Sus poemas marcan el paso del casi toda su obra literaria, pero es en su nuevo libro, En defensa de la memoria (Alfaguara), donde se abre en canal a través de sus recuerdos. Elvira Sastre está de vuelta, y lo ha hecho con un trabajo en el que refleja su pasado, que también es su presente en la memoria que no olvida, acompañado de fotografías inéditas que dan ese apoyo tan especial al relato.

PREGUNTA (P): La mayor parte de tu obra se comprende en poesía, pero en esta ocasión vemos a otra Elvira, quizá la más personal. ¿Cómo nació esta idea?

RESPUESTA (R): Nace en distintos puntos. Por una parte, nace con la fotografía analógica hace unos cinco años, de una manera aleatoria y ni pensando que iba a acabar siendo un libro, surge como una necesidad de capturar cosas, momentos y personas. Era consciente de que todo eso se iba a acabar en algún momento: mis abuelos, mi perra que estaba enferma, los veranos… Con esa rutina que viví durante años me entró una angustia anticipatoria de que podría acabar, la fotografía analógica, con todo lo que requiere, con mucha paciencia, me sentía equilibrada. Surgió como una necesidad de tener algo físico de todo lo que estaba viviendo y evitar que la memoria me traicionase en un futuro y no recordar ciertas cosas.

La idea del libro no fue tan consciente, pero, hace unos años, vi una exposición en París, tenía una foto del mar con un texto que explicaba que la hizo porque su hermana se había puesto de parto, él estaba lejos, pero quería dejarle una foto a su sobrino de cómo estaba el mar aquel día. Es una idea preciosa, también le hice un álbum a mi sobrino en su primer año de vida, quizá ese fue el germen, es muy bonito hacer algo manual.

P: Las fotografías funcionan como un recuerdo visual, ¿qué peso tienen tanto en el libro como en tu experiencia general?

R: Es un peso bastante grande, es el primer libro en el que va primero la imagen que la palabra; la palabra va después y no es que venga a explicar la imagen, es más una cuestión de dos caminos paralelos. Algunas no las explico, las completo y lo cuento con palabras. Es igual que la poesía y la música, son dos artes que casan muy bien y alargan la emoción, te permiten verlo desde dos puntos de vista diferentes, es un ejercicio interesante.

P: En uno de los fragmentos, dices: ‘Siempre hay algo que permanece intacto en la memoria’. ¿A qué te refieres?

R: Es una frase un poco abierta, porque termina diciendo que puede que sea una invención. No quiero que mis recuerdos se transformen de esa manera también, o quedarme muy fija o colgada de un recuerdo, que está bien, pero no quiero todos sean así. La imagen tiene la capacidad de llevarme al momento exacto y saber que estuve ahí, me gusta estar detrás, siempre pienso que hay alguien tomando esa foto, me lleva a asegurarme en un futuro que estuve ahí, que viví ese momento.

P: Este verano leí una frase recurrente en redes sociales que decía: ‘Vamos al mar para no ahogarnos’. Algo paradójico y un elemento al que también referencias. ¿Qué representan estos lugares o momentos a nivel vital?

R: Sirve bastante para hacerse preguntas a una misma, hay mucha imagen del mar. Si una sabe hacerse frente al mar las preguntas adecuadas, las respuestas llegan de una manera muy sencilla. Tengo un poema que habla sobre esto y todo lo que me provoca: por una parte, da mucho miedo no tocar con los pies el fondo o la oscuridad, pero, al mismo tiempo, me hace sentir cosas que no lo hace ningún otro sitio. Es convivir con esa dualidad y hacer las preguntas adecuadas.

Somos una generación que no tenemos una vida mejor que la de nuestros padres.

 

P: Hay fragmentos en los que hablas sobre el mundo rural o los animales, quizá como algo que desconecta de la realidad de las ciudades. ¿Existe un punto de nostalgia?

R: Sí, de nostalgia de la buena. Quizá es una cuestión generacional, en la mía crecimos muy aislados, en nuestra burbuja, el progreso existía y el esfuerzo se valoraba, se podía escalar y tener una vida mejor que la de nuestros padres, pero somos la primera generación en la que eso ya no se cumple, no tenemos una vida mejor que la de nuestros padres, a nivel adquisitivo y de vivienda. Hacemos otras cosas que nuestros padres no, todo tiene su vuelta, pero crecimos así y estalló la crisis, todo se cayó, la gente no podía estudiar, los trabajos son precarios, somos una generación olvidada por las instituciones, no hay protección ni oportunidades, por eso las fabricamos.

