El director Manuel H. Martín, quien estuvo nominado al Mejor Largometraje Documental en los Premios Goya 2012 por 30 Años de oscuridad, rueda con gran pulso narrativo un documental sobre la labor de una brigada de élite helitransportada especializada en combatir incendios forestales en primera línea de fuego.

El conocimiento que se tiene sobre los incendios forestales suele reducirse a las noticias que emiten los informativos de la televisión, desconociéndose en muchos casos tanto los protocolos y las tácticas a seguir para su extinción como a los hombres que arriesgan sus vidas para combatirlos. Y esta es precisamente la perspectiva que ofrece el nuevo largometraje documental de Manuel H. Martín, que su cámara ha convivido durante un verano con una unidad de élite helitransportada, la BRICA, es decir, la Brigada de Refuerzo contra Incendios de la Comunidad Autónoma de Andalucía, especializada en llegar a sitios de difícil acceso para sofocar incendios. Y unidad que pertenece al INFOCA, el Plan de Prevención y Extinción de Incendios de Andalucía.

Pero el cineasta onubense no solo a retratado los aspectos cotidianos de los miembros de la unidad durante sus largas horas de guardia en la base, sino que se ha introducido con ellos en primera línea de fuego para tratar de captar con todo detalle los pormenores, las estrategias y las incidencias que tienen lugar durante su arriesgada intervención. Una labor muchas veces extenuante por la complejidad del terreno o la dificultad que implica tener que sofocar el fuego cuando ha caído la noche y la escasa visibilidad que tienen para trabajar procede de las propias llamaradas.

El director onubense articula el argumento de La vida en llamas a través de tres miembros que forman parte de la brigada. Gustavo, el jefe de la unidad, un ingeniero técnico forestal de 41 años de edad apasionado por la naturaleza y entregado en cuerpo y alma a su trabajo. El joven recién llegado, a quien apodan “Curiño”, que se incorpora por primera vez a la brigada tras su paso por el Retén, uno de los grupos de vigilancia y apoyo del INFOCA. Y el ya sexagenario Abarca, el veterano del equipo quien se resiste a retirarse después de más treinta años dedicados a la extinción de incendios. Tres puntos de vista diferentes a los que se suman los testimonios de las compañeras sentimentales de los dos primeros, pues Abarca es un hombre soltero, expresando la inquietud que se genera en ellas cuando aquellos tienen que movilizarse ante una nueva emergencia. Un riesgo que se hace patente en una secuencia del film, cuando en la televisión se muestra la noticia del accidente de un helicóptero que participaba en la extinción de un incendio, noticia que ven algunos miembros de la brigada.

De ahí que la estructura de La vida en llamas esté dividida en tres bloques, en los que cada uno de los tres protagonistas adquieren respectivamente una mayor relevancia, aunque luego estén presentes a lo largo del metraje. Una visión que se complementa con las diferentes impresiones de sus compañeros de la brigada, quienes hablan sobre su vida en la base, sobre las largas ausencias de su hogar, sobre su preparación física ya que es imprescindible mantener la forma dadas las condiciones extremas que a veces tienen que soportar, así como sobre los protocolos de actuación o las sensaciones que experimentan a la hora de enfrentarse al fuego.

Y precisamente son en esos momentos, cuando la brigada tiene que combatir un incendio, en los que La vida en llamas alcanza sus momentos de mayor intensidad, porque la cámara de Manuel H. Martin sigue a la unidad hasta el mismo foco del fuego, captando como hacen los cortafuegos, desbrozando el terreno con azadas y motosierras para impedir que las llamas avancen, o cuando tienen que parar su actividad por unos instantes, en medio del humo, mientras cae el agua que lanzan los medios aéreos. Planos que alterna desde diferentes perspectivas, y no solo a pie de tierra, sino también desde el aire, la que tienen los pilotos de helicópteros, ofreciendo una multiplicidad de imágenes, algunas de un gran impacto visual, articuladas a través de un montaje tan enérgico como preciso.

Pero más allá de sus aspectos formales y estéticos, La vida en llamas es un excelente homenaje a esos hombres anónimos que se enfrentan a un drama que sigue asolando al país durante los períodos estivales. Un drama que muchos seguimos contemplando desde la distancia que ofrece la pantalla de televisión.