intervención militar ni en la posterior gestión de los recursos estratégicos ha tenido un papel relevante la Unión Europea, más allá de comunicados diplomáticos y llamados genéricos a la estabilidad. Mientras Washington consolida su control sobre el crudo y otros actores ajustan sus estrategias, Bruselas permanece como espectadora de un proceso que condiciona directamente su seguridad energética.

Esta posición de debilidad tiene consecuencias concretas. Cada barril que entra o sale del mercado bajo nuevas reglas puede repercutir en el precio que pagan hogares y empresas europeas, en un contexto ya marcado por la inflación y la incertidumbre energética. Aun así, la UE carece de herramientas para intervenir de forma efectiva, atrapada entre su dependencia del exterior y la falta de una política energética verdaderamente común que le permita actuar como bloque con peso propio.

El caso venezolano vuelve a poner sobre la mesa una contradicción estructural: Europa es un actor central como mercado, pero secundario como poder. Consume, financia y asume los costes, pero no decide ni sobre el origen ni sobre el destino de los recursos. En el tablero del petróleo global, la Unión Europea sigue ocupando una silla sin voz, confirmando que en la geopolítica energética actual no basta con necesitar el crudo: hay que controlarlo.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio