La Semana Santa siempre ensalza y saca a relucir las pasiones. Todas ellas. En año electoral, el mes de marzo acostumbra a ser un periodo en el que los dirigentes echan el resto para llevar al redil a sus fieles, y por qué no decirlo, la religión ha sido, históricamente, un filón a explotar para la política. El voto católico es una de las grandes batallas que libran el Partido Popular y Vox, no solamente en el marco de la precampaña a las andaluzas del 17 de mayo, sino como batalla de fondo por ver quién se gana el apoyo de este sector de la población, cada vez más escorado a la derecha. Por ello, 'populares' y ultraderechistas pugnan por decirse de sí mismos los mayores defensores del catolicismo y de sus símbolos. Los motivos pueden someterse a examen.

El porcentaje de personas religiosas ha disminuido significativamente en España. Según un informe de Pew Research Center, España registra, de hecho, la mayor pérdida neta de cristianos en Europa en proporción a la población en la última década: un 87% de los encuestados fueron educados en el cristianismo, pero solo el 54% sigue identificándose como cristiano, una disminución del 33% de la población adulta en términos de identidad cristiana.

De acuerdo a estos datos, podría parecer absurdo que cualquier partido político se lanzase a por el voto de un sector sociológico en decrecimiento, pero es ahí donde entra otro componente crucial de la política de nuestro tiempo: la batalla cultural. El catolicismo se ha convertido en un elemento clave de la expresión identitaria del conservadurismo, por lo que ha ganado mucho peso en el debate político. La derechización de los discursos y el impulso de los valores conservadores en los mismos han vuelto a darle a la religión un rol importante en el tablero de juego, por lo que conquistar este espacio es una victoria, especialmente para los partidos de derecha. Quien consiga canonizarse como el partido del voto católico tendrá buena parte de la batalla cultural de este sector político ganada.

En la izquierda, por contra, no solamente hay menos católicos, sino que además decrecen a mayor velocidad. Los datos del CIS revelan que desde 2020, el PSOE ha visto caer en más de un tercio el porcentaje de sus votantes que se declaran católicos, mientras que los partidos a su izquierda han perdido una cuarta parte. Comparado con la derecha, es sangrante: solo una décima parte. 2025, además, ha sido el año en el que ha crecido el porcentaje de católicos tanto del PP como de Vox. De estos datos, se desprende que la intención de voto de los católicos se ha derechizado: un 26,8% prevé dar su apoyo al PP, un 16,8% al PSOE, un 15,9% a Vox, un 2,1% a Sumar y un 0,4% a Podemos, con datos del último CIS. En la derecha, la intención de voto entre los católicos es superior a la intención de voto en el total de la población. En la izquierda ocurre justo al contrario.

La religiosidad y el voto a la derecha

Es muy complicado hacer un perfil sociológico exacto del católico. En un país de carácter aconfesional, donde la religión no es obligatoria y donde el cambio generacional ha eliminado parcialmente el arraigo existente en este sentido en el pasado, las personas que deciden educarse en la fe cristiana son variopintas. No obstante, el CIS arroja algunos datos y respuestas concretas que son de interés para construir esta imagen: el católico promedio encuestado es contrario a que el Estado intervenga en la economía, desconfía de la labor de los sindicatos, confía más en la patronal que los no creyentes, y valora la religión como algo importante para decidir su voto. En un eje en el que el 1 es extrema izquierda y el 10 extrema derecha, la sociedad española se ubica en un 4,71, pero los católicos en particular, en el 5,75, una distancia que se ha visto duplicada durante la última década. Esto se traduce, en pocas palabras, en que el católico promedio es más de derechas que el español promedio.

Los campos de batalla discursivos son amplios y, de hecho, contradictorios. Una de las batallas en las que más ha insistido Vox desde su fundación, por ejemplo, es la de la inmigración. La extrema derecha ha puesto todos sus esfuerzos en demonizar al inmigrante y hacer de él una figura deshumanizada. Una posición que les ha puesto en contra de la propia Conferencia Episcopal y les ha ganado el desdén de muchos votantes religiosos que no consideran al inmigrante como la suerte de subhumano que ellos intentan dibujar. El catolicismo, de hecho, tiene entre sus principios más básicos el trato con dignidad y empatía a las personas desfavorecidas y en situación de exclusión social, algo que los de Bambú no han integrado en su ideario pese a reivindicar otras ramas del discurso religioso más convenientes a sus posturas.

