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El Regate

La NBA en la que aterrizó Fernando Martín no sabía qué hacer con los europeos

Cuarenta años después de su debut en Portland, su breve aventura retrata las barreras que separaban al talento europeo del baloncesto estadounidense

Fernando Martín celebra junto a Drazen Petrovic y Fernando Romay la Recopa de Europa de 1989. Real Madrid   Archivo.

Fernando Martín celebra junto a Drazen Petrovic y Fernando Romay la Recopa de Europa de 1989. Real Madrid Archivo.

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El 31 de octubre de 1986, Fernando Martín hizo historia. Se convirtió en el primer español en disputar un partido de la NBA. Saltó a la cancha con la camiseta de los Portland Trail Blazers, frente a los Seattle Supersonics y, aunque su presencia fue prácticamente testimonial, fue el comienzo de una nueva aventura que el baloncesto español retomaría varias décadas después. El pívot madrileño abandonó la liga tras una primera temporada en la que disputó 24 partidos y anotó 22 puntos; cifras lejanas a las que había firmado en Europa, pero que adquirieron otra dimensión con el paso del tiempo. Martín aterrizó a una competición que trataba de sobrevivir tras años rozando la decadencia y que todavía no sabía cómo tratar a los jugadores que llegaban desde el otro lado del charco.

La NBA de mediados de los ochenta poco o nada tiene que ver con la liga que hoy día siguen decenas de millones de personas a lo largo de todo el planeta. La competición estaba en un proceso de regeneración completa de la mano de Magic Johnson y Larry Bird. El mítico base de Los Ángeles Lakers y el ala-pívot de los Boston Celtics habían convertido su rivalidad desde tiempos universitarios en uno de los grandes activos del baloncesto estadounidense. Un caldo de cultivo en el que Michael Jordan comenzaba a forjar su leyenda y que permitió a la liga traspasar fronteras. Aquella expansión, sin embargo, no se traducía necesariamente en una orgía de oportunidades para el jugador europeo. Buena parte de los extranjeros que se hacían con un hueco en la Galaxia pasaron antes por universidades estadounidenses, lo que facilitó su adaptación al baloncesto yankee.

Fernando Martín llegaba por otro camino. Se formó íntegramente en España, ganando títulos con el Real Madrid y conquistando la plata olímpica en Los Ángeles 1984 con una generación que acabó inspirando a los Júniors de Oro. Su prestigio procedía de las competiciones europeas, donde era uno de los interiores de más repercusiones. En Estados Unidos, en cambio, el madrileño llegaba con su hoja de servicios en blanco. Lo conseguido en el Viejo Continente no valía para nada y debía de ganarse un puesto en una plantilla que apenas tenía referencias de su trayectoria, además de adaptarse a una manera de jugar al baloncesto totalmente distinta.

El búlgaro Georgi Glouchkov abrió el camino a los europeos un año antes con los Phoenix Suns. Fue uno de los primeros jugadores formados en Europa que llegó directamente a la NBA, aunque su experiencia también fue breve, como la de Fernando. La presencia de Martín seguía siendo excepcional en una liga que llevaba décadas contando con jugadores nacidos fuera de Estados Unidos, pero que apenas había dado oportunidades a quienes desarrollaron su carrera profesional en Europa.

El Everest de Fernando Martín

El pívot fue elegido por los New Jersey Nets en el puesto 38 del draft de 1985. Participó en las actividades de preparación con la franquicia, pero optó por darse un año más en el Real Madrid. Su oportunidad llegaría un año después, cuando firmó un contrato con los Portland Trail Blazers en 1986, con una temporada garantizada y una segunda opcional. De hecho, fue en parte un sacrificio económico para el madrileño, pues las condiciones que le ofrecían en Chamartín superaban con creces las de la franquicia de Oregon.

Pero Martín quería probarse fuera de su zona de confort, frente a los mejores jugadores del mundo, aunque renunciara al foco que se ganó por derecho propio en España y en Europa. La decisión entrañaba dificultades más allá del parqué: el idioma, la adaptación a un entorno desconocido, la distancia con respecto a su familia y sus compañeros… En aquella NBA, las franquicias no disponían de todos los mecanismos de acompañamiento internacional que se implementarían en las décadas sucesivas.

En Portland, además, se topó con una exigencia deportiva diferente. Su entrenador, Mike Schuler, tenía una plantilla en la que el español debía competir por unos minutos que nunca llegó a tener garantizados. Su aportación – y sus esperanzas de continuar – pasaba fundamentalmente por la defensa, el rebote y el trabajo interior. Baloncesto de barro, el que no sale en las estadísticas y no genera titulares. O lo que es lo mismo, responsabilidades diametralmente opuestas a las que desempeñaba en la cancha del Raimundo Saporta.

Dos días antes de su debut en la liga de las estrellas, una crónica de El País recopilaba las dificultades del pívot madrileño para entender a unos compañeros que hablaban demasiado rápido. También describía su transformación sobre la pista. De ser un jugador que constantemente reclamaba la pelota, pasó a concentrarse exclusivamente en la defensa, a soltarla rápido y pelear el rebote. Una adaptación deportiva, pero también una forma de aceptar que ese estatus de estrella no se lo llevó en la maleta a los Estados Unidos.  

