Rosalía atraviesa uno de esos momentos que, vistos a posteriori, suelen marcar un antes y un después. Con 33 años -la edad simbólica con la que, según la tradición cristiana, murió Jesús- y una nueva gira internacional a punto de arrancar, la artista se prepara para llevar Lux por Europa en una serie de conciertos que incluyen grandes recintos y paradas clave en Francia y España.

Todo apunta a un año de consolidación definitiva. Sin embargo, el relato que ella misma está construyendo alrededor de este momento no tiene mucho que ver con la celebración del éxito. Al contrario: habla de vacío, de miedo al fracaso, de Dios y de la vida en clausura.

No es habitual escuchar a una superestrella del pop contemporáneo expresarse en estos términos, y menos hacerlo justo cuando la maquinaria de la industria está a pleno rendimiento. En una entrevista reciente en el pódcast Ràdio Noia, Rosalía dejó varias frases que descolocan porque no encajan en la narrativa estándar del triunfo. “Hay dos maneras de tener confianza”, explicó, “una está basada en la creencia de que tendrás éxito, y la otra está en no tener miedo al fracaso”. La afirmación, lejos de sonar a lema motivacional, apunta a un desplazamiento interno: el éxito deja de ser el centro y lo importante pasa a ser la relación con el vacío.

Ese vacío aparece de forma recurrente en su discurso. No como carencia, sino como condición. Rosalía habla de la espiritualidad como un espacio que se despeja, una habitación interior que hay que vaciar para que algo pueda atravesarte. “Como artista, hay una conexión entre el vacío y la divinidad”, dijo. “Si tú haces espacio, quizá Alguien que está por encima de ti puede llegar y pasar a través de ti”. No se trata tanto de una confesión religiosa como de una descripción de método creativo. La fe, aquí, no funciona como dogma, sino como estructura mental para sostener el proceso.

En ese mismo contexto, la cantante confesó que le atrae la idea de la clausura. Dijo admirar a las monjas, a las que definió como “ciudadanas celestiales”, y reconoció que la vida de recogimiento le parece una forma elevada de libertad. La afirmación puede sonar extrema, pero cobra sentido si se observa cómo ha trabajado Lux. Durante la gestación del disco, Rosalía pasó largos periodos prácticamente aislada, centrada en el trabajo, reduciendo al mínimo el ruido exterior.

Es la paradoja perfecta: mientras la artista habla de sencillez, silencio y recogimiento, el sistema que la sostiene opera desde la saturación, la urgencia y la ansiedad.

Lejos de esquivar esa contradicción, Rosalía parece asumirla como parte del paisaje. En la misma entrevista reflexionó sobre el amor romántico y reconoció haber colocado durante años a la pareja en un pedestal, como si fuera a proporcionarle felicidad y paz. “Y no”, concluyó. La frase conecta con otra confesión más profunda: la sensación persistente de que existe un deseo que este mundo no puede satisfacer. Ese vacío, según ella, no lo llenan ni el éxito, ni el amor, ni el reconocimiento. Y es ahí donde introduce la idea de Dios, no como respuesta definitiva, sino como posibilidad.

Mientras prepara la gira, la artista ha explicado que su bienestar cotidiano se apoya en rutinas mínimas: un desayuno en casa, el sol en la piel, tiempo con los suyos. No hay grandes promesas ni épica personal. Frente al dramatismo que suele acompañar a las grandes estrellas, Rosalía ofrece una narrativa de contención. No porque renuncie a la ambición, sino porque parece haber entendido que la ambición, sin límites internos, acaba vaciándolo todo.

Quizá por eso su discurso conecta más allá de la música. No porque ofrezca respuestas, sino porque formula una pregunta incómoda en el lugar menos esperado: ¿qué pasa cuando lo tienes todo y el vacío sigue ahí? A los 33, en el año que puede definir su carrera, Rosalía no mira hacia arriba buscando más, sino hacia dentro buscando espacio.

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