Por su parte, Mar Griera, catedrática de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona, sostiene que en España ocurrió un fenómeno clave tras la salida del nacionalcatolicismo, como fue la separación entre las esferas política y religiosa. La secularización era un "signo de modernidad" del que también se autoabanderaba la derecha, lo que provocó que los discursos religiosos desaparecieran radicalmente del plano político. Pero todo vuelve: en 2005, el PP se unió con los obispos para luchar contra el matrimonio igualitario, y Vox coge el timón en la actualidad con discursos especialmente duros contra el aborto y contra las religiones no cristianas. La posición de la que parten los de Santiago Abascal es la de un discurso que vincula nación y religión, rechaza frontalmente otras religiones, demoniza al inmigrante y tontea con las teorías de extrema derecha del gran reemplazo. En toda esta amalgama de posicionamientos donde la religión cristiana juega un papel central, la columna vertebral es un profuso conservadurismo.

El democristianismo y las nuevas batallas religiosas

Por su parte, el profesor del CEU José Francisco Serrano explica que el PP se encuentra en una fase de evolución interna. Los de Alberto Núñez Feijóo están viviendo la transición de considerarse, por una parte, el representante clave del democristianismo o democracia cristiana (el nexo de coexistencia de los valores del libre mercado, la ética protestante y la fe cristiana), y por otro, se ven obligados a pugnar en terrenos más farragosos para no ser devorados por la extrema derecha, adoptando tonos más canallas de los que están acostumbrados para poder llegar a los jóvenes. Los datos revelan, en este sentido, que los de Abascal son líderes entre los católicos de entre 18 y 24 años y que en la franja entre los 25 y 34, más del 42% de los católicos practicantes apoyan a Vox.

Otra arista a destacar del discurso de la extrema derecha es el presunto antielitismo. Vox siempre ha señalado a la cúpula eclesial y a los dirigentes de otros partidos políticos como casta acomodada y corrupta, en un intento de seducir al votante descontento con la situación socioeconómica del país. Pero lejos de populismos discursivos, Vox es realmente un partido, como todos los demás del espectro con representación parlamentaria, de carácter neoliberal y sin visos en su ideario de amparo alguno a las clases trabajadoras. Proteger al empresario, abaratar el despido, fomentar condiciones perjudiciales para el trabajador, despreciar al migrante y ponerle una alfombra roja a la especulación son los deportes preferidos de este partido, que desinflan automáticamente sus mensajes contra los estamentos superiores de la sociedad, para los que, en realidad, trabajan.

El PP, por su parte, trabaja de manera más reactiva que activa. Se mueve en estas materias únicamente bajo la presión de Vox, y su punto de partida ha sido posicionarse a favor de la inmigración, pero con una preferencia clara por los extranjeros cristianos, y más concretamente por los latinoamericanos. Es el caso de Isabel Díaz Ayuso, quien ha señalado abiertamente que prefiere que lleguen latinoamericanos porque "rezamos la misma religión". Feijóo señala que los inmigrantes deben respetar "a las mujeres y a los homosexuales", en un discurso con referencias veladas al islam que ya han hecho suyo los partidos anti-inmigración europeos. Bajo este modus operandi, el PP no realiza una discriminación expresa por religión como sí hace Vox, pero le asignan a los inmigrantes de tradición cristiana unos valores comunes con el español que no le atribuyen a los inmigrantes que practican otras religiones. A su vez, cuando es momento de política parlamentaria, aunque los 'populares' no llegan a los extremos discursivos de Vox, terminan votando, en muchas ocasiones, en el mismo sentido, como por ejemplo, el veto al rezo musulmán en instalaciones municipales en Jumilla (Murcia) o las iniciativas para prohibir el burka. En resumidas cuentas, ambos partidos intentan atraer al votante católico, pero cada uno a su forma: Vox, con un discurso duro y señalador, y el PP, con posturas más moderadas en lo dialéctico y con acciones concretas. Ambos terminan, no obstante, confluyendo en lo institucional.

