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El Partido Popular y Vox empiezan a asumir que, más allá de las diferencias, los reproches y las desconfianzas acumuladas durante los últimos años, sus caminos están condenados a encontrarse. La aritmética parlamentaria, la evolución de las encuestas y la perspectiva de un cambio de ciclo político dibujan un escenario en el que Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal difícilmente podrán gobernar por separado si quieren desalojar al PSOE del poder. Todos los ojos están puestos en que tendrán que entenderse, y en qué condiciones estarán dispuestos a hacerlo. Antes incluso de que los españoles acudan a las urnas, ambos dirigentes parecen tener motivos suficientes para empezar a ensayar ese entendimiento.
En las direcciones de PP y Vox son conscientes de que una campaña electoral marcada por los ataques cruzados, los vetos y las descalificaciones mutuas podría ponerle las cosas muy fáciles al PSOE. La experiencia de los últimos procesos electorales ha dejado una enseñanza difícil de ignorar: la fragmentación del espacio situado a la derecha del PSOE y especialmente la incapacidad de sus principales actores para coordinarse pueden frustrar una victoria que, sobre el papel, estaría al alcance de ambos. De ahí que empiece a cobrar fuerza la necesidad de establecer una suerte de pacto de no agresión que permita a cada partido defender su espacio sin convertir al otro en su principal adversario.
No se trata necesariamente de un acuerdo formal, sino más bien, de una tregua táctica, un entendimiento implícito para evitar que las diferencias entre ambas formaciones acaben teniendo un coste electoral mayor. El PP necesita proyectar una imagen de partido con capacidad para gobernar, atraer al votante moderado y ofrecer estabilidad institucional. Vox, por su parte, no está dispuesto ni a renunciar a su identidad radical ni a aparecer como una fuerza subordinada a los populares. Los dos tienen intereses propios, pero también comparten un objetivo prioritario: que la suma de sus electorados permita construir una alternativa de Gobierno a Pedro Sánchez.
Encaje de bolillos
La principal dificultad reside, no obstante, en cómo compatibilizar esas dos estrategias. Feijóo quiere presentarse como la opción de Gobierno para una mayoría amplia, capaz de incorporar a votantes desencantados con el PSOE y de transmitir una imagen de moderación y solvencia cuya credibilidad cuesta más mantener. Para conseguirlo, necesita evitar que la campaña quede atrapada en las posiciones más controvertidas de Vox. Abascal, en cambio, tiene incentivos para mantener la presión sobre el PP, recordarle que sin sus votos no habrá cambio político y demostrar a sus seguidores que su formación no está dispuesta a convertirse en un mero socio instrumental de los populares.
Sin embargo, ambos saben que hay líneas que conviene no cruzar. La negociación poselectoral será inevitablemente complicada. Previsiblemente el PP no tendría una mayoría suficiente para gobernar en solitario, y cuanto más enconada sea la confrontación durante la campaña, más difícil resultará justificar después ante sus respectivos votantes una alianza que, llegado el momento, tendrán que presentar como una decisión de responsabilidad.
El precedente de los gobiernos autonómicos y municipales constituye una referencia ineludible. PP y Vox ya han demostrado que, pese a sus diferencias, pueden alcanzar acuerdos para gobernar juntos. También han comprobado que esas coaliciones tienen un coste político y que han terminado rompiendo en más de una ocasión. La ruptura de algunos acuerdos y las dificultades experimentadas en otros territorios han evidenciado que la convivencia entre estas dos formaciones, pese a compartir cada día más similitudes, no es fácil.
La experiencia acumulada puede servir ahora para anticipar los problemas y evitar que se reproduzcan a escala nacional. Feijóo tendrá que decidir hasta dónde está dispuesto a llegar para garantizarse los apoyos de Vox, mientras que Abascal deberá calibrar qué le resulta más rentable: mantener una posición de máxima exigencia o facilitar un Gobierno del PP a cambio de compromisos políticos y una participación efectiva en las decisiones.
Es ahí cuando entra en juego el pacto de no agresión entre ambos partidos: tendría también una dimensión estratégica. Se trataría de reservar los ataques más duros para el PSOE y el Gobierno, evitando que las discrepancias entre PP y Vox ocupen el centro de la conversación política. La inmigración, las políticas medioambientales, la organización territorial, la memoria democrática o determinadas cuestiones sociales seguirán siendo terrenos de fricción y de los que valerse discursivamente.
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El PP, además, tiene un interés añadido en que Vox no crezca a costa de una campaña de confrontación que termine debilitando sus propias expectativas. Los populares aspiran a concentrar el voto del espacio del centro-derecha y a convencer a una parte del electorado socialista desencantado, pugnando cada vez menos por los votantes más cercanos a la extrema derecha, cuya papeleta es la de Vox. Para ello necesitan que la elección se plantee como una disyuntiva entre continuidad y cambio, y no como un referéndum sobre la influencia de Abascal en un eventual Ejecutivo. Vox, por el contrario, quiere evitar que Feijóo pueda presentarse como una alternativa autosuficiente y necesita conservar suficiente fuerza parlamentaria para condicionar las políticas de la próxima legislatura.
¿Se mantendrá la prudencia?
La incógnita más clara que aflora ante esta situación es si ambos partidos serán capaces de mantener esa prudencia cuando la campaña electoral entre en su fase decisiva y las presiones internas aumenten. En política, los pactos tácitos son especialmente frágiles porque dependen de la voluntad de las partes y de que ninguna considere que obtiene más beneficios rompiéndolos. Un movimiento de Vox para endurecer su discurso o una reacción del PP ante una polémica pueden alterar rápidamente el clima de entendimiento.
Pero la perspectiva de una negociación inevitable actúa como un poderoso incentivo. Si las urnas confirman que la derecha necesita sumar para gobernar, Feijóo y Abascal tendrán que sentarse a hablar, probablemente con menos margen de maniobra del que desearían. Por eso, el acercamiento no tiene por qué esperar a la noche electoral. Puede empezar mucho antes, con gestos, silencios calculados y una reducción de la hostilidad pública medida desde los despachos y los gabinetes. En definitiva, 'populares' y ultraderechistas parecen abocados a una paradoja: necesitan competir para maximizar sus respectivos resultados, pero también deben evitar que esa competencia termine impidiéndoles gobernar juntos.




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