Cuando sucede una tragedia, los medios de comunicación tendemos a explicarla con números y datos. Pero como sucedió con la DANA, los números no son solo números. Son vidas truncadas, familias rotas y amigos desesperados. 42 no son solo las personas que por el momento han perdido la vida en Adamuz. 42, son 42 personas que tienen nombre y apellidos, 42 seres humanos que no volverán a reír, abrazar o decir te quiero, y eso es algo que no debemos perder de vista jamás.
Estos días leo titulares que quién los escribe pensará que “qué chulo”, o “con esto me corono”. Pues no. Ni es chulo ni mucho menos te coronas. Escribir sobre tragedias es muy difícil, pero hacerlo sobre las víctimas y sus familias es directamente de las cosas más complicadas que tiene este oficio. La línea que separa la información del amarillismo es demasiado fina y está demasiado borrosa. Pero está ahí, y nunca hay que olvidarlo.
La inmediatez que se ha impuesto en el periodismo es uno de los mayores errores que hemos asumido sin protestar, y cuando hay familias desesperadas esperando respuestas, esa inmediatez es absolutamente contraproducente. Es, directamente, antiperiodismo. Soy consciente de que predico en el desierto, pero no puedo dejar de intentarlo. Nuestro oficio es absolutamente fundamental para que los ciudadanos tengan una información buena y veraz. Pero la prisa no es buena compañera, nunca lo ha sido, y menos con temas tan delicados como son este tipo de tragedias.
Todos queremos saber las causas del accidente. Todos. Pero no podemos especular cuando hay 42 familias llorando a los suyos, y otras muchas que ni siquiera saben dónde están todavía. El buen periodismo, así como el malo y rastrero, sale a la luz en situaciones como el accidente del metro de Valencia, el de Angrois, la DANA, o ahora con el de Adamuz. Desde aquí hago un llamamiento a todos: por favor, nunca olvidemos que nuestros titulares llegan a las familias y amigos de las víctimas mortales.
Y hago este llamamiento por varios motivos. Supongo que el primero es haber tratado muchísimas veces con las víctimas y sus familias y haber visto, y vivido en primera persona, el dolor que puede llegar a causar un titular. Segundo, porque soy periodista y aún me creo este oficio. Cada día un poco menos, pero no pierdo la esperanza. Y tercero porque me siento en la obligación moral de utilizar este altavoz que ElPlural.com me ofrece para denunciar aquello que no funciona, incluso cuando lo que falla es mi propio oficio.
No he puesto ningún titular en el texto de forma consciente porque como dice el refranero: a buen entendedor pocas palabras bastan. En España, por suerte, siguen siendo más los buenos profesionales que los malos o los delincuentes de la información. Pero no por ello hay que dejar de denunciar la mala praxis.