Había expectación, memoria reciente y una pregunta flotando en el ambiente: ¿qué significa hoy la alta costura? Con su colección Primavera 2026, Dior ofrece una respuesta ambiciosa. En su primer ejercicio couture para la maison, Jonathan Anderson no se limita a firmar vestidos excepcionales; plantea un sistema nuevo, una coreografía cultural que expande el ritual histórico del couture hacia el presente. El resultado es una propuesta en floración constante, donde artesanía, naturaleza y emoción se convierten en lenguaje.
El escenario ya insinuaba continuidad y ruptura. Un espacio familiar —la carpa plateada reimaginada donde Anderson había mostrado su colección masculina días antes— acogía a un público de primer nivel. Entre los asistentes, Brigitte Macron, Bernard Arnault, Jeff Bezos y Lauren Sánchez, junto a figuras del cine y la moda como Anya Taylor-Joy, Jennifer Lawrence y Greta Lee. Incluso John Galliano regresaba a un desfile de Dior por primera vez desde 2011, en un gesto cargado de simbolismo. La llegada tardía de Rihanna tensó la espera; lo que siguió en pasarela disipó cualquier duda.
Entre los asistentes
Anderson propone reinventar el molde que Charles Frederick Worth fijó en el siglo XIX. A la secuencia clásica —desfile, citas privadas, pedidos a medida— suma dos capítulos: un evento exclusivo para clientes y una exposición abierta al público durante una semana. La alta costura, sugiere, no debe ser un club hermético, sino un laboratorio de ideas capaz de convocar a todos sin diluir su excelencia.
La colección se abre con vestidos bulbosos de pliegues generosos, una referencia directa a su primer gesto prêt-à-porter en la casa y a las formas sensuales de la ceramista Magdalene Odundo. Esa colaboración artística se extiende a varios Lady Dior, mientras que una selección de cerámicas dialoga con quince looks de la temporada y piezas de archivo de Christian Dior. La idea de curaduría atraviesa todo: mirar la historia, intervenirla y permitir nuevas lecturas.
Dior Alta Costura Primavera 2026
En el corazón del trabajo, la artesanía. Abrigos de reloj de arena y vestidos drapeados cubiertos por miles de pétalos textiles evidencian un dominio técnico que no busca intimidar, sino emocionar. Anderson insiste en el propósito: comprar couture como un acto emocional, no como ostentación. La ligereza —una cualidad que a veces faltaba en sus apuestas de alfombra roja— aparece aquí con claridad. Tops translúcidos giran como conchas marinas; escamas plumosas evocan macrofotografías de alas de mariposa; minicapas de punto envuelven el cuerpo con suavidad.
La floración no es literal, pero sí omnipresente. Los vestidos campana recuerdan al muguet, la flor fetiche del fundador, ampliada hasta convertirse en arquitectura. Las “mujeres flor” de Dior reaparecen sin nostalgia, reinterpretadas con humor y precisión. Anderson también conversa con sus predecesores sin caer en la cita fácil: la sastrería afilada y la ornamentación quirúrgica de Raf Simons se intuyen en un Bar negro minimalista; la sensualidad Belle Époque de Galliano se filtra en vestidos negros al bies.
La apuesta se radicaliza fuera de pasarela. Además de los 63 looks, el diseñador crea una colección paralela solo para clientes y una serie de accesorios con antigüedades reales: estolas prendidas con miniaturas del siglo XVIII, clutches forrados con tejidos de la era de María Antonieta, joyas con fósiles y meteoritos. Unicidad sin elitismo, insiste Anderson, porque la exposición pública funciona como puerta de entrada a un oficio en riesgo.
El gesto final consolida la intención: el primer look de couture será donado al Victoria & Albert Museum de Londres, como parte de un programa para activar el interés público por la costura. Dior Alta Costura Primavera 2026 no es solo un debut; es una declaración. En manos de Jonathan Anderson, el couture florece cuando se comparte, cuando se mira de cerca y cuando se permite volver a empezar.