Hay revoluciones que empiezan con manifiestos, multitudes y discursos. El hiphop tuvo bastante menos protocolo: dos tocadiscos, unos altavoces, discos de funk y soul, adolescentes buscando fiesta y un DJ empeñado en que la parte más excitante de una canción no terminara cuando decía el vinilo.

La fecha que hoy se toma como punto simbólico de partida es el 11 de agosto de 1973. Aquella noche, Cindy Campbell había organizado junto a su hermano Clive una fiesta de regreso a las clases en el edificio donde vivían, en el Bronx. Clive tenía entonces 18 años y empezaba a ser conocido detrás de los platos con un nombre considerablemente más grande que la habitación, DJ Kool Herc.

La intención era bastante menos trascendental que fundar uno de los movimientos culturales más importantes del último medio siglo. Cindy quería conseguir dinero para comprarse ropa nueva para el colegio. Las chicas pagaban 25 centavos por entrar y los chicos, 50. La fiesta acabó recaudando unos 300 dólares.

Herc, nacido en Jamaica como Clive Campbell, había crecido familiarizado con la cultura de los grandes sistemas de sonido jamaicanos. Cuando pinchaba determinados discos de funk, los bailarines parecían esperar especialmente los pequeños fragmentos en los que desaparecían las voces y quedaban desnudos la batería y el ritmo. Los breaks.

Así que decidió darles lo que querían.

Utilizando dos copias de un mismo disco y dos platos, podía pasar de un fragmento instrumental a otro y alargar durante mucho más tiempo aquella sección que originalmente duraba apenas unos segundos. Era una técnica que Herc describiría mediante su estilo de merry-go-round: mientras un break terminaba, otro comenzaba. La canción dejaba así de ser una estructura cerrada y el DJ empezaba a reconstruirla en directo.

Puede parecer un detalle técnico pero en realidad, contenía una idea gigantesca. La música grabada también podía convertirse en materia prima. El DJ ya no era simplemente la persona encargada de poner canciones. Podía desmontarlas, repetirlas, mezclarlas y darles una segunda vida. 

Sobre el ritmo aparecieron voces que animaban al público, lanzaban rimas y competían con ingenio. Los MC fueron ganando protagonismo hasta convertir la palabra rimada en uno de los pilares de la nueva cultura. En la pista, los bailarines encontraron precisamente en aquellos breaks el espacio perfecto para desarrollar movimientos cada vez más complejos. En las calles y vagones de Nueva York, mientras tanto, el graffiti llevaba tiempo convirtiendo nombres y firmas en identidad visual. El hiphop estaba tomando forma.

La formulación clásica suele hablar de cuatro grandes elementos: DJing, MCing o rap, breaking y graffiti. Con los años se han añadido otros componentes -desde el conocimiento hasta la moda o determinadas formas de lenguaje- para describir un movimiento cuya influencia terminó desbordando cualquier clasificación inicial.

Nueva York atravesaba una grave crisis urbana y económica. Numerosos barrios sufrían abandono institucional, deterioro de viviendas, pobreza y violencia. En ese escenario, comunidades afroamericanas y latinas crearon nuevas formas de reunión, competición y expresión cultural.

Y entonces empezó el efecto dominó.

De Grandmaster Flash a Rapper’s Delight

Después de Herc llegaron otros nombres fundamentales. Grandmaster Flash llevó las posibilidades técnicas del DJ a otro nivel. Afrika Bambaataa ayudó a articular el movimiento como cultura. Los MC dejaron de ser acompañantes ocasionales para ocupar progresivamente el centro del escenario.

Las fiestas crecieron. Los parques y centros comunitarios se quedaron pequeños. El sonido saltó a clubes y salas. Y finalmente entró en el estudio.

En 1979, Rapper’s Delight, de The Sugarhill Gang, demostró que aquella música nacida en fiestas de barrio podía viajar mucho más allá de Nueva York. El rap descubrió el disco comercial y la industria descubrió el rap.

Durante los años ochenta, artistas como Run-D.M.C., Public Enemy, LL Cool J o Beastie Boys convirtieron el hiphop en un fenómeno nacional. En los noventa, el mapa se multiplicó: Nueva York, Los Ángeles, Atlanta y otras ciudades comenzaron a producir escenas, sonidos y relatos propios. El hiphop exportó una estructura pero nunca exigió un único contenido.

Podía hablar del Bronx porque había nacido allí, pero también de Sevilla, Marsella, Medellín, Dakar o Seúl. Bastaba con cambiar el paisaje. La lógica seguía funcionando, contar la propia realidad con las herramientas disponibles.

Han pasado 53 años desde aquel 11 de agosto de 1973. El hiphop ha entrado en museos, universidades, pasarelas, galerías y ceremonias institucionales. Ha producido multimillonarios y estrellas globales. El breaking llegó incluso a debutar como disciplina olímpica en París 2024, una trayectoria difícil de imaginar cuando sus primeros bailarines se reunían alrededor de los breaks de Kool Herc.

Súmate a El Plural

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora