La FIFA sabe perfectamente cómo elegir a su presidente. Lo hace mediante un Congreso, cada federación dispone de un voto y los candidatos deben superar las reglas electorales establecidas por el organismo. Lo que resulta mucho menos claro es cómo echar a quien ya ocupa el cargo.
Esa pregunta, durante décadas casi académica, se ha convertido ahora en un problema político real para Gianni Infantino. UEFA, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC) y Concacaf están explorando la posibilidad de articular un voto de censura contra el presidente. Sería un movimiento sin precedentes: en más de un siglo de historia de FIFA nunca se ha celebrado una votación formal de no confianza para destituir a un presidente en ejercicio.
La crisis tiene su origen inmediato en el fallido proyecto de Infantino para crear una nueva estructura comercial vinculada a los derechos del Mundial y abrirla a inversión privada. La propuesta provocó críticas por la falta de consulta y transparencia, obligó a FIFA a pedir disculpas a sus federaciones y terminó ampliando una fractura que ya alcanza a dirigentes de varias confederaciones.
Pero una cosa es querer apartar a un presidente y otra saber exactamente cómo hacerlo.
El primer obstáculo: conseguir una quinta parte del fútbol mundial
El primer paso sí aparece con suficiente claridad en las normas. Los estatutos de FIFA permiten convocar un Congreso extraordinario si lo solicita por escrito al menos una quinta parte de las federaciones miembro.
FIFA cuenta actualmente con 211 asociaciones, por lo que serían necesarias 43 firmas. La petición debe concretar los asuntos que se quieren incluir en el orden del día y, una vez presentada correctamente, el Congreso extraordinario tendría que celebrarse en un plazo máximo de tres meses. Los miembros deben conocer previamente la fecha, el lugar y la agenda, que después no puede modificarse.
Ese umbral no parece imposible para los críticos de Infantino. Solo UEFA dispone de más de 50 asociaciones; la AFC también supera ampliamente las 43. Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre una confederación y sus miembros: el presidente de UEFA o de la AFC no puede entregar automáticamente los votos de todas sus federaciones.
La tensión en Asia lo demuestra. Qatar ha criticado públicamente al presidente de la AFC, Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, por participar en una carta crítica con Infantino sin una consulta suficiente a sus miembros. El episodio deja claro que detrás de los grandes bloques hay posiciones nacionales distintas. Conseguir 43 federaciones permitiría, por tanto, forzar el escenario de la batalla. No garantizaría ganarla.
El problema empieza después de reunir las firmas
Aquí aparece la principal anomalía. Los estatutos regulan cómo convocar congresos, cómo votar, cómo elegir al presidente y qué ocurre si el cargo queda vacante. No regulan expresamente una “moción de censura” contra el presidente con un procedimiento cerrado comparable al de un parlamento.
Reuters explica que el organismo tendría que adentrarse en un territorio institucional nunca utilizado. La regla general de los congresos establece que, salvo que los estatutos indiquen otra mayoría, las decisiones se adoptan por mayoría simple de los votos válidos emitidos, es decir, más de la mitad.
Eso permite imaginar el mecanismo, pero no elimina la incertidumbre jurídica. Los adversarios de Infantino podrían incluir en la petición de Congreso extraordinario una propuesta explícita para retirar la confianza al presidente o poner fin a su mandato. A partir de ahí surgiría inevitablemente la discusión sobre si el Congreso tiene capacidad estatutaria suficiente para hacerlo mediante una decisión ordinaria o si sería necesario articular la salida a través de alguna otra disposición.
FIFA ha dado ya señales de que combatiría cualquier intento que considere ajeno a sus procedimientos. En un comunicado del 8 de agosto, el organismo afirmó que no “apoyará, facilitará ni tolerará” ningún proceso relativo a la presidencia que resulte incompatible con sus estatutos y aseguró que Infantino continúa ejerciendo un mandato otorgado democráticamente por las federaciones miembro.
La batalla, por tanto, podría producirse simultáneamente en dos campos: los votos y la interpretación de las reglas.
