Siete años después de llegar a la presidencia de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla ha puesto por fin la primera piedra de un nuevo hospital en Málaga. Siete años para un gesto simbólico, para una foto, para un acto oficial cuidadosamente escenificado. Nada más. Porque lo que se ha colocado no es un hospital, ni siquiera una obra en marcha: es una promesa tardía. Y la pregunta es inevitable y profundamente incómoda: si para la primera piedra han hecho falta siete años, cuánto tiempo habrá que esperar para la segunda… y para que el hospital sea real.
Conviene no dejarse arrastrar por la propaganda. Pese a que algunos medios conservadores ya hablan del Hospital Virgen de la Esperanza como si fuera una realidad consolidada, lo cierto es que Málaga sigue exactamente igual que antes del acto: sin hospital nuevo, con menos camas de las que necesita y con una sanidad pública al límite, tanto en infraestructuras como en personal. De hecho, hoy ha menos camas en los hospitales de Málaga que cuando Moreno Bonilla llegó a la Junta. Ya está bien de demagogia. Ya está bien de vender anuncios como hechos consumados.
Porque si algo demuestra este proyecto es que Moreno Bonilla ha utilizado el hospital de Málaga como arma política desde mucho antes de gobernar, sin que eso se haya traducido en avances reales. Antes incluso de llegar a la presidencia, el hoy presidente de la Junta convirtió el llamado “tercer hospital” en un ariete contra los gobiernos socialistas. En 2015 lideró una campaña de recogida de firmas en Málaga y llegó a calificar los anuncios de la anterior Junta como “la gran estafa de los malagueños”. La promesa era clara: con él, el hospital sí llegaría.
En la campaña electoral de 2018 volvió a insistir. Aseguró que, si alcanzaba San Telmo, la construcción del hospital sería una prioridad inmediata para corregir el grave déficit de camas por habitante que sufre la provincia. Málaga, decía entonces, no podía esperar más. Hoy sabemos que sí podía esperar. Y mucho.
Durante su primer mandato, lejos de acelerar el proyecto, lo que hubo fue un continuo cambio de planteamientos. En 2019 se descartó el proyecto anterior del macrohospital en el puerto y se optó por ubicarlo en el entorno del Hospital Civil. Un nuevo enfoque, nuevos estudios, nuevos plazos. Todo volvía a empezar. Mientras tanto, la sanidad pública malagueña seguía soportando una presión creciente sin refuerzos estructurales suficientes.
Durante la pandemia se anunció que los trámites administrativos se acelerarían. Se prometió un hospital “el más grande de Andalucía”, con una inversión que rondaba los 380 millones de euros, cifra que con el tiempo fue aumentando. Pero los anuncios no se tradujeron en obras. En mayo de 2022, en plena precampaña electoral, Moreno Bonilla dio un nuevo giro al discurso: mientras se construía el hospital —que, según él, estaría listo en unos cuatro años— la Junta alquilaría el Hospital Pascual para usarlo como centro público a partir de 2023. Ese compromiso tampoco se cumplió.
Llegó el segundo mandato y con él el baile de fechas y de expectativas. Los presupuestos se incrementaron por la inflación y por mejoras técnicas, pero la realidad seguía siendo la misma: ningún avance visible sobre el terreno. En noviembre de 2024, tras nuevos retrasos en la licitación, la Junta terminó reconociendo lo que muchos ya sospechaban: la apertura total del hospital no se produciría hasta 2032. Seis años más tarde de lo prometido inicialmente.
Y ahora, en febrero de 2026, llega la primera piedra. El gesto simbólico. El acto solemne. El cambio de nombre al de Hospital Virgen de la Esperanza, aceptando una petición popular. Todo muy emotivo. Todo muy oportuno. Todo llega, casualmente, cuando la sanidad pública andaluza atraviesa una de sus mayores crisis.
Porque mientras se colocan piedras, faltan sanitarios. Faltan médicos de familia, faltan enfermeras, faltan especialistas. Las listas de espera están disparadas, tanto para pruebas diagnósticas como para intervenciones quirúrgicas. En hospitales de toda Andalucía se cierran plantas, se clausuran habitaciones y se reducen servicios no por eficiencia o mejora de las instalaciones, sino por falta de personal. Solo en la provincia de Málaga hay varios hospitales “fantasma”, como el de Estepona o el del Guadalhorce que están bajo mínimos.
Málaga lo sufre de manera especialmente dura. Una provincia con población creciente, con alta presión asistencial y con picos extremos en verano, sigue funcionando con infraestructuras insuficientes. Los profesionales llevan años denunciando el colapso de urgencias, la sobrecarga asistencial y unas condiciones laborales que empujan a muchos a marcharse.
Al mismo tiempo, la financiación a la sanidad privada no ha dejado de crecer. Con lo que Moreno Bonilla ha destinado a la sanidad privada se podrían haber construido no uno ni dos, sino ocho nuevos hospitales completos como donde hoy se ha puesto la primera piedra.
Con el Gobierno del PP andaluz hay más conciertos, más derivaciones y más dinero público destinado a reforzar un modelo que debilita lo público en lugar de fortalecerlo. Cuando la sanidad pública no responde, el sistema deriva pacientes. Y esa deriva no es casual, es consecuencia directa de una política que prioriza lo privado.
En este contexto, la primera piedra del hospital no es una buena noticia aislada. Es una operación política. Un intento de tapar el desastre de la sanidad pública, de desviar la atención de crisis como la de los cribados de cáncer de mama y de colocar sobre la mesa un elemento de campaña electoral.
La credibilidad está seriamente dañada. Moreno Bonilla ha tenido siete años para cumplir. Siete años para avanzar de verdad. No lo ha hecho. Y ahora pide confianza cuando llegan las elecciones, cuando arrecian las críticas y cuando el desgaste de su gestión sanitaria es evidente.
La sanidad pública no se sostiene con actos ni con titulares favorables. Se sostiene con inversión real, planificación y respeto a los profesionales. Mientras eso no ocurra, las piedras seguirán siendo solo piedras. Y las promesas, solo palabras.
Por eso la pregunta sigue ahí, intacta: si Moreno Bonilla ha tardado siete años en poner la primera piedra, cuánto tiempo más tendrán que esperar los malagueños para que ese hospital fortalecer asistencia sanitaria de verdad.