Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca en segunda instancia, con su “America first” y sus consignas de primero de populismo, no podríamos imaginar que las cosas llegaran tan lejos. Ni aun exprimiéndonos mucho el cerebro. Pero con este hombre y su tupé imposible se demuestra la veracidad del dicho según el cual “la realidad supera la ficción”. Y tanto que la supera. Por desgracia.
La verdad es que, como si de un videojuego se tratara, hemos ido superando pantallas y entrenando nuestras tragaderas de asco. Primero, parecía imposible que un personaje como ese aspirara a presidente de los Estados Unidos, después, tuvimos que asumir que lo consiguiera y más tarde, y cuando parecía que se esfumaba de la perspectiva política, reapareció con un nuevo mandato que dejaba en mantillas al anterior, al convertirse en el presidente de mayor edad en acceder a la Casa Blanca, además de otros muchos récords que no hace falta que reproduzca porque están en la mente de cualquiera.
La cuestión es que él prometió que iba a acabar con la migración, y se lo ha tomado en serio. Tan en serio que se ha saltado todos los principios de humanidad y derechos humanos habidos y por haber. Y más porque no hay.
En los últimos días, Mineápolis se ha convertido en un polvorín. No sin razón, desde luego. La actuación de las denominadas patrullas ICE (servicio de control e inmigración de aduanas) ha sido un verdadero manual de cómo no se pueden hacer las cosas, y la reacción de la población ha sido una muestra de cómo reaccionar cuando ya no se puede aguantar más, cueste lo que cueste. Y tanto que ha costado, porque ya van dos muertos -que se sepa- e infinitas barbaridades.
Y no se trata de hacer política sino de hablar de unos hechos que resultan incontestables. A pesar de la versión oficial sobre la mujer que fue asesinada hace días por tales patrullas como el hombre que acaba de serlo, ninguno de los dos era peligrosos, ni llevaban armas, ni se podía justificar de ningún modo tal ataque. Porque las grabaciones hablan por sí mismas. Y hablan muy mal del ICE y del gobierno que las sostiene.
No obstante, no es más que la punta -la dolorosa punta- del iceberg. Las barbaridades son diarias, entre ellas cosas como la detención de un niño de cinco años, ahí es nada.
Ante estas coas, no podemos mirar hacia otro lado. O será tarde. Si es que no lo es ya.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)