La derrota de Susana Díaz a manos de Pedro Sánchez en las primarias socialistas del 21 de mayo ha operado como una especie de acelerador de partículas en el singular microclima político andaluz, identificado desde la restauración democrática por la hegemonía casi incontestable del Partido Socialista.

Derrotas propias, alegrías ajenas

El resto de los partidos han visto en el batacazo de Díaz la oportunidad de acelerar la mejora de sus expectativas de aquí a las elecciones autonómicas, previstas para dentro de dos años: desde Ciudadanos hasta Izquierda Unida, todos piensan que, después del 21M, Susana Díaz ya no volverá a ser la que fue. Su aura de ganadora, tan imprudentemente publicitada por ella misma, ha quedado empalidecida por la dolorosa derrota que le han infligido los suyos: en política, las derrotas de los propios son las peores.

Volver a ser la que fue es el objetivo de la presidenta. El primer paso en esa dirección lo daba esta semana haciendo una crisis de gobierno de envergadura, aunque nada garantiza que un marchamo más social y la entrada de cinco caras nuevas le dén al Ejecutivo el impulso y la aceleración que la presidenta tiene en mente, pues no en vano su propia figura acapara los focos hasta tal punto que a los consejeros no les resulta fácil marcar perfil propio.

La mirada de los otros

Había una generalizada sensación agridulce en la toma de posesión del nuevo Gobierno, el pasado viernes en el palacio de San Telmo. No fue como otras tomas de posesión del pasado. Para muchos de los allí presentes no era fácil ver a la presidenta con los mismos ojos de admiración incondicional con que la veían antes del funesto 21D: las derrotas cuartean el carisma tanto como las victorias lo multiplican.

Una persona de relevancia en la nomenclatura institucional socialista se sinceraba en estos términos con EL PLURAL: “Ella ya ha tomado nota de lo ocurrido, porque es muy lista y tiene instinto, pero tiene que escuchar más y, sobre todo, debe encajar mejor las opiniones críticas de quienes tiene cerca; si alguien se lleva una bronca por decirle lo que piensa, la siguiente vez le dirá lo que ella quiere oír. Debe ir a un liderazgo más colectivo, más compartido”. ¿Pero acaso hay críticas explícitas en el partido a su manera de dirigir la organización y la Junta? “Bueno, en el último Comité Director se dijeron cosas bastante duras”. ¿Cómo cuáles? “Bastante duras. Y en un tono que yo nunca había escuchado hasta ahora”.

Cosas que hay que hablar

Otra persona de la dirección socialista admitía que el ‘asunto Valderas’ no había sido bien gestionado por la presidenta. “La perjudicada ha sido ella, no Izquierda Unida, aunque Maíllo estuviera tan faltón en el Pleno”, reflexionaba este interlocutor a propósito de la idea de Susana Díaz de proponer, a espaldas de IU, al ex coordinador regional de esta formación para el cargo de nueva creación de Comisionado de la Memoria Histórica. “Estas cosas hay que hablarlas más”, concluía.

Por lo demás, dirigentes socialistas y miembros del Gobierno saben que el partido ha entrado en una etapa de incertidumbre. Nadie sabe muy bien cómo gestionará Pedro Sánchez su victoria ni cómo se reflejará esta en los congresos territoriales que se avecinan. “En el congreso regional no habrá ruido, pero en los provinciales sí, sobre todo en algunos, aunque no en Sevilla”, auguraba un alcalde.

Una pregunta sin respuesta

¿Dos años es un plazo suficiente para que Díaz recomponga su maltrecha figura, autentifique su compromiso con Andalucía y borre las huellas de su viaje fallido a Madrid?

La pregunta rondaba, preocupante, por la mente de muchos de los presentes en esta toma de posesión donde la presidenta habló explícitamente de un nuevo tiempo. La respuesta, obviamente, no la tiene nadie, pero la oposición hará lo imposible para que sea negativa. ¿Lo hará también la gente de Pedro en Andalucía? Tampoco eso lo sabe nadie. Por ahora.