Los movimientos de Donald Trump no son improvisados ni erráticos. Detrás de cada gesto se esconde un cálculo frío y coherente con un único objetivo: restaurar la hegemonía energética de Estados Unidos. El nombramiento de Chris Wright —CEO de la petrolera Liberty Energy— como secretario de Energía no ha sido una anécdota, sino una declaración de intenciones. Tampoco es casualidad que las grandes empresas del petróleo financiaran la campaña electoral de Trump. Hoy, la Casa Blanca les devuelve el favor.
Mientras Estados Unidos redobla su apuesta por el petróleo, el carbón y la energía nuclear, China avanza por una senda distinta pero igual de estratégica. Produce el 80 % de los paneles solares del mundo y el 60 % de las turbinas eólicas. Invierte cientos de miles de millones en electrificar su industria y dominar las cadenas de valor del futuro. Ambos modelos convergen en una misma exigencia: energía masiva para alimentar, además de la industria, la inteligencia artificial.
La incursión de Trump en Venezuela no responde a ideales democráticos ni a una supuesta seguridad hemisférica. El propio Trump lo ha reconocido sin ambages: he venido a por el petróleo. Mantiene al gobierno que tenía Maduro porque garantiza el control interno y la continuidad del negocio. Es precisamente el mencionado Chris Wright, quien gestiona directamente exportaciones de entre 30 y 50 millones de barriles hacia Estados Unidos. No se trata de geopolítica moral, sino simples intereses energéticos.
En este escenario, España se ha convertido en una anomalía incómoda. Con Pedro Sánchez al frente, el Gobierno español es hoy el que con mayor claridad está plantando cara a Trump dentro de Europa. Lo ha hecho defendiendo el derecho internacional y denunciando la masacre en Gaza; lo ha hecho negándose a asumir sin debate una escalada de gasto militar dictada desde Washington; lo ha hecho ahora frente a la ofensiva sobre Venezuela y en la defensa de la soberanía de Groenlandia.
En esta guerra por el dominio energético, Europa es el eslabón más vulnerable. Su modelo social —sanidad pública, derechos laborales, regulación ambiental— resulta incompatible con el capitalismo sin límites que Trump aspira imponer. Steve Bannon, el principal responsable de que Trump ganara sus primeras elecciones, ha tejido a través de su organización The Movement, redes de extrema derecha en Europa con el objetivo de debilitar desde dentro el proyecto de la Unión Europea.
¿Es casualidad que Europa haya prorrogado la fabricación de vehículos de combustión más allá de 2035? En la alta política las casualidades son una rara avis. Las capitales europeas reciben una presión constante de Trump y de las grandes corporaciones energéticas. Vladimir Putin juega en el mismo tablero: como gran productor de petróleo y gas, ve en Europa una amenaza a su modelo económico y político.
Mientras tanto, el planeta arde. Ya hemos superado los 1,1 °C de calentamiento global. La comunidad científica advierte de que sobrepasar los 1,5 °C activará múltiples puntos de no retorno: colapso de las capas de hielo, deshielo del permafrost, desaparición de los arrecifes de coral, aumento del nivel del mar y un largo etcétera. Las proyecciones sitúan ese umbral de no retorno alrededor de 2030. Y, en lugar de actuar de forma coordinada, estamos acelerando el desastre.
Charles de Gaulle comprendió antes que nadie que no existe soberanía sin autonomía estratégica . En 1959 formuló una advertencia que hoy resulta inquietantemente vigente: «¿Quién puede asegurar que en el futuro las potencias que poseen el monopolio de las armas nucleares no se repartirán el mundo?».
Hoy, Europa no está simplemente adormecida o dividida. Está secuestrada por decisiones ajenas y por la cobardía de buena parte de sus élites. Afrontamos una triple batalla: contra el orden que Trump y Putin quieren imponer; contra los enemigos internos —la extrema derecha entregada al trumpismo y una derecha que ha abdicado de su responsabilidad histórica—; y contra una crisis climática que ya no es una amenaza futura, sino una realidad muy presente.
España ha decidido resistir. Pero no puede ni debe hacerlo sola. Si Europa no despierta, si no construye una verdadera autonomía energética, política y estratégica, la profecía de De Gaulle dejará de ser una advertencia y se convertirá en un hecho consumado. Y entonces ya no quedará margen para discursos ni excusas, solo para asumir que el futuro del continente y del planeta fue entregado sin presentar batalla.
Manel de la Vega. Senador del PSC