Los mensajes de Whatsapp entre Alberto Núñez Feijóo y Carlos Mazón en la noche más negra de la DANA en Valencia, desvelados parcialmente a la justicia por el primero, revelan hasta tres mentiras sistemáticas a los españoles durante 14 meses. Arrojan, además, la crueldad extrema de desvelarlos en Nochebuena, cuando sus víctimas recordaban a sus familiares. Pero lo más significativo de esos mensajes es que, al contrario que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, la vicepresidenta tercera, Teresa Rivera, los ministros de Interior y Defensa, la Delegada del Gobierno en Valencia, y hasta su consejera Salomé Pradas, Alberto Núñez Feijóo no se dignó llamar a su subordinado en una situación tan extrema que provocó 230 víctimas.
Ese vacío - la ausencia deliberada de una llamada - no es un detalle menor ni una anécdota tecnológica. Es un síntoma. Y, como todo síntoma, apunta a una patología política y humana mucho más profunda.
En los últimos años asistimos a un fenómeno inquietante: la sustitución del contacto personal por la comunicación escrita incluso en los momentos que exigen humanidad básica. Ya no se llama para dar el pésame; se envía un audio. Ya no se felicita un cumpleaños con una conversación; se manda un WhatsApp genérico. No es eficiencia, ni descuido ni lapsus: ¿Qué es, psicopatía? No llamar en ese contexto representa el rechazo al vínculo, al compromiso emocional, a la responsabilidad que implica escuchar al otro en tiempo real, a la relación. La psicología lo ha descrito con claridad: ciertos comportamientos psicopáticos funcionales rehúyen el contacto directo porque este obliga a asumir consecuencias, empatía y rendición de cuentas.
En política, esa ausencia de compromiso de Feijóo es letal. Más, mucho más que sus mentiras a los valencianos y a los españoles.
Porque gobernar no consiste en administrar mensajes, sino en asumir decisiones. Y asumir decisiones implica exponerse. Implica llamar. Implica hablar. Implica decir “estoy aquí y respondo”. Cuando una catástrofe provoca 230 muertos, no basta con teclear frases calculadas. Se descuelga el teléfono. Se escucha. Se ordena. Se actúa. ”Gracias, Presi”
Eso es exactamente lo que hizo el Gobierno de España. El presidente Pedro Sánchez, la vicepresidenta, los ministros competentes (Defensa e Interior, a tenor de lo reconocido por Mazón el mismo día de la masacre) y la delegada del Gobierno llamaron. Dieron la cara. Se implicaron. Asumieron el coste político y humano de la tragedia.
Y eso es exactamente lo que no hizo Alberto Núñez Feijóo. Los mensajes desvelan no una, ni dos, sino tres mentiras a los españoles del que declaró que sus correligionarios deberían echarle si mentía a los españoles:
- La primera, y más obvia, es que afirmó estar informado “en tiempo real” por Mazón de la evolución de la tragedia. Los mensajes de los “WhatsApp de la vergüenza” entre ambos prueban que la primera comunicación -que ni siquiera fue por teléfono- fue a las 20:08 con “decenas de muertos” en Valencia.
- La segunda mentira fue que no tuvieron en el Gobierno valenciano ayuda ni recursos del Gobierno español. El propio Mazón le reconoce a Feijóo que contaban ya, y desde el minuto cero, con “todo” lo que necesitaban en ese momento, que era el despliegue de la Unidad Militar de Emergencias -tildada cuando se puso en marcha por el Presidente Zapatero de “capricho inútil” por el PP-.
- La tercera mentira, sostenida, también, durante más de un año, 14 meses, es que hubo silencio administrativo del Gobierno central, aquel bulo de “Si necesitan algo, que lo pidan”. Ese mismo día, y antes de que Feijóo contactara, cobardemente, por WhatsApp, en vez de llamarle, con Mazón, después de su larga comida y sobremesa en El Ventorro, Mazón ya había hablado, según informó por esa misma vía a Feijóo, tanto con el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como con sus ministros de Defensa e Interior, que se habían puesto a su entera disposición.
Pero lo más grave y sintomático de este asunto no son esas tres mentiras, pese a haber sido sostenidas durante tanto tiempo, llevando a la duda a muchos españoles que creyeron que el desastre era una incompetencia compartida entre administraciones de signo contrario. Lo más sintomático es que Feijóo no llamara a Mazón en una situación de ese calibre. ¿Por qué?
Feijóo no llamó a Carlos Mazón porque llamar habría significado asumir que Mazón era su responsabilidad política. Habría supuesto reconocer liderazgo. Y Feijóo no lidera: administra su propio miedo. Es un anti-líder. Un dirigente definido no por la toma de decisiones, sino por el cálculo constante para no quedar expuesto.
De ahí su patrón repetido: no asumir nunca la responsabilidad directa y, después, mentir de forma sistemática para cubrir el vacío que deja esa cobardía. Primero no llama. Luego no decide. Después oculta. Finalmente, cuando la realidad aflora, miente. Y cuando la mentira ya no se sostiene, filtra mensajes en Nochebuena -la Nochebuena en que los suyos lloraban a 230 muertos por la negligencia criminal de su gobierno autonómico- para protegerse a sí mismo, aunque eso implique revictimizar a una sociedad entera.
No es casual que los WhatsApp se conviertan en su coartada favorita. El mensaje escrito permite borrar, editar, reinterpretar. La llamada no. La llamada deja rastro moral. La llamada exige liderazgo en tiempo real. Y eso es justo lo que Feijóo evita, como evita el conflicto, la exposición y la verdad.
Los “WhatsApp de la vergüenza” no revelan solo tres mentiras mantenidas durante catorce meses. Revelan algo más grave: un modelo de poder deshumanizado, frío y cobarde, en el que la tecnología sirve para esconder la ausencia de coraje. Un dirigente que no llama cuando hay “decenas de muertos” tampoco está capacitado para liderar un país.
Porque gobernar no es escribir. Gobernar es responder. Y responder empieza, siempre, por un contacto personal, por una llamada.