Ahora que se acerca el mes de María, el calendario nos invita a reflexionar sobre el modo como en la España más tradicional e invertebrada se viene jugando desde siglos con la supuesta madre de Jesús. Y lo digo con todos los respetos hacia quienes la creen figura histórica, tanto por argumentos científicos o por sentimientos religiosos. El otro día, me encontré con mi amigo Ángel Sedano, cura, teólogo y artista plástico de tanta enjundia como creatividad pero, eso sí, de formación universitaria francesa en el París del mayo del 68, que me explicó que un jesuita galo ha opinado que son dos los Juanes evangélicos Bautistas: uno, el discípulo amado de Cristo, y otro, bien distinto, Juan el Evangelista y autor también del Apocalipsis, que redactó su obra en griego y que no tiene nada que ver con el anterior. Y es que en el santoral cristiano no hay figura más polivalente, contradictoria y emblemática que la de la Virgen María, empezando por su propia consideración milagrosamente virginal y acabando por el amplísimo juego camaleónico con el que, desde hace dos mil años, ha servido a la doctrina y al adoctrinamiento en la Iglesia Católica. Dejando aparte el hecho material de haber parido sin conocer varón (cosa que, hasta hace muy poco, era tan quimérica como absurda) y el otro, científico, de que la inseminación artificial no ha sido posible hasta hace unas décadas, la figura de María ha servido a su Iglesia para cuadrar las cuentas teológicas, pastorales y propagandísticas y para justificar ante el imaginario de sus fieles la subsidiariedad social femenina por lo importante que fue y es para los cristianos católicos el papel mariano de intermediación y locución intra-familiar (todo a Jesús por María) con Dios uno y trino, con su hijo, con su suegro y con su esposo, papel complicado y original pues consagraba a una sola mujer para tres funciones en vez de lo tradicional en la poligamia oriental de haber muchas mujeres para un solo papel. Por eso, mientras que en el Islam, Fátima solo es la esposa de Mahoma, en el Cristianismo, María es a la vez madre, nuera y esposa del mismísimo Dios y eso merece la prominencia teológica y popular de que goza en el Cristianismo y en el Catolicismo celtibérico, que ha conseguido hacer regresar por la gatera popular de sus innumerables advocaciones al Panteón del politeísmo grecolatino más contumaz. Si se exceptúa el referente apostólico, la historia de la Iglesia está jalonada de las advocaciones marianas más variopintas: madre amantísima, casa y templo de Dios, cuidadora y seguidora infatigable de Jesús hasta después de la muerte. Si se repasan las presencias y nombres de la Virgen, solo en nuestra Semana Santa, se tendrá un atisbo de la nómina de esas funciones populares que constituyen por sí solas un amplísimo Panteón Mariano: de la Esperanza, Amargura, Amor, Aurora, Estrella, Encarnación, Dolores y de las Angustias (en Granada) porque en Andalucía occidental, tendría que ser de las Ansias, Fatigas, Fatiguitas o ganas de arrojar. Para no hablar de advocaciones tan peculiares como la Virgen de la Cinta, de la O, del Espino (o del Pincho) o del Remolino. Y por si fuera poco, también en muchos lugares de nuestra geografía celtibérica se ha nombrado a María "capitana de la tropa aragonesa", capitana general con mando en plaza, banda, fajín y vara de mando, alcaldesa perpetua y otras muchas lindezas originarias del nacional catolicismo y que hoy son abiertamente inconstitucionales, incluso a pesar de su intención metafórica, porque así ocurre con esta trama machiembrada entre lo civil y de lo religioso, teóricamente separados pero prácticamente confundidos y confusos para satisfacción del clero y de la turbamulta aledaña de meapilas y putisantos que llaman a Andalucía tierra de María Santísima porque Granada primero y Sevilla después, lideraron la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción. Ave María Purísima fue el lema inscrito abreviadamente a cincel en los dinteles de las casas albaicineras, enfrentito mismo de la Alhambra, como quien no quiere la cosa. Y luego nos extrañamos del Estado Islámico.