Ayer fui al concierto de Judeline, mi artista más escuchada de 2025, y confieso que estaba más nerviosa yo que ella. No era un concierto cualquiera: era su primer Movistar Arena en Madrid. Y aunque el vértigo suele reservarse para quien pisa el escenario, a mí me temblaban las manos al cruzar las puertas.

Fui con mi novio, que apenas se sabe cinco canciones -contadas y, probablemente, mal pronunciadas- y que, en teoría, acudía más por amor que por devoción musical. Salió convertido. “Ha sido como una obra de teatro”, me dijo nada más terminar. Y no le falta razón. Lo que Judeline presentó no fue una sucesión de temas, sino una narrativa. Una dramaturgia pop con acento andaluz y pulsión electrónica.

Tras una breve espera que aumentó la expectación colectiva, comenzaron a sonar los primeros acordes de angelA. Sobre el escenario: su cuerpo de acompañamiento, un misterioso hombre pintado de gris que parecía salido de un sueño febril, una pequeña banda -batería y cuarteto de cuerda- que aportaba solemnidad escénica, y ella, Judeline, erguida en el centro de todo como si hubiera nacido para habitar ese espacio.

El arranque fue una declaración de intenciones. BRUJERIA!, mangata, INRI, En el cielo, Heavenly junto a Rusowsky… Un bloque compacto, hipnótico, donde el R&B se abrazaba con lo urbano y lo electrónico sin perder nunca el pulso andaluz. No podía quitar la mirada del escenario ni de las pantallas gigantes: cada gesto, cada sombra, cada transición parecía estar pensada para construir una experiencia total. Mi novio, que al principio miraba con prudencia, terminó completamente absorto. No quería perderse nada.

Uno de los momentos más mágicos llegó con la aparición de Yerai Cortés. Cuando salió con la guitarra, el Movistar Arena se transformó en un espacio íntimo, casi sagrado. Juntos interpretaron Un puente por la Bahía, la Cruz del Campo y el silencio fue absoluto, roto únicamente por los aplausos emocionados. Flamenco, mar, juventud, memoria. Andalucía latiendo en el corazón de Madrid. Fue un instante suspendido en el tiempo.

Porque si algo marcó la noche fue la reivindicación de sus raíces. Judeline habló desde la emoción, consciente de lo que significaba estar allí. “Hoy estamos representando a Andalucía”, confesó con la voz entrecortada. Y lo demostró invitando a La Mari de Chambao para cantar Ahí estás tú y a Papá Levante con Canción del agua

Hubo espacio también para el desenfreno y la celebración colectiva. Canijo fue de las más coreadas; Chica de cristal, que convirtió el recinto en un cielo de linternas titilantes, la más llorada; Mi breve juventud y PIKI desataron el baile sin reservas. Y cuando llegó Zarzillos de plata, el himno que la puso definitivamente en el radar de muchos, el Movistar Arena se convirtió en un coro multitudinario. 

Cuando cerró el concierto entre lágrimas, diciendo que este era el comienzo de algo muy grande, no sonó a frase hecha. Sonó a promesa. A certeza. A una joven de 23 años consciente de que ha dado un paso decisivo y de que el camino que se abre ante ella es inmenso.

Anoche, mientras Lara Fernández -Judeline- abrazaba su sueño bajo los focos, tuve la sensación nítida de que acabábamos de presenciar el nacimiento de una mitología pop con acento andaluz.

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