Cuando en la madrugada de Los Ángeles pronunciaron su nombre como ganadora del Grammy a Mejor Artista Nuevo, a más de uno le pasó lo típico: “¿Y esta quién es?”. El chiste es que Olivia Dean -británica, 26 años, sonrisa de escenario grande y una voz que parece llegar con décadas de experiencia- no es nueva en absoluto. Lo “nuevo” es que por fin el gran público se ha enterado.

Dean se llevó el galardón en los Premios Grammy tras un año de crecimiento meteórico, en una gala marcada por discursos sobre inmigración y política cultural. Y ella, precisamente, convirtió su aceptación en algo más que agradecimientos de manual: reivindicó sus raíces y el papel de quienes se ven obligados a empezar de cero en otro país.

Pero para entender por qué su victoria tiene miga, hay que rebobinar bastante más que un par de singles virales.

La “artista nueva” que cantaba en la calle 

Antes de alfombras rojas, Dean se buscó la vida como tantos músicos londinenses: componiendo adolescente, aprendiendo guitarra y piano por su cuenta y, con 17 años, cantando en la calle en el South Bank. 

Ese detalle explica bastante bien su estética actual: no hay prisa, no hay histeria, no hay personaje fabricado. Olivia Dean canta como alguien que ha tenido que convencer a desconocidos a la intemperie. La voz, en su caso, no es un filtro: es un oficio.

El primer gran salto

Una de las historias menos conocidas de su ascenso tiene que ver con su primer trabajo profesional: entrar como corista para Rudimental. Lo curioso es que ella misma ha contado que no era especialmente buena en ese papel porque tendía a cantar la melodía en lugar de la armonía.

Poco después llegó su primer single y, ya en 2019, su EP OK Love You Bye, que se grabó en un lugar poco habitual: un pub reconvertido en estudio en el este de Londres. Es el tipo de origen que hoy vende camisetas, pero que entonces significaba lo mismo que siempre: hacerlo con lo que tienes.

Su primer álbum, Messy (2023), terminó de ponerle forma a su identidad: pop-soul, neo-soul, una forma de escribir íntima sin caer en la lágrima fácil y una producción elegante que no busca epatar. 

El verdadero cambio de escala llegó con su segundo trabajo, The Art of Loving (2025). En una entrevista, Dean explicaba que lo concibe como un disco “más ligero y divertido” que el anterior, pero con más madurez emocional; hablaba de escuchar vinilos, “crate-digging”, de influencias brasileñas, reggae, música etíope e incluso de mirar cuadros para elegir la paleta de color de su edición física.

Y, claro, están los hits. Man I Need se convirtió en el gran punto de inflexión: un tema que, según contó en prensa musical, al principio le generaba dudas por ser más “uptempo” y “sexy” de lo que solía hacer hasta que dejó de dudar y el público hizo el resto.

Una historia familiar

Dean ha hablado muchas veces de su herencia: madre jamaicano-guyanesa, padre inglés, y una abuela vinculada a la generación Windrush. Eso no es solo biografía: está dentro de su repertorio. En piezas y presentaciones ha dedicado canciones a su abuela y a la idea de “bravura” que implica emigrar. 

En los Grammy, esa línea se convirtió en titular global. En un escenario estadounidense especialmente tensionado por debates migratorios, su mensaje sonó como una mini-crónica personal convertida en declaración política sin panfleto.

Por qué engancha (y por qué no es “la nueva Adele”)

En las últimas horas han proliferado comparaciones con grandes voces británicas. Pero la gracia de Olivia Dean no está en parecerse a alguien: está en sonar a una tradición sin vivir atrapada en ella. Tiene el alma del soul clásico y el pulso del pop moderno; escribe sobre amor, sí, pero lo hace con un punto de ironía y observación social que evita el cliché. Y, sobre todo, transmite algo cada vez más escaso: calma.

El Grammy a Mejor Artista Nuevo suele premiar promesas. En su caso, premia una paciencia. La de alguien que, antes de ser “nueva” para el mundo, ya había aprendido -a base de calle, coros fallidos y pubs reconvertidos- a sostener una canción sin necesidad de fuegos artificiales.

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