En Hollywood no siempre gana la mejor película. A veces gana la más oportuna. O la menos problemática. O, sencillamente, la que logra atravesar la temporada de premios sin que nadie encienda un incendio a su alrededor. En ese delicado equilibrio se encuentra ahora Marty Supreme, la película que había conseguido lo más difícil -seducir a crítica, industria y Academia- y que hoy camina sobre un suelo más resbaladizo de lo que parecía hace apenas unas semanas.

Porque Marty Supreme no ha cambiado. Sigue siendo una descarga de adrenalina filmada con nervio, ambición y una rara mezcla de clasicismo y urgencia contemporánea. Lo que sí ha cambiado es el clima. Y en la temporada de premios, el clima lo es todo.

Una favorita incómoda

Desde su estreno, la cinta dirigida por Josh Safdie fue recibida como la confirmación definitiva de que al menos uno de los hermanos había sabido trasladar el espíritu salvaje de su filmografía previa a una escala mayor sin perder identidad. El entusiasmo no tardó en traducirse en números: nueve nominaciones al Oscar, incluyendo mejor película, dirección y actor protagonista para Timothée Chalamet, consolidaron su posición como una de las grandes favoritas del año.

En condiciones normales, Marty Supreme habría recorrido la temporada como un cuchillo caliente entre mantequilla: una obra autoral con apariencia de clásico instantáneo, un intérprete joven pero ya consagrado y un discurso nostálgico sobre el cine como experiencia física y emocional. El tipo de película que la Academia adora premiar cuando quiere recordarse a sí misma que aún tiene buen gusto.

Pero las condiciones nunca son normales.

El problema no está en la película, sino en lo que la rodea. El resurgir de una polémica latente en torno a los hermanos Safdie -sus métodos de trabajo, su ruptura creativa y las lecturas interesadas sobre quién “robó” el alma del proyecto común- ha vuelto a poner el foco donde menos conviene: fuera de la pantalla.

No se trata de una acusación concreta ni de un escándalo con nombres y apellidos. Es algo más viscoso: rumores amplificados, testimonios indirectos, antiguas entrevistas reinterpretadas con mala fe y una narrativa digital que necesita villanos para sobrevivir. El cóctel perfecto para incomodar a una industria que, tras años de crisis reputacional, ha aprendido a huir del conflicto como de la peste.

La pregunta clave es si esta incomodidad será suficiente para pasar factura.

El fantasma de la comparación fraternal

La ironía es evidente. Mientras Josh Safdie recoge elogios y nominaciones, el recuerdo del tropiezo reciente de su hermano Benny con The Smashing Machine sigue flotando en el ambiente. Aquella película, concebida como un vehículo de prestigio, terminó diluyéndose sin apenas impacto en la carrera de premios. Para algunos sectores de la conversación online, esa caída ha sido reinterpretada como prueba de una supuesta fractura creativa más profunda, con un ganador y un perdedor.

Ese relato -simplista, pero eficaz- no ayuda. Convierte Marty Supreme en algo más que una película: en el símbolo de una victoria personal dentro de una ruptura familiar. Y la Academia, que adora las historias de redención, suele mostrarse menos entusiasta con las de ajuste de cuentas.

La Academia y su miedo al ruido

En los últimos años, los Oscar han demostrado una sensibilidad extrema al contexto. No solo se vota una película, se vota lo que representa. Y cuando una candidatura empieza a generar titulares incómodos, el entusiasmo suele enfriarse con rapidez. El voto preferencial -ese sistema diseñado para premiar el consenso-castiga especialmente a las obras que polarizan, aunque sea por razones externas.

Marty Supreme corre ese riesgo: no despertar rechazo frontal, pero sí perder apoyos silenciosos. Es la película que muchos admiran, pero que algunos podrían dejar de marcar como primera opción “por si acaso”. Y en los Oscar, ese “por si acaso” mata.

¿Está realmente en peligro?

La respuesta honesta es: sí, pero no tanto como parece. Marty Supreme sigue siendo una de las películas más votadas, más respetadas y más comentadas del año. Su calidad es innegable y su impacto, real. Sin embargo, ha dejado de ser una apuesta cómoda. Y eso, en los Oscar, siempre tiene consecuencias.

La verdadera batalla no se librará en los titulares, sino en las papeletas anónimas. Allí donde cada votante decide si premia la película que le emocionó… o la que menos problemas le da.

Josh Safdie ya ha demostrado que sabe filmar el caos. Ahora debe comprobar si también sabe sobrevivir a él. Porque en Hollywood, como en sus películas, basta una noche torcida para que todo cambie.

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