Nació en Melilla, creció en un entorno rural de Jaén y se hizo a sí misma en las calles del Albaicín. Arrifeña -del Rif marroquí-, hija de padres migrantes y criada entre el Ramadán y la Semana Santa, esta joven cantante andaluza ha convertido la diáspora en materia prima artística. Su música transita entre el español, el amazigh y el árabe dialectal, pero es en el castellano donde, confiesa, logra desnudar del todo la emoción.
Empezó a cantar a escondidas. “En mi casa no se escuchaba música”, recuerda. De niña se refugiaba en karaokes improvisados tras descubrir a Adele y Sia. Más tarde se trasladó a Granada para estudiar Bellas Artes, pero la música terminó ocupándolo todo. Allí comenzó a componer las primeras maquetas de un EP nacido en un momento vital decisivo: cuando decidió quitarse el velo tras llevarlo desde los once años y afrontar la incomprensión familiar.
Desde entonces, su proyecto ha crecido entre viajes maratonianos a Madrid para grabar -“con un bono de 50 euros y sin dormir”- y colaboraciones con productores latinoamericanos. En 2025 publicó DÓNDE ESTÁS?, un tema que narra el desamor entre “un moro y una cristiana”, atravesado por prejuicios culturales. Ahora prepara la segunda parte de esa historia y sueña con un álbum conceptual dividido en capítulos.
Pregunta (P): ¿Por qué decidiste empezar a cantar?
Respuesta (R): Es complicado explicarlo porque no hubo un momento concreto en el que yo dijera “quiero ser cantante”. Cantar fue algo que apareció en mi vida desde muy pequeña. Lo encontré como una vía de escape, como un desahogo emocional cuando ni siquiera sabía ponerle nombre a lo que sentía.
En mi casa no se escuchaba música. Mis padres son personas muy tradicionales, muy conservadoras, y no había ese ambiente artístico. Por eso me escondía en un rincón con karaokes y cantaba bajito. No sé ni de dónde me salió. Pero era mi sitio seguro, mi safe place.
P: Te fuiste a Granada a estudiar Bellas Artes y la música terminó ocupándolo todo. ¿Fue una forma de rebelarte?
R: Más que rebeldía fue refugio. Independizarme fue un punto de inflexión enorme. Yo venía de un entorno muy cerrado, de casa a clase y de clase a casa, con muy poca vida social. Llegar a Granada fue vivir muchísimas primeras veces: conocer gente, recorrer calles, descubrir historias.
Ahí empecé a crear mi propio mundo musical. Yo siempre había escrito poesía, pero en ese momento necesité transformar todo eso en canciones. Era la única manera de apagar la ansiedad, de ordenar el caos.
P: ¿Qué significa para ti la palabra “diáspora”?
R: Para mí la diáspora es esa comunidad de personas que, por un motivo u otro, han tenido que empezar de cero en otro lugar. Puede haber sido una generación atrás o la propia persona. En mi caso son mis padres. Ellos emigraron, dejaron a su familia, aprendieron un idioma nuevo.
Durante mucho tiempo no fui consciente de que vivía entre dos mundos. Yo era “la única mora de clase”, usando el término al que estoy acostumbrada. Fue en Granada, caminando por el Albaicín o por la calle Elvira, cuando empecé a sentir algo muy fuerte: oler algo y que me recordara a Marruecos.
P: ¿Crees que en España cuesta entender esa identidad híbrida?
R: Creo que sí. Hay gente que se aferra a la idea de que España tiene un único origen, una única raíz, y eso no es real. La inmigración construye la cultura de un país. La diversidad es lo que lo hace interesante.
P: Compones en español, amazigh y árabe dialectal. ¿Cada idioma te permite expresar cosas distintas?
R: Totalmente. Me he dado cuenta de que toda mi parte emocional se la lleva el español. Y no porque quiera, sino porque es el idioma en el que pienso. En casa hablamos amazigh y dariya, pero las conversaciones no giran tanto en torno a lo emocional. Entonces cuando intento expresar algo muy profundo en árabe siento que tengo que traducirme.
Estoy trabajando mucho eso, intentando ganar soltura. Pero de momento, si tengo que hablar de sentimientos muy íntimos, el español es el idioma que me sale de manera más natural.
P: ¿Cómo vives el debate sobre prohibir el hijab en espacios públicos?
R: Es una paradoja enorme. Si obligas a una mujer a quitárselo, le estás quitando libertad. Puedes abrir el debate sobre si el velo es una imposición en algunos contextos, pero prohibirlo de manera general es otra imposición. Cuando pones a una persona entre la espada y la pared para decidir, ya no le estás dando libertad. Y además es un debate que no se plantea igual con otras religiones. No se cuestiona a una monja por llevar hábito. Con la inmigración sí se genera ese foco constante, y muchas veces siento que alimenta el odio.
P: ¿Con quién te gustaría colaborar?
R: Ahora mismo estoy muy obsesionada con Hino Casablanca. Me fascina cómo mezcla sonidos caribeños, raveros, con ese toque árabe sin perder esencia. También me inspira mucho la capacidad de artistas como Dellafuente para transformar el directo en una experiencia emocional.
Sueño con que mis conciertos sean un viaje: que alguien entre en la sala y durante una hora sienta que está en Marruecos y luego regrese a España con otra mirada.
P: ¿Qué quieres que sienta quien escuche Dónde estás?
R. Hay un término que ronda mucho mi cabeza: tarab. Es una palabra que se utilizaba en conciertos en Oriente Medio cuando alguien alcanzaba el éxtasis musical. Ese momento en el que la música te atraviesa y sientes algo casi indescriptible. Me gustaría que la gente rozara ese tarab con mis canciones. Que no sea solo escuchar, sino sentir de verdad.
Tras los primeros conciertos celebrados a finales de 2025, la artista prepara nuevas fechas y trabaja en un álbum conceptual dividido en dos o tres partes. La próxima canción será la continuación directa de DÓNDE ESTÁS?, cerrando la historia de ese amor atravesado por prejuicios culturales.
Mientras tanto, sigue construyendo un puente sonoro entre Jaén y el Rif, entre el español y el amazigh, entre la nostalgia y el presente. Su objetivo no es otro que ese: que la música haga sentir. Y, si es posible, que en ese proceso también desmonte alguna frontera.