Cabe sospechar que la crítica especializada haya sido demasiado indulgente con las dos novelas del nuevo Javier Cercas debido al gran respeto que toda ella le ha tenido siempre al Javier Cercas primigenio. Salvando las distancias, la situación sería parcialmente equiparable a la que se dio con las últimas películas de Luis García Berlanga, que contaron con la benevolencia de los críticos porque las firmaba el mismo autor de algunas de las mejores cintas del cine español.

‘Terra Alta’, que ganó el premio Planeta 2019, e ‘Independencia’, cuyas buenas ventas la mantienen en las mesas de novedades meses después de su aparición, son novelas eficaces: artefactos narrativos construidos con oficio, con habilidad, con buen pulso, novelas que darían ambas para hacer de cualquiera de ellas una buena película de género: un director solvente y un guionista experimentado que hayan filmado y escrito buenas películas de género negro garantizarían el éxito de público y de crítica de cintas basadas en las novelas del nuevo Cercas. Del antiguo ya se rodó con éxito ‘Soldados de Salamina’, pero, al igual que la novela, el propio proyecto cinematográfico de David Trueba era más arriesgado de lo que ‘Terra Alta’ o ‘Independencia’ lo son como novelas y lo serían como películas.

Es comprometido aventurar por qué Cercas ha bajado de registro narrativo. ¿Por qué dejar la ópera, que le había abierto el pórtico siempre angosto de la historia de literatura, para pasarse a la zarzuela, que como mucho le garantizará el aplauso de un público mayoritario? Cercas nunca habría llegado a ser Cercas de haber escrito únicamente ‘Terra Alta’ o ‘Independencia’.

El propio autor ha confesado lo siguiente a propósito de sus dos últimas novelas: “No hubieran existido sin el shock que para mí y creo que para la inmensa mayoría de los catalanes supuso lo ocurrido en Catalunya desde el 2012 al 2017 y en particular lo que ocurrió el 6 y 7 de septiembre hasta el 27 de octubre”.

Puede que el traumático 'procés', que Cercas ha sobrellevado con el alma en vilo –yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa–, haya modificado en algún sentido su concepción de la literatura y de su función social. O puede que se haya cansado de ser Cercas, como Borges decía estar cansado de ser Borges. O tal vez haya temido acabar plagiándose a sí mismo, un destino que de un modo u otro amenaza a todos los creadores. En nuestra opinión, lo que el 'procés' –tan súbito, tan temerario, tan polisémico– estaba pidiendo –narrativamente– a gritos no era una 'Independencia', sino una 'Anatomía de un instante'.

Cercas sería como quien, habiendo llegado a ser un audaz y cotizado creador de relojes de alta gama, hubiera decidido hacerse relojero de barrio para ganarse la vida reparando despertadores. Sus reparaciones estarían garantizadas, pero no dejarían de ser meras reparaciones. Cercas ha dejado la joyería de plata y oro para pasarse a la "bisutería de plástico buenísimo”, que decía la Agustina de Almodóvar en ‘Volver’.

Para el lector que firma este comentario, ‘Terra Alta’ e ‘Independencia’ no son malas novelas pero sí novelas de corto vuelo, del mismo modo que una gallina no es un ave defectuosa, pero no está hecha para volar sino para poner huevos primero y hacer con ella un buen caldo después (aunque cabe también, digámoslo todo, que este lector sea él mismo la gallina por haber sido un mal lector y leído ambas novelas defectuosamente).

En todo caso, sabemos que ‘Terra Alta’ e ‘Independencia’ aspiran a ser mucho más que meras novelas policiacas, pero no tanto porque nos lo haya sugerido su lectura como porque así lo ha revelado Cercas en distintas entrevistas. ‘Independencia’ en particular quiere ser, siempre según el autor, una condena del cinismo ventajista de las élites económicas catalanas, pero también del papanatismo de quienes las secundaron en su temeraria aventura.

A partir de lo declarado por Cercas en varias entrevistas, podría concluirse que hay en ‘Independencia’ un reproche implícito al universo charnego que, como el personaje de la novela Ricky Ramírez, se habría sumado al sueño secesionista como una forma de “arrimarse a los buenos” para ser como ellos. Ramírez comprende demasiado tarde que cuando su padre le decía de niño que debía “arrimarse a los buenos” quería decir algo muy distinto de tomar el camino que él equivocadamente tomó. A quienes siguieron ciegamente el señuelo independentista empezaría a sucederles algo parecido.

Sea como fuere, cuando algún día se cree el club de quienes ‘Queremos tanto a Cercas’, a imagen de quienes formaban el de ‘Queremos tanto a Glenda’ que inventó Julio Cortázar, sus miembros haremos con los libros de Javier Cercas lo que nuestros predecesores literarios hicieron con las películas de Glenda Jackson: rebuscar con cuidado en toda la producción del autor catalán –el periodismo patriótico lo ha rebajado a ‘escritor extremeño’– para destruir los ejemplares de aquellas obras que no estuvieron a la altura de su genio. ‘Terra Alta’ e ‘Independencia’ entrarían en el inventario.