Como la paloma de Rafael Alberti, se equivocó Alberto Garzón, se equivocaba, se equivocaba. Ante la muerte de Rita Barberá, investigada por corrupción, el líder de Izquierda Unida ha difundido este desafortunado mensaje: ‘Hacer un minuto de silencio en el Congreso por la muerte de Rita Barberá es un homenaje a su trayectoria. Nos negamos y nos salimos’.

Y, en efecto, los diputados de Unidos Podemos no se han sumado al silencio de la Cámara, donde el resto de parlamentarios sí lo han hecho, interpretando que su minuto de silencio, como todos los minutos de silencio, no era un interesado homenaje a la vida del vivo sino un mero gesto de piedad ante su muerte.

Se equivoca Podemos al no entender que, salvo que el difunto sea un monstruo, la muerte está más allá de la política, que la muerte es no ya una línea roja distinta a todas las demás líneas rojas, sino propiamente La Línea Roja. Alberto Garzón, Pablo Iglesias y el resto de sus compañeros de bancada han confundido las leyes que generalmente rigen la política, que son implacables y no olvidan nada, con las leyes que suelen regir la muerte, que son compasivas y más bien lo olvidan todo. No han entendido los diputados de Podemos que ese olvido de las culpas y los pecados y las abominaciones del difunto es un olvido transitorio y provisional, una absolución ficticia, aparente, convencional, un fingido perdón que en realidad no es perdón ni pretende serlo.

Y lo mismo que de Alberto Garzón, pero al revés, cabe decir de quienes, como Rafael Catalá, se han apresurado a obtener réditos políticos del fallecimiento de Barberá al vincularlo con lo que han dicho de ella sus adversarios políticos, a los cuales “les pesará haber dicho determinadas cosas”, ha sentenciado injustamente el ministro de Justicia. Tampoco Catalá parece comprender la naturaleza de La Línea Roja ni los límites que impone a todos.

En estas primeras horas de brumosa y solitaria travesía en dirección a la orilla de la que nunca se vuelve, Rita Barberá ya no es una exalcaldesa del Partido Popular investigada por corrupción, ni siquiera es propiamente Rita Barberá: es, como todos los difuntos, un enigma, un misterio, un despojo. Una pobre mujer.

Desde las siete de esta mañana, Rita Barberá ya es Otra Cosa, también con mayúsculas pues no en vano la muerte es una de las pocas mayúsculas que nos van quedando en esta vida.  Ciertamente, no sabemos muy bien en qué consiste esa Otra Cosa, pero es precisamente el hecho de no saberlo lo que, al menos por unas horas, nos aconseja ser más cautos y compasivos. Descanse en paz Barberá. Mediten en silencio Garzón y Catalá.