La secuencia de apertura de Into the Woods nos muestra a los personajes principales expresando sus deseos, cantando estos en un número musical vibrante que marca el ritmo de la película. Esos deseos serán los que, durante más de la mitad del metraje, vayan cumpliéndose en el más puro sentido de los cuentos tal y como han sido adaptados a pantalla o a escena y no tanto en su origen natural de la mano de los hermanos Grimm. Por tanto, estaríamos en este sentido ante una película común de la Disney, amable e incluso infantil, tono que, sin embargo, es roto en momentos puntuales por la introducción de algunos elementos más sombríos y tenebrosos cuando no de comentarios cómicos y paródicos que resultan chirriantes, como fuera de lugar. Pero cuando todo parece haber llegado a su fin y las historias finalizadas y cada personaje tiene su final feliz, que se manifiesta en una gran fiesta que celebra la boda de Cenicienta con el príncipe, entonces, Into the Woods da un giro radical cuando el mundo de fantasía que se ha creado se vea en peligro por la presencia de una mujer gigante que aterroriza el lugar. La película se encamina hacia una muestra de las consecuencias de esos sueños, devenidos pesadillas; es un poco el famoso ten cuidado con lo que deseas, que podría hacerse realidad, pero también lanzando un extraño discurso sobre los límites de los cuentos y de la ficción destinados a niños en tanto a que desvirtúan la realidad o, quizá, la manipulan en exceso. Un discurso un tanto extraño viniendo de la Disney que, todo sea dicho de paso, se ha ocupado durante décadas de alentar y alimentar todo lo contrario.


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Into the Woods parte de cuatro cuentos de los hermanos Grimm: Caperucita Roja, Jack y las habichuelas mágicas, Rapunzel y La Cenicienta con dos personajes como núcleo del relato, el matrimonio formado por el panadero y su mujer, interpretados por James Corden y Emily Blunt. Todos ellos acaban confluyendo en el bosque, como bien indica el título, un espacio en el que no hay reglas, en el que todo puede suceder. Visto como ese espacio inhóspito de miedos casi atávicos, el bosque se convierte en el lugar en el que los cuentos toman forman y se conducen hacia su resolución lógica para después mostrar las consecuencias de los mismos. Su lado más perverso. La Cenicienta (Anna Kendrick) descubre que su encantador príncipe (Chris Pine) quizá no lo sea tanto, la Bruja (Meryl Streep) que su ansias de volver a ser joven ocasionan que pierda su poder, el lobo (Johnny Depp) tiene un final brutal de manos de la propia Caperucita Roja (Lilla Crawford), el matrimonio de panaderos, que parecen tan unidos, al final, muestran ciertas grietas… en definitiva, que los cuentos poseen un lado oscuro –real en el caso de los escritos por los hermanos Grimm que no debe obviarse-.


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Rob Marshall parece recuperar su pulso como director. Into the Woods es su mejor película desde su debut en Chicago, algo sencillo si se tiene en cuenta que sus anteriores películas, Memorias de una geisha, Nine o Piratas del Caribe 4: En mareas misteriosas, evidenciaban un descenso de calidad notable a pesar de los intentos de Marshall en Nine de crear un musical diferente. En Into the Woods, el director ha conseguido realizar un musical de resonancias clásicas pero aprovechando las ventajas del cine digital. Esto conlleva que algunos números de la primera mitad de la película posean ese halo fantasioso e imposible del género en su época clásica o, incluso, en la modernidad cinematográfica. También, evidentemente, tienen el aliento de la Disney más desaforada y meliflua; pero en su segunda mitad Marshall es capaz de acompañar a la variación narrativa con un estilo mucho más oscuro, con una visualización que aprovecha los contornos del bosque para crear un relato más sombrío. A este respecto, recuerda a esa tendencia de los últimos años de reescribir los cuentos clásicos desde una postura más realista, más posible dentro de la ficción fantástica, y no obviando el cariz más siniestro que todo cuento posee.


Y aunque Into the Woods presenta un claro discurso, Marshall no olvida en momento alguno que estamos ante un espectáculo y orquesta uno a lo grande, con un sentido de la épica cinematográfica muy acorde con el género musical. Pero la película adolece de una excesiva duración que conlleva un enorme desequilibrio en el ritmo, si bien casi todos los números musicales acaban funcionando. Hay algo jovial y desinhibido en la película que se transmite en el extraño humor que se transmite en determinados momentos, como si sus responsables quisieran no tomarse demasiado en serio a pesar de estar haciéndolo. No obstante, algunos números resultan chocantes al moverse entre lo ridículo y lo paródico, solo entendiéndose que la opción que prevalece es más la segunda que la primera cuando la película ha concluido y entendemos el contexto global de la propuesta.


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Queda, no obstante, la sensación de una cierta moralina en todo lo planteado. Si bien la idea de trastocar los preceptos narrativos de la visión de la Disney de los cuentos de los Grimm resulta interesante, parece quedarse al final a medio camino. Del mismo modo, el claro mensaje del cuidado que se debe tener en cuanto a lo que transmitimos a los niños (o a los hijos, para ser más exactos) posee un cierto poso moralista y educador.


Pero al final, queda una cuestión interesante, ¿se debe renunciar a los deseos y/o a la narración de ficciones fantásticas debido a que pueden tener consecuencias no siempre positivas?