España llega a la temporada de incendios forestales de este año sin haber aprendido las lecciones del anterior. Los meses de julio y agosto de 2025 dejaron una de las peores oleadas de incendios de la historia en la península, centenares de miles de hectáreas arrasadas, casi una decena de fallecidos y una evidencia: el cambio climático empeora, año tras año, un problema que las Administraciones siguen combatiendo con la lógica de hace tres décadas

Las Comunidades Autónomas siguen sin entender la frase tópica que se escucha cada año, aquello de que “los incendios se apagan en invierno”. Esto queda claro cada verano en el que las olas de calor rompen récords, y las llamas superan a los medios, la maquinaria obsoleta y el abandono rural. Los incendios del siglo XXI son cada vez más rápidos, imprevisibles y difíciles de controlar; y los medios para combatirlos siguen siendo los mismos que en el siglo XX. 

2025 fue el mejor ejemplo de esta ‘nueva’ realidad. El resultado de décadas de retrasos fue una campaña devastadora, en la que entre julio y agosto ardieron más de 400.000 hectáreas, especialmente en Castilla y León, Galicia y Extremadura. En estas comunidades, un año después de que nueve personas perdieran la vida y decenas resultaran heridas luchando contra el fuego, y de que miles de familias lo perdieran todo; siguen igual de cara a una nueva temporada. 

De momento, a fecha de redacción de este artículo, la superficie quemada en España es similar a la del año anterior, según los datos oficiales. Al igual que hace un año, ya hay grandes focos que obligan a evacuar o confinar a decenas de personas, como el de la localidad oscense de Tamarite, el más extenso hasta la fecha; o el del parque natural de Despeñaperros en Jaén

Menos prevención en el bosque, los mismos medios de extinción 

Los datos de inversión dibujan una tendencia clara. El total destinado a prevenir incendios en España, con tareas como el acondicionamiento y la limpieza de los bosques, se ha reducido un 51% entre 2009 y 2022, según datos de la Asociación Nacional de Empresas Forestales (ASEMFO) que recoge el Ministerio de Transición Ecológica. En términos absolutos, se ha pasado de 364,17 millones de euros a 175,8 millones

No se trata solo de una reducción presupuestaria. El peso de la prevención dentro del conjunto de la Administración contra incendios también ha caído de forma significativa: del 47% al 30% del total del gasto del país. En paralelo, el presupuesto dedicado a extinción se ha mantenido prácticamente estable durante el mismo periodo, incluso en años con grandes variaciones en la superficie quemada. En 2022 —uno de los años con más hectáreas calcinadas del siglo— el gasto en extinción fue de 417,01 millones de euros, una cifra similar a la de 2009, cuando la superficie arrasada fue notablemente inferior. 

En resumen, que se invierte menos en evitar que el fuego empiece o se propague, pero se mantiene el mismo esfuerzo en apagarlo cuando ya es tarde. Y esa lógica, advierten los expertos, es cada vez menos eficiente con el cambio climático siendo cada vez más extremo. “Centrarse solamente en los servicios de extinción resulta insuficiente, ya que estos representan el último eslabón de la cadena en la lucha contra el fuego”, apuntó Manuel Marey, catedrático y experto en incendios, a la Cadena SER

El desfase está en la raíz del sistema y las competencias de cada Administración. Las comunidades autónomas son responsables de la prevención y extinción en sus territorios, mientras que el Estado actúa como apoyo con medios aéreos, brigadas o unidades especializadas. La batalla política entre las competencias, que agudiza que las autonomías sean mayoritariamente del PP y el Gobierno central del PSOE, hace que el problema se aborde desde el reproche, y no desde la acción real, sobre el terreno. “Si no hacemos una renovación planificada del paisaje, se hará de forma catastrófica”, dijo en agosto Marc Castellnou, jefe del GRAF de los bomberos de Cataluña, a El País

Incendios de sexta generación: cuando el fuego deja de obedecer 

Mientras la inversión para prevenirlos ha decrecido, y los medios para extinguirlos siguen siendo los mismos, la forma de arder de los bosques ha cambiado radicalmente en las últimas tres décadas. La combinación de olas de calor más intensas y sequías prolongadas, hacen que se acumule el llamado ‘combustible forestal’, que son la vegetación seca y el follaje que arde con facilidad. A esto se suma que cada vez son menos frecuentes los usos tradicionales del monte, como el pastoreo, que hacían que la tierra fuera menos propensa a arder, por ejemplo, por el paso de los animales. 

Todo ello da lugar a incendios cada vez más extremos, para los que los expertos ya no tienen términos suficientes. En este contexto emergen los llamados incendios de sexta generaciónmegaincendios, descritos en distintos trabajos científicos y recopilaciones como las recogidas por Science Media Centre España. Estos fuegos se caracterizan por una intensidad y velocidad de propagación tales que pueden alterar la propia dinámica atmosférica, generando vientos y comportamientos erráticos difíciles de predecir.  

No existe una definición única, pero muchos estudios los sitúan a partir de las 10.000 hectáreas quemadas y, lo más crítico, con capacidad para superar con facilidad los sistemas tradicionales de extinción. En estos escenarios, el fuego deja de ser un fenómeno lineal para convertirse en algo impredecible, un sistema complejo, con múltiples focos que se van desbordando, proyecciones de pavesas a larga distancia y dinámicas que superan los modelos de predicción habituales.

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