Jimmy Kimmel cumplió su palabra. Después de advertir públicamente que no pensaba moderar su discurso, el presentador estadounidense protagonizó uno de los monólogos más contundentes contra Donald Trump.

Todo comenzó en la gala de los Critics Choice Awards, celebrada este lunes, donde Kimmel recogió el premio a mejor programa de entrevistas. Lejos de limitarse a los agradecimientos de rigor, el presentador aprovechó el escenario para lanzar un mensaje con doble filo. Agradeció el respaldo del público y de la industria en un momento que, según subrayó, demuestra que la libertad de expresión no es algo garantizado ni siquiera en Estados Unidos. Y, acto seguido, dirigió un “agradecimiento” cargado de sarcasmo al propio Trump, al que señaló como una fuente inagotable de material cómico por “todas las cosas ridículas que hace a diario”.

No era una broma inocente ni un simple gesto de provocación. Era un aviso. Porque Kimmel, que lleva años manteniendo un pulso público con el expresidente, regresó al día siguiente a su programa, Jimmy Kimmel Live, dispuesto a llevar ese desafío mucho más lejos.

El presentador construyó su discurso a partir de una premisa recurrente en su humor: la política convertida en espectáculo. Desde ahí, desarrolló una pieza en la que simulaba explicar a la audiencia una operación internacional impulsada por Estados Unidos contra el presidente venezolano Nicolás Maduro. El relato, deliberadamente exagerado y ficticio, no pretendía informar, sino evidenciar los mecanismos narrativos que suelen emplearse en determinados discursos políticos y mediáticos.

Kimmel arrancó señalando que, cuando un presidente se ve acorralado por escándalos internos, nada funciona mejor que una gran distracción externa. En ese punto, el humorista apuntó directamente a Trump, sugiriendo que su tendencia a generar conflictos o titulares estridentes responde, en muchos casos, a una estrategia para desviar la atención. La carcajada del público no ocultaba el trasfondo del mensaje: la política como cortina de humo.

A medida que avanzaba el monólogo, el tono se fue endureciendo. Kimmel describió al líder venezolano como un dirigente autoritario responsable del colapso económico de su país, una afirmación alineada con la percepción dominante en gran parte de la comunidad internacional. “Sí, es un criminal y un dictador”, llegó a decir, provocando un aplauso inmediato en el plató. Pero el silencio que pidió después fue aún más elocuente que la ovación.

Fue entonces cuando el presentador giró el foco hacia Trump. Sin mencionarlo de forma directa en ese instante, dejó claro que la crítica no iba solo dirigida a Maduro. La sátira se convirtió en espejo. Kimmel planteó una pregunta incómoda: ¿con qué legitimidad moral se condena a un líder extranjero mientras se normalizan comportamientos autoritarios, discursos de odio o prácticas cuestionables en casa?

El remate llegó con la proyección de un vídeo real de Trump hablando sobre el interés de Estados Unidos en los recursos energéticos de Venezuela. La risa dio paso a la incomodidad. Kimmel no necesitó añadir mucho más: las propias palabras del expresidente servían para subrayar la contradicción entre el discurso oficial y los intereses económicos que lo sostienen.

El enfrentamiento entre Kimmel y Trump no es nuevo. Durante la presidencia del republicano, el presentador fue uno de sus críticos más persistentes, especialmente en temas como la sanidad, la inmigración o el autoritarismo del discurso político. Trump, por su parte, respondió en múltiples ocasiones con ataques personales, descalificaciones públicas e incluso amenazas veladas contra ciertos programas televisivos.

En ese contexto, el discurso de esta semana adquiere una dimensión más amplia. No es solo un ataque a Trump, sino una defensa explícita del papel del humor como contrapeso del poder. Kimmel reivindica la sátira como una forma legítima de crítica política, especialmente en tiempos de polarización extrema y desinformación.

El presentador ha vuelto a demostrar que el humor, cuando se atreve a señalar al poder sin concesiones, sigue siendo una herramienta incómoda, eficaz y profundamente política. Y que, al menos para él, callarse no es una opción.

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