Algo se rompió hace meses en los pasillos de la Cadena SER. Primero fueron los rumores. Después llegaron las reuniones discretas, los relevos fulminantes y las llamadas incómodas. Más tarde aparecieron las órdenes editoriales. Y finalmente, el golpe simbólico que ha terminado de confirmar el terremoto interno que vive PRISA: la salida de Àngels Barceló tras más de dos décadas siendo una de las voces más reconocibles de la radio española.
Dentro del grupo mediático ya es compicado hablar de cambios aislados. Lo que se vive desde la llegada de Joseph Oughourlian al control absoluto de PRISA es una reconfiguración total del poder editorial y empresarial de la compañía. Un proceso acelerado durante las últimas semanas y que ha dejado un clima de enorme tensión tanto en la redacción de la SER como en los despachos de Gran Vía.
Fuentes internas describen conversaciones constantes entre directivos y comunicadores, encuentros para medir lealtades y un nuevo modelo de mando mucho más vertical. El mensaje que ha ido bajando desde la cúpula es claro: menos autonomía editorial y más control estratégico sobre los contenidos.
Ese nuevo rumbo quedó especialmente retratado en una de las frases que más malestar ha provocado dentro de la emisora. Según voces de la emisora, desde la nueva dirección se pidió a varias figuras de la SER “hacer menos seguidismo del Gobierno” y dejar de hablar “tanto del novio de Ayuso”. Una instrucción que muchos periodistas interpretaron como un intento explícito de modular la agenda política de la emisora.
La frase no pasó desapercibida porque llegaba precisamente en una semana especialmente delicada para Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso. Mientras el Tribunal Supremo recibía declaraciones clave sobre el pacto con Fiscalía por el fraude fiscal confesado y se conocían nuevos reveses judiciales para el empresario, desde parte de la dirección se reclamaba rebajar la intensidad de la cobertura.
En la redacción, varios profesionales entendieron aquella orden como una línea roja. No solo por el contenido político, sino porque simbolizaba algo más profundo: la sensación de que el criterio periodístico empezaba a quedar subordinado a intereses empresariales y estratégicos. La transformación, sin embargo, venía gestándose desde semanas atrás.
La llegada de Pilar Gil como consejera delegada de PRISA Media marcó un punto de inflexión. Después llegaron los relevos en la SER con la salida de Ignacio Soto y el aterrizaje de Jaume Serra. Más tarde, Fran Llorente asumió el control de contenidos. Paralelamente, figuras históricas del grupo fueron perdiendo peso o directamente abandonando la estructura.
En apenas un mes, PRISA pasó de ser un grupo donde convivían diferentes sensibilidades internas a convertirse en una estructura mucho más centralizada alrededor del núcleo de confianza de Oughourlian.
La sensación de inquietud fue creciendo en paralelo a los cambios. Sobre todo porque muchos trabajadores empezaron a percibir un desplazamiento ideológico en la línea editorial de la emisora. Un giro menos incómodo para determinados poderes políticos y económicos y más orientado hacia una supuesta “centralidad” que internamente muchos traducen directamente como derechización.
Ese malestar terminó explotando definitivamente tras la visita de Borja Sémper a Hora 25. La presencia del portavoz del PP no solo movilizó a buena parte de la cúpula directiva de la SER, sino que dejó escenas que generaron una enorme incomodidad entre trabajadores de la cadena. Según ha podido saber ElPlural.com, fue especialmente llamativo el despliegue de la cúpula de la emisora para recibir a un “simple portavoz” orgánico, que fue agasajado por los principales responsables editoriales y empresariales del grupo: el director de Informativos, Guillermo Rodríguez; el director de Contenidos, Fran Llorente; el director general, Jaume Serra; y la CEO del Grupo Prisa, Pilar Gil.
No obstante, el malestar se incrementó cuando algunos de los presentes escucharon el contenido de la conversación entre la cúpula de la empresa y el portavoz orgánico. Estas fuentes consultadas apuntan a que Llorente se dirigió al político vitoriano en un tono casi imperativo para que “presentaran de una vez” la moción de censura contra el Gobierno de Pedro Sánchez.
La frase cayó como una bomba entre parte de la plantilla. No tanto por el debate político en sí, sino porque muchos periodistas entendieron que la dirección estaba cruzando una frontera extremadamente delicada: pasar del análisis político a la presión explícita sobre la estrategia parlamentaria de un partido.
En la SER, donde históricamente se ha reivindicado una separación clara entre opinión, información y dirección empresarial, aquel episodio fue interpretado por algunos trabajadores como la confirmación de que la emisora atraviesa un cambio profundo de identidad.
Y en medio de todo aparece el nombre de Àngels Barceló. Su salida ha sido leída dentro y fuera de la cadena como el símbolo definitivo del nuevo tiempo que atraviesa PRISA. Según ha podido saber este medio, la comunicadora habría recibido presiones para asumir una línea editorial más conservadora y menos confrontativa con determinados sectores de poder político y económico. La periodista, siempre identificada con una radio progresista y muy vinculada al periodismo de denuncia, habría optado por no aceptar ese giro y abandonar la cadena.
Su marcha deja un vacío enorme en la SER, pero también una lectura política inevitable. Porque Barceló no era únicamente la emblemática conductora de Hoy por Hoy, donde logró hacerse con el título de la 'reina de las mañanas' radiofónicas. Barceloó representaba una manera concreta de entender la radio: crítica, incómoda para el poder y profundamente reconocible para una audiencia progresista que ahora observa con desconcierto los movimientos internos de PRISA.
Dentro de la emisora muchos trabajadores ya hablan abiertamente de “cambio de ideario”. Otros prefieren utilizar términos más prudentes como “reorientación editorial”. Pero la sensación compartida es que la SER que emerge tras la revolución de Oughourlian empieza a parecerse muy poco a la que durante décadas convirtió la independencia periodística en una de sus principales señas de identidad.
Y eso, en una redacción acostumbrada a presumir de libertad, ha abierto una fractura mucho más profunda que un simple cambio de directivos.
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