Su estreno contra Seattle llegó después de que Portland confirmara su presencia entre los doce integrantes de la plantilla. Un debut con derrota y en el que apenas tuvo oportunidad para intervenir. Tres periodistas españoles acompañaron a su compatriota para presenciar un acontecimiento histórico. Manolo Lama, Sixto Miguel Serrano y Fernando Laura fueron testigos in situ de lo que hasta aquel momento era un sueño inalcanzable que, con el tiempo, se convirtió en un acto rutinario.

Los meses posteriores tampoco ofrecieron a Martín demasiadas oportunidades. Disputó 24 encuentros de temporada regular, con una media de 6,1 minutos por partido y 0,9 puntos. No fue titular en ninguno, con una participación condicionada por su lugar en la rotación y diversos problemas físicos que lastraron su continuidad. Su mejor actuación llegaría el 2 de diciembre, cuando firmó seis puntos y siete rebotes contra Los Angeles Clippers, en una de las pocas ocasiones en las que pudo exhibir su genuino carácter competitivo. Ese gen, sin embargo, no bastó para alterar el orden del roster y el madrileño cogió el camino de vuelta al Raimundo Saporta una temporada después.

Lo normal sería interpretar aquella aventura como un fracaso si sólo se escruta la tarjeta de estadísticas. No sería riguroso afirmarlo, como tampoco lo sería aventurar que hubiera triunfado con otra franquicia u otro técnico. Martín no consiguió consolidarse en Portland entre las escasas oportunidades que se le concedió, sus problemas físicos y las dificultades para adaptar su juego al ritmo de la NBA. Pero para entender aquella experiencia, también hay que analizar cómo funcionaba entonces la liga que el madrileño se encontró.

Frontera cerrada al foráneo

La NBA de 1986 no estaba completamente vedada para los jugadores europeos. No, al menos, desde el punto de vista del reglamento, pero sí existían barreras deportivas, culturales y administrativas que ponían palos en sus ruedas. El sistema de selección estaba orientado fundamentalmente al baloncesto universitario de Estados Unidos y las franquicias no tenían una amplia red de scouting fuera de sus fronteras. Es decir, era mayor el volumen de información sobre un jugador de la NCAA que de una estrella del Viejo Continente, por mucha repercusión que pudiera tener en Europa.

Impedimento que se sumaba a algunas restricciones internacionales, habida cuenta de que, durante aquellos años, los profesionales de la NBA no podían participar en las competiciones organizadas por la FIBA bajo las mismas condiciones que los jugadores de las ligas europeas o del resto del mundo. Dar el salto a los States podría significar renunciar a defender los colores de una selección nacional, una consecuencia especialmente importante para quienes habían construido buena parte de su prestigio en estos torneos. Un caso de sobra conocido es el del brasileño Óscar Schmidt, fallecido hace escasos meses.

Fernando Martín fue uno de los protagonistas de la plata olímpica española en Los Ángeles 84. Defender a España ocupaba una parte importante de su carrera, así como de su reconocimiento público. Su decisión de marcharse a la NBA implicaba, por tanto, asumir incertidumbres que no se reducían al contrato ni tampoco a su posición en la rotación. Una situación que no tardaría en cambiar.

En abril de 1989, la FIBA aprobó la participación de los profesionales de la NBA en sus competiciones oficiales, incluidos los Juegos Olímpicos. Aquella decisión abrió el camino al equipo estadounidense que competiría en Barcelona 1992 y eliminó una de las principales barreras entre ambos modelos. Ese mismo año, llegaron a la liga jugadores como Drazen Petrovic, Vlade Divac y Sarunas Marciulionis. Procedían de escuelas europeas y desarrollaron buena parte de su carrera fuera del sistema universitario norteamericano. Su incorporación coincidió con un creciente interés de las franquicias en la búsqueda de talentos en mercados ajenos al yankee.

Ese aperturismo, no obstante, tampoco simplificó las cosas para los jugadores europeos. Petrovic, uno de los mejores jugadores de su generación, que llegó precisamente a Portland, pasó una primera etapa de escaso protagonismo antes de convertirse en estrella de los New Jersey Nets. Divac, por su parte, tuvo más suerte entre el californiano glamour de los Lakers, mientras que Marciulionis consiguió hacerse un hueco en la bahía de San Francisco con los Golden State Warriors. Trayectorias diferentes que, sin embargo, contribuyeron a cambiar la percepción norteamericana sobre el jugador formado en Europa.

Una transformación que no fue inmediata. La evolución de las normativas internacionales, los cambios políticos en la Europa del Este y la mayor atención de las franquicias a otros campeonatos fueron moldeando el escenario que ahora vive la NBA. Durante los años siguientes, cruzaron el Atlántico nuevas generaciones de jugadores y, con ellas, una visión distinta del talento forjado fuera de Estados Unidos.

Fernando Martín no pudo presenciar el comienzo del cambio, pues falleció el 3 de diciembre de 1989, con 27 años, en un accidente de tráfico en Madrid. Cuatro décadas después de su debut, su temporada en Portland contextualiza una época en la que el prestigio en Europa no cristalizaba en oportunidades allende los mares. Aterrizó en la época equivocada, entre el idiosincrático recelo yankee al deportista extranjero.

Etiquetas Baloncesto

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