Si Giacomo Casanova hubiese sido un truhán con movilidad reducida de los tiempos actuales quizás hubiese huido de Venecia dado su poco carácter accesible, pues los canales y sus calles estrechas con empedrados irregulares, aunque con vaporettos y taxis adaptados, no son aptos para que se prodigue un amante en silla de ruedas. Para colmo, los puentes que se inauguran en pleno siglo XXI, como el puente de la Constitución, ideado por un Santiago Calatrava con una reputación en horas bajas, no son accesibles y constituyen una trampa para los peatones, pues éstos han tildado la infraestructura de peligrosa dado que sus escalones propician las caídas. De hecho, 38 personas ya han sustanciado denuncias por resbalones, pero esto es solo la punta del iceberg. Desde luego, si fuésemos muñecos de Lego, todo resultaría mejor para Calatrava y nunca nos haríamos daño por mucho que nos gustara echar a rodar por los escalones de sus obras.



Pero para su desgracia, no somos muñecos y seguramente el famoso Casanova hubiera liderado la indignación de una ciudad hacia un puente que, además de rebosar de peligros, ha supuesto un desembolso extra por parte del Consistorio veneciano de 464.000 € para suplir sus carencias.

Por lo tanto, los mandamases municipales ni cortos ni perezosos han decidido tirar de la justicia para cobrarse estos extras. Así que le ha plantado una demanda al arquitecto español exigiéndole una indemnización por los daños y perjuicios ocasionados por esta obra cuya inauguración data de 2008.

Dicha obra, que cruza el Gran Canal de Venecia y que une la estación de tren de Santa Lucía con el aparcamiento de la Plaza de Roma, fue inaugurada de tapadillo y con nocturnidad una noche de noviembre sin presencia alguna de mandatario alguno. Aunque en principio estaba prevista la concurrencia al evento de la flor y nata de la política italiana con el presidente de la República a la cabeza de la delegación de importantes dos meses antes (el 18 de septiembre), al final el puente se quedó sin gozar de toda esa parafernalia inaugural dada la polémica generada en torno a su construcción.

Parecía que la ciudad empezaba avergonzarse del nuevo miembro de la familia, pues de los 7,2 millones de euros presupuestados, finalmente ejecutó una “pirueta triple mortal” hasta los once. Pero tal acrobacia no dejó indiferente al Tribunal de Cuentas de Venecia que ya medita enfilar a su creador por el camino de los tribunales debido a ese sobrecoste de cuatro millones.

Sin embargo, uno de los aspectos que más llama la atención es el nulo desvelo que este arquitecto siente por la accesibilidad. Al menos en el caso veneciano obvió en su llamativo e innovador diseño a un sector de la población como las personas con movilidad reducida. Al parecer, Calatrava ignora que la accesibilidad también entra en el campo de la arquitectura y que ésta puede beneficiarse en la actualidad de todo un dechado de soluciones como las que nos aporta este blog que versa sobre precios de salvaescaleras. Mirando los precios, si Calatrava hubiese tenido en cuenta estas plataformas para su proyecto, se hubiese ahorrado dolores de cabeza (y dinero).

Por lo tanto, los Giacomo Casanova imperantes y dependientes de una silla de ruedas deberían emigrar con sus escarceos amorosos y picaresca a otra parte, porque este sector de la ciudadanía no entra en los planes arquitectónicos de Calatrava.

De hecho, al artista le hacen cosquillas las reclamaciones que le hacen en este sentido. Así, en Bilbao el Ayuntamiento “osó” instalar unas planchas antideslizantes y mejorar, además, la accesibilidad del puente de Zubi Zuri sobre la ría de Bilbao, y el arquitecto les plantó una demanda por infringir sus derechos morales de autor. Pues bien, el arquitecto se anotó este tanto, pues la Audiencia Provincial refrendó sus pretensiones y el Consistorio fue condenado a indemnizarle en 2009. Aunque, eso sí, la cantidad se rebajó considerablemente pues de los tres millones de euros solicitados por el vilipendiado, la cosa quedó en 30.000.

Pero quizás este episodio sea de los pocos escarceos judiciales con final más o menos feliz del arquitecto, pues 2013 se ha distinguido por un crescendo de demandas que hacen guardia ante la puerta del valenciano, pues Venecia no está sola en sus plegarias judiciales. No en vano, a ésta se le han sumado Oviedo o Valencia, entre otras ciudades que pretenden añadirse al club de indignadas como la localidad holandesa de Haarlemmermee, donde uno de sus concejales ha instado al alcalde a demandar al arquitecto por el ruinoso estado de tres puentes encargados a Calatrava ya que, según asegura, éstos se oxidaron al año de su inauguración y han supuesto un esfuerzo de mantenimiento valorado en cincuenta millones de euros.

Sí, parece que Calatrava se ha dedicado en los últimos años a sortear muchos ríos y, de paso, ha dado esquinazo no solo a la accesibilidad, sino también a los peatones que se resbalan en sus obras. Quizás el arquitecto, en pleno asedio judicial, esté rumiando construir su propia Lego ciudad cuyos habitantes, por mucho que se resbalasen, nunca le demandarían.