La Navidad es otro melón que también ha jugado un importante papel en los últimos años. Desde Vox reivindican su carácter religioso, no solo cultural, y en este terreno en concreto, el PP tiene menos miedo de entrar hasta el fondo: los 'populares' reivindican celebrar la 'Navidad' y no 'las fiestas', porque lo que se conmemora es el nacimiento de Cristo. "No dejemos que nos la censuren", llegaba a decir Ayuso sobre la palabra Navidad en una entrevista en 2024. La dirigente madrileña ha dado algún que otro bandazo discursivo en este sentido: en 2019 contó a El País que había perdido la fe en Dios a los nueve años, y este año, le contó a OkDiario que es católica y que va a misa "prácticamente todas las semanas". Síntoma inequívoco de que lo religioso ha vuelto a la escena como un elemento clave de la batalla cultural, en un fenómeno que el PP ha identificado y que tiene su visibilidad en una de sus principales puntas de lanza, como es la dirigente madrileña.

¿Y la izquierda?

Ante todo este panorama, cabe preguntarse cuál es el papel que desempeña la izquierda en este asunto. El Vaticano tuvo, desde 2013 hasta 2025, uno de los Papas más progresistas de la historia en Francisco. Voces progresistas en lo social, como la del propio Pedro Sánchez, le citaban en cuestiones relacionadas con la economía o la inmigración para desacreditar a las derechas. La instrumentalización de la figura del Papa, obviando las discrepancias que puedan existir con los postulados tradicionales de la Iglesia Católica, es una manera de tomar sus postulados como si fueran una suerte de árbitro de la moralidad y de los valores correctos muy recurrente entre la izquierda moderada. Pero lo cierto es que no existe, ni desde la izquierda tradicional ni desde la izquierda alternativa, una búsqueda activa del voto católico, sino más bien una secularización en los discursos desde este lado del espectro político.

Expertos señalan, de hecho, que este fenómeno es un síntoma, en el caso del PSOE, de la "pérdida de pulso de sus sectores cristianos". Como se ha expuesto en líneas anteriores, el voto del católico promedio se ha derechizado, mudando al PP y a Vox. Los socialistas han perdido un tercio de su electorado católico en el último ciclo, y ninguno de sus dirigentes de primera fila se ha pronunciado como religioso, a excepción del presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa.

Dentro del propio PSC, el diputado Amador Marqués subía hace unos meses a la tribuna del Congreso, cuando más de actualidad estuvo el debate sobre la persecución a cristianos en Nigeria, que se ponía en contraposición con el genocidio en Gaza, como si ambas cosas fueran discordantes. "Parece que estamos ante una pugna entre el PP y Vox por el voto cristiano. [...] Pero un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano", afirmaba, coincidiendo con una de las posiciones que aportaba la Conferencia Episcopal para desacreditar a Vox. 

Más reciente, por otra parte, es el episodio en el que la Policía israelí prohibió a la máxima autoridad católica oficiar la misa de Domingo de Ramos en el Santo Sepulcro. Pedro Sánchez salió rápidamente a condenarlo con rotundidad, ante lo cual el PP respondió intentando reírse de él y Vox no movió un dedo hasta pasados tres días. Los vínculos con Israel le pesaron más a los de Abascal que su presunta defensa de la fe cristiana: la ultraderecha se demoró hasta 72 horas para emitir un tímido y a destiempo comunicado sobre estos hechos. Los 'populares', por su parte, sí respondieron con celeridad intentando hacer burla de Sánchez y hacer suyo un sector de votantes en el que todavía lideran: Ester Muñoz, portavoz de la formación, le afeaba que "aunque sea ateo, seguro que ahora se pondría una gorra de 'Make Catolicismo Great Again'. Pequeñas acciones y batallas que con el tiempo se olvidan, pero que van haciendo callo para todos.

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