España vale lo mismo que Montserrat
Si finalmente se llegara a votar, la aritmética de FIFA sería tan sencilla como políticamente compleja. Cada miembro dispone de un voto no transferible. No importa que represente a una potencia mundial o a una pequeña asociación caribeña. No se permiten delegaciones de voto por carta ni mediante terceros: para participar, una federación debe estar representada en el Congreso.
Esa característica es fundamental para entender las dudas de quienes impulsan la ofensiva. África continúa siendo uno de los grandes apoyos de Infantino. La Confederación Africana de Fútbol (CAF), cuyas 54 asociaciones representan más de una cuarta parte de todo el electorado de FIFA, respaldó públicamente al presidente a comienzos de agosto. Conmebol también ha mantenido su apoyo.
Por eso una moción fallida podría ser contraproducente. Reuters señala que dentro del frente opositor existe preocupación por la posibilidad de someter a Infantino a una votación sin tener asegurada la mayoría. Si sobreviviera a un desafío abierto, podría presentarlo como una nueva legitimación apenas unos meses antes de las elecciones presidenciales previstas para marzo de 2027.
No basta, en otras palabras, con tener suficientes votos para abrir el Congreso. Hay que saber cuántos llegarían hasta el final.
Si cae Infantino, ¿quién manda al día siguiente?
Curiosamente, los estatutos son más claros respecto al día después. Si la presidencia queda vacante de forma definitiva, el vicepresidente con más años de servicio debe asumir provisionalmente el cargo hasta que el siguiente Congreso pueda elegir a un nuevo presidente. Según Reuters, actualmente esa posición correspondería precisamente a Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y uno de los dirigentes que han participado en el bloque crítico con Infantino.
Eso añadiría una capa política considerable al proceso. Sheikh Salman no se convertiría automáticamente en presidente electo ni tendría garantizado presentarse después, pero quedaría temporalmente al frente del organismo encargado de gestionar la transición.
También existe otra vía distinta: esperar a las elecciones de 2027. Infantino pretende concurrir de nuevo, aunque incluso esa candidatura es objeto de controversia. La organización FairSquare ha pedido que sea declarado inelegible porque considera que ya habría agotado el máximo de tres mandatos permitido por los estatutos. FIFA sostiene una interpretación diferente: que el periodo iniciado en 2016 para completar el mandato interrumpido de Sepp Blatter no debe computar a esos efectos.
Son dos batallas diferentes. Una intenta saber si puede ser apartado antes de que termine el actual mandato. La otra, si tiene derecho a presentarse al siguiente.
Blatter estuvo cerca, pero nadie cruzó la línea
La ausencia de un procedimiento probado tiene una explicación sencilla: nunca fue necesario llegar tan lejos.
Durante la larga presidencia de Sepp Blatter hubo rebeliones internas, acusaciones de mala gestión y movimientos para forzar su salida. Reuters recuerda especialmente los enfrentamientos de 2001 y 2002, cuando miembros del Comité Ejecutivo cuestionaron abiertamente su gestión y llegaron a plantearse fórmulas para apartarlo. Ninguna terminó en una votación formal de censura.
Blatter acabó anunciando su dimisión en 2015, pocos días después de haber sido reelegido y en plena crisis provocada por las investigaciones de corrupción que sacudieron FIFA. Tampoco entonces hubo una moción que permitiera crear jurisprudencia interna sobre cómo destituir a un presidente. Ese vacío es justamente lo que hace excepcional la situación actual.
FIFA dispone de reglamentos para determinar quién puede jugar un partido internacional, cómo se produce un traspaso, qué requisitos debe cumplir una federación y cómo se elige a quien dirige el organismo. Pero si 43 asociaciones deciden sentar al presidente ante un Congreso extraordinario para pedir su salida, el fútbol mundial tendrá que interpretar unas reglas que nunca fueron diseñadas pensando en ese momento.
La crisis de Infantino, por tanto, no plantea únicamente quién tiene suficientes apoyos para ganar una votación. Está obligando a FIFA a responder una pregunta mucho más incómoda sobre sus propios mecanismos de control: si un presidente pierde la confianza de quienes le eligieron antes de que termine su mandato, ¿existe realmente una forma clara de hacerle abandonar el cargo?
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