Presentar una colección masculina en 2026 desde la calma y la precisión artesanal es, hoy, un gesto casi radical. Eso es exactamente lo que hizo Paul Smith, quien a sus 78 años trasladó su desfile de París a Milán, el corazón histórico de la sastrería europea, para mostrar su colección Fall Winter 2026 en un formato íntimo, lejos del espectáculo y más cerca del manifiesto creativo. El resultado fue una declaración clara: la sastrería no es pasado, es presente con personalidad.
El cambio de ciudad no es menor. Instalarse en Milán supone posicionar la marca en un territorio donde el corte, el tejido y la construcción siguen siendo pilares culturales. En este contexto, Smith propone una visión que huye del archivo entendido como nostalgia. Junto a Sam Cotton, nuevo Head of Men’s Design y colaborador cercano durante años, el diseñador revisa cerca de cinco décadas de archivo —más de 5.000 prendas conservadas en Nottingham— para reinterpretarlas desde una mirada contemporánea.








Las siluetas de finales de los años 80 y principios de los 90 regresan depuradas, liberadas de códigos temporales. Las chaquetas aparecen deconstruidas, con detalles “inside-out” que dejan ver la arquitectura interna del traje sin sacrificar precisión ni elegancia. Es una forma de convertir la técnica en lenguaje visual, sin renunciar a la esencia de la sastrería británica.
Tejidos como Harris Tweed y Donegal aportan peso histórico, pero se utilizan con la ironía sutil que siempre ha definido a Paul Smith. No son prendas pensadas para impresionar, sino para vivirlas. Trajes destinados a arrugarse, a acompañar el cuerpo, a ganar carácter con el tiempo.
Una de las referencias más sugerentes de la colección es Jean Cocteau, artista francés que hizo del traje y la corbata su uniforme vital. Esta influencia se traduce en detalles inesperados: puños superpuestos, transparencias sutiles, cubrebotones que parecen sacados de otra época y, sin embargo, resultan plenamente actuales. Todo responde a una idea de vestir con intención.
El concepto de “magpie dressing” —recoger elementos dispares y hacerlos convivir— atraviesa toda la propuesta. Estampados procedentes del archivo fotográfico del padre de Smith aparecen en camisería, los lunares regresan reinterpretados a través de sombras y transparencias, y pequeñas peras dibujadas a mano aportan un punto lúdico a un conjunto profundamente serio.
La paleta cromática refuerza esa madurez: burdeos profundos, verdes bosque y marrones ricos funcionan como base sobre la que emergen destellos de color característicos de la firma. Nada es estridente, todo está medido.
En accesorios, la narrativa continúa. Bolsos y cinturones llegan intencionadamente desgastados, como si ya tuvieran historia antes de salir de tienda. En un sector obsesionado con lo nuevo e impoluto, esta estética del uso resulta casi provocadora.
El espacio del desfile —la sede de Paul Smith en Milán— se transformó en una mezcla de galería y salón doméstico. Un mural de Colin Barnes, artista vinculado a los primeros años de la marca, convivía con juegos de trompe l’oeil y bancos de madera estampados con objetos cotidianos: tijeras, tazas de café, pequeños fetiches creativos que han alimentado el imaginario del diseñador durante décadas.
En un momento en el que la moda masculina parece debatirse entre seguir tendencias o refugiarse en fórmulas comerciales seguras, Paul Smith propone una tercera vía: la del traje como conversación entre técnica y personalidad. La colección Fall Winter 2026 no busca viralidad inmediata, pero sí deja algo más duradero: la certeza de que la sastrería, reinterpretada y vivida, sigue siendo una herramienta poderosa de autoexpresión.
En Milán, rodeado de las grandes casas del corte, Paul Smith volvió a decir lo mismo que lleva más de cincuenta años defendiendo. Y, una vez más, tenía razón.