Para entender el porqué de los tranvías de Sevilla bajo palio no hay que atender a referencias religiosas, que no nos faltarían si las buscáramos, en esta ciudad tan mariana. Sólo hay que ponerse en el pellejo del alcalde, José Luis Sanz (PP), que prometió, a bombo y platillo, la muy necesaria sombra y sus buenos toldos en la arteria principal de la ciudad. Dedicó 300.000 euros al proyecto; para terminar cabreando a todo el mundo. Porque el único que ha salido beneficiado de la operación es el propio tranvía, que goza de aire acondicionado para sus usuarios. Se ha perdido el carril bici y los peatones tienen que compartir y disputar la sombra con el gigante de hierro. Toldos de la discordia que, para más inri, sólo llegan a la mitad de la calle. La otra media sigue al sol inclemente, dando la, nunca mejor dicho, solemne bienvenida a los turistas.
Dicho de otro modo, cuando por fin se termine la instalación será el momento de iniciar el desmontaje, pues habrá llegado el otoño y el fresquito. El retraso se debe a muchos factores, pero el principal es que el Ayuntamiento no preguntó previamente a los titulares de los edificios donde deberían ir los anclajes, algunos de ellos sujetos a protección específica. El Banco de España, por ejemplo, se ha negado, hasta tanto un informe garantice que no habrá daños en la fachada y se asuman las correspondientes responsabilidades.
El Ayuntamiento ha caído en su propia trampa. Cumplimiento de la Ley de manera estricta, aunque suponga retrasos, siempre que no me toque a mí, donde podemos pasar la mano. Y con el Banco de España hemos topado, Sancho. Ahora, este fiasco de 2025, con el mes de agosto terminando y media calle sin cubrir, ha devuelto a la realidad a los sevillanos, con una ciudad que, demasiadas veces, funciona como pantalla de sí misma, sin abordar los problemas con realismo. Desde el propio Ayuntamiento se reconoce que hubiera sido mejor un proyecto vegetal en arboleda de largo plazo, que permita disfrutar de una sombra de calidad; pero ya es demasiado tarde.
Han pasado 18 años desde que se peatonalizó la Avenida de la Constitución de Sevilla, con la excepción del tranvía, que comparte con los peatones y el carril bici todo el ancho de la antigua calzada y el acerado. De Puerta Jerez a Plaza Nueva, el esplendor de la ciudad, con la Catedral como principal monumento, se ofrece con toda su opulencia barroca. El calor siempre ha estado ahí y el primer proyecto serio de entoldado se hizo en 2021, a petición de la industria turística. El tiempo ha pasado y el objetivo sigue pendiente, dando vueltas entre la improvisación y la gestión mediocre.
Lo malo es que la Avenida de la Constitución es mucho más que una calle de Sevilla. Es su propia esencia y su entorno más valioso. Jugar con él supone arriesgar seriamente el futuro. Los sevillanos tienen derecho a pasearla, con un Ayuntamiento que facilite su disfrute. Todo lo demás, son titulares engolados en la prensa local; pan para hoy y hambre para mañana.
El turista que haya pagado sus buenos euros por estar en Sevilla se tragará el sol y lo que haga falta para disfrutar de la ciudad. No le queda otra. Eso nos ha pasado a todos cuando hemos sido visitantes esporádicos de cualquier sitio. Todavía me acuerdo de mi condición de superviviente en el verano de las ruinas de Pompeya, con una sola fuente para todos.
El problema es que la imagen queda y ese visitante que recorrió la Avenida a pleno sol lo recordará siempre y lo transmitirá a quienes le pregunten por esa ciudad del Sur de España que sigue pecando de improvisación y engolamiento verbal.