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Dos minutos y dos segundos. Un rebote. Casillero de puntos, virgen. El 31 de octubre de 1986, Fernando Martín se convertía en el primer español en disputar un partido oficial de la NBA. Saltó al Memorial Coliseum de Portland en los llamados minutos de la basura de un encuentro en el que los Trail Blazers perdían ante los Seattle SuperSonics. El madrileño sustituyó a Kiki Wandeweghe, participó en un par de acciones y regresó al banquillo sin apenas intentar un lanzamiento. Perdieron 110-127. Para los 12.666 espectadores que presenciaron el partido, fue una derrota más. Para el baloncesto español, el primer cimiento de un lustroso edificio.
Cuatro décadas después, sus estadísticas apenas ofrecen motivos para detenerse en aquel encuentro. Martín no anotó. Su aportación fue testimonial, pues tampoco lograría hacerse un hueco en la rotación durante los meses posteriores. Su aventura en la Galaxia NBA terminó tras una sola temporada, con un regreso al Real Madrid y unos números más que modestos. Su debut marcaría, sin embargo, la llegada del primer jugador formado en España a una competición que apenas dejaba brillar todavía al talento europeo.
Martín cruzó el Atlántico siendo una estrella del Real Madrid, con un palmarés repleto de títulos nacionales y continentales e incluso figuraba en él una final olímpica contra Estados Unidos en Los Ángeles. En Portland aterrizó en la realidad de una liga todavía reticente al foráneo. Su trayectoria en el hogar de los mortales no le garantizaba minutos y su papel se limitaba, fundamentalmente, a la labor más oscura del juego. El jugador que deslumbraba en España y en Europa al dominar cerca del aro quedaba atrapado en la sombra del banquillo de una franquicia yankee.
La crónica de EFE publicada por El País el 2 de noviembre de 1986 recogió su estreno sin grandes celebraciones. Apenas unas líneas para señalar que había disputado los últimos minutos, dado un pase y capturado un rebote. El protagonista del encuentro fue Dale Ellis, decisivo para la victoria de Seattle. En Estados Unidos, Fernando Martín todavía era un desconocido que intentaba encontrar su sitio.
De estrella del Madrid a último hombre
Los cantos de sirena de la NBA llevaban tiempo embelesando al pívot madrileño. En 1985 fue seleccionado por los New Jersey Nets en el puesto 38 del draft, aunque aquella elección no se tradujo en un contrato. Un año después, tras nuevas pruebas, encontró un resquicio en los Portland Trail Blazers, que formalizaron su incorporación en mayo de 1986.
Con 24 años y un estatus de estrella en Europa, Fernando Martín formaba parte de una generación que había elevado las expectativas del baloncesto nacional, pero la NBA seguía siendo un coto de caza privado para el jugador promedio español. El madrileño estaba dispuesto a asumir el sacrificio económico. En agosto de 1986, durante una visita a su ciudad, explicaba a El País que su nuevo contrato era sensiblemente inferior a la oferta que el Real Madrid le puso sobre la mesa. Aproximadamente la mitad, para ser precisos. Pero el dinero no era su prioridad. El sueño de la NBA estaba a tiro y quería comprobar hasta dónde podía llegar.
La adaptación comenzó antes de su debut oficial. En las pruebas con Portland modificó parte de su juego para responder a las exigencias que le demandaba el entrenador Mike Schuler, cuya idiosincrasia de juego se cimentaba sobre la defensa. Así, trabajó su condición física, la movilidad y su capacidad para defender a interiores diametralmente opuestos a los que acostumbraba en el Viejo Continente. Una transformación lo suficientemente profunda para que Martín reconociera que un aficionado español pudiera tener dificultades para identificarlo por su forma de jugar.
Dos días antes del debut, el periodista Clemson Smith describió en El País las dificultades del proceso que atravesó Martín. Había pasado de ser una referencia ofensiva a centralizar su juego en las labores más oscuras. De hecho, el propio jugador resumió su nueva función con una frase elocuente: “No quiero ser un estorbo”.
Los Blazers habían metido un tijeretazo de su roster a doce jugadores y el español figuraba entre los últimos hombres de la rotación. Compartió vestuario con una leyenda de la talla de Clyde Drexler, además de otros perfiles habituados a las exigencias de una competición que a Martín todavía le sorprendían. Schuler había elogiado su trabajo durante la pretemporada, pero conseguir un contrato era sólo el primer paso. El reto con mayúsculas era encontrar minutos de calidad.
Una NBA reticente a Europa
La adaptación también tuvo una dimensión personal. Martín había explicado que le preocupaba la soledad de los jugadores profesionales estadounidenses. Los viajes constantes, las habitaciones individuales y unas rutinas de equipo diferentes a las que conocía en Madrid dibujaban un escenario nuevo.
El idioma añadía otra dificultad. Según una información publicada por El País el 29 de octubre de 1986, algunos compañeros hablaban tan deprisa que Martín no conseguía comprenderlos. Las conversaciones en el vestuario y las instrucciones durante los entrenamientos formaban parte de un aprendizaje que iba mucho más allá del baloncesto.
La NBA de mediados de los ochenta era una competición en la que la presencia de jugadores europeos seguía siendo excepcional. El búlgaro Georgi Glouchkov había debutado en 1985 con Phoenix Suns y Martín llegó un año después como primer representante español. A diferencia de lo que ocurriría décadas más tarde, las franquicias estadounidenses todavía no habían desarrollado una apuesta generalizada por el talento internacional. Los jugadores llegados de Europa debían adaptarse a unas exigencias deportivas y culturales considerablemente distintas.
Martín tampoco encontró un equipo dispuesto a construir su juego alrededor de él. Portland necesitaba resultados inmediatos y el madrileño debía competir por cada oportunidad con profesionales que conocían mejor la liga. Con sus 2,06 metros, había desarrollado buena parte de su carrera como interior, apoyándose en su fortaleza física y sus movimientos cerca de la canasta. En Estados Unidos necesitaba defender a rivales más rápidos o más altos, disputar cada rebote y contribuir sin disponer del balón con la frecuencia a la que estaba acostumbrado.
Antes de su estreno, el jugador explicó a El País que recuperar un rebote en la NBA exigía un esfuerzo muy superior al que conocía en España. La diferencia reflejaba la intensidad que estaba encontrando en una competición donde incluso las tareas más habituales requerían una adaptación. El 31 de octubre de 1986 tuvo su primera oportunidad en un encuentro de temporada regular. Había disputado partidos de pretemporada, pero aquellos dos minutos ante Seattle fueron su estreno oficial en la liga.
Una temporada lejos del protagonismo
Las semanas siguientes apenas modificaron su situación. Portland atravesó dificultades deportivas y Schuler concentró buena parte de los minutos en sus jugadores principales. Martín continuó ocupando un lugar secundario. El 14 de noviembre de 1986, El País reflejaba que había acumulado 16 minutos en cuatro de los siete primeros encuentros. También recogía sus primeras canastas y las palabras del entrenador sobre la falta de oportunidades.
Schuler le había transmitido que dispondría de más tiempo en pista, aunque las circunstancias del equipo condicionaban su participación. Martín siguió trabajando para hacerse un hueco en una rotación que apenas le ofrecía continuidad. Su temporada también estuvo condicionada por problemas físicos. Según los registros históricos de Portland, disputó 24 partidos oficiales, con 146 minutos, 22 puntos y 28 rebotes durante el curso 1986-87.
Su promedio fue inferior a un punto por partido y apenas superó los seis minutos de participación en los encuentros que llegó a disputar. Las cifras quedaron lejos de lo que había ofrecido en España. Martín no consiguió consolidarse en la NBA. Su talento y su experiencia europea no bastaron para encontrar un papel estable en los Trail Blazers. Aquella temporada confirmó las dificultades deportivas que tenía por delante, pero también dejó una experiencia inédita para un jugador español. A mediados de los ochenta, ninguna franquicia había contado todavía con un español en un partido oficial. Martín consiguió disputar una temporada en una competición a la que llevaba tiempo intentando acceder y en la que la presencia europea aún era minoritaria.
El camino que llegó después
Fernando Martín regresó al Real Madrid en 1987. Recuperó su protagonismo en el baloncesto español y volvió a competir al máximo nivel europeo. Su etapa estadounidense quedó como un episodio breve dentro de una trayectoria mucho más amplia, aunque con el paso de los años adquiriría una dimensión histórica. La NBA comenzó a cambiar su relación con el talento internacional. Las franquicias ampliaron sus redes de captación y los jugadores europeos encontraron oportunidades que habían sido mucho menos frecuentes durante la década anterior.
La llegada de Pau Gasol en 2001 representa bien esa transformación. El catalán debutó con Memphis Grizzlies y terminó convirtiéndose en una de las grandes estrellas internacionales de la competición. Para entonces, las condiciones de acceso a la liga y la consideración del baloncesto europeo habían evolucionado considerablemente.
La expansión internacional de la NBA respondió a numerosos factores deportivos y comerciales. Su importancia reside en haber sido el primer español que consiguió disputar un partido oficial, antes de que la presencia de jugadores de nuestro país se convirtiera en algo habitual. Su recuerdo también permaneció en Portland. En 2009, Rudy Fernández utilizó una camiseta con el número 10 durante el concurso de mates de la NBA como homenaje al antiguo jugador madridista. Los Trail Blazers recordaron aquel gesto en una publicación dedicada a Martín.
El número 10 permanece retirado en el Real Madrid, donde su figura continúa formando parte de la historia del club. La trayectoria de Fernando Martín terminó de manera trágica. El 3 de diciembre de 1989 falleció en un accidente de tráfico, con 27 años, cuando todavía era una de las grandes referencias del baloncesto español. Su muerte interrumpió una carrera que había incluido títulos nacionales y europeos, una plata olímpica y una experiencia inédita en Estados Unidos. El recuerdo de su paso por Portland quedó unido a la figura de un jugador que había decidido abandonar una posición privilegiada en Europa para competir en un escenario mucho menos favorable.
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