Convivir con esa incertidumbre es algo que nos enseñó la pandemia, es muy jodido y estamos muy cansados. Esta vuelta a las cosas que se hacían antes, a la infancia, a lo analógico, las series que veíamos de adolescentes y los encuentros son nuestros lugares seguros, donde sabíamos que las cosas iban bien. Siento que necesitamos conocer el final de las cosas, ahí hay algo sintomático.

P: ¿Consideras que existe una desmemoria colectiva? En el sentido tanto histórico como política al parecer que hay una brecha generacional con ciertas cuestiones.

R: Se responsabiliza mucho a la gente joven de los males que tienen, se ha hecho siempre y es algo que veo mucho con la lectura, diciendo que la gente joven no lee, no es mi experiencia. Responsabilizar a la gente joven de lo que les pasa es un error, no me parece justo, si somos menores para unas cosas también lo somos para las demás.

A nivel de memoria histórica, es consecuencia de un silencio que hubo en su momento. Cuando hay una Guerra Civil y muertes dentro de un mismo país, una herida tan profunda hay dos opciones: o hablar de ello, curarla y echarle agua oxigenada cuando está aún abierta o dejar que cicatrice sin hablar de ello, se ha querido dar un salto y se ha pasado página.

La consecuencia ha sido la generación de mis abuelos que se están muriendo muchos en silencio, con miedo, se mueren los pocos testigos que pueden contar lo que pasó, hay un salto y no se ha hablado de ello. Si las cosas no se capturan y no se escribe sobre ello, todo puede ser una invención. ¿Qué responsabilidad tiene la gente joven que no lo vivió o ya no tiene abuelos que lo vivieron? Habría que echar la vista atrás e intentar hacer las cosas de otra manera.

P: Quizás el ejemplo más acuciante sea la generación de los 90 y principios de los 2000 con problemas como el acceso a la vivienda y, a su vez, los jóvenes de ahora presentan estas cuestiones de desmemoria o la proliferación de discursos de odio.

R: Es muy propio de la juventud ir a contracorriente de lo que hay, recuerdo que tengo cuadernos de pequeña con la 'A' de anarquía, no sabía nada, pero era lo reaccionario del momento. Lo reaccionario lo acompaña muy bien la juventud porque no tienes ganas de que te digan qué tienes que hacer o querer cambiar las cosas.

Me parece crítico y complicado gestionar los discursos, entiendes cómo funciona todo, hay mucha pobreza y voto a la ultraderecha desde la clase más obrera que igual, desde ciertos privilegios, no se entiende, pero hay que entrar ahí a entender por qué pasa eso. Más que condenarlo, dejarlo a un lado y hacerlo de menos, hay que entender cómo se ha llegado hasta ahí para intentar que los discursos progresistas y avanzados convenzan a esta gente. La solución es la pedagogía y la educación, sin infravalorar a nadie.

Más que condenar los discursos de odio hay que entender cómo se ha llegado ahí.

 

P: Está a la orden del día el debate de las redes sociales, donde muchos discursos de este calado condicionan a cómo se forman y desenvuelven en la sociedad.

Esto hace mucho ruido, hay gente joven muy culta y lista, con ambiciones e interesada en la lectura, lo que no quita que una parte de las redes sociales es un charco lleno de veneno, en mi opinión lo primero tendría que ser pedir un DNI. No puede ser que a mi no me puedan agredir en la calle, que es un delito tipificado, pero en redes sí que te puedan agredir verbalmente, las palabras hacen muchísimo daño, tenemos que hablar con cuidado.

Hay un poema de Luis García Montero que dice algo así, habla del amor por alguien y dice que cuida las palabras que dice. Sobre quien no las cuida también debe haber algún tipo de represalia.

P: El entorno familiar, como bien referencias hablando de tus abuelos, es clave en el recuerdo propio. Me viene a la cabeza una cita de Interestellar que decía algo como que ‘los padres son los recuerdos de los hijos’. ¿Cómo se siente esa pérdida de la niñez y el paso del tiempo cuando crecemos y perdemos a seres queridos?

R: Soy muy sensible y la siento mucho. La muerte hace un poco de parapeto y te pone un poco en tu sitio en estas ocasiones, te limita y te dice que no eres tan especial y no puedes hacerlo todo. Este año, que he sufrido muchas muertes y un cambio de etapa tremendo, son muertes todas muy diferentes, algunas atravesadas por la vejez y otras enfermedades súper rápidas, vengo muy atravesada por todo esto. La infancia era un refugio y por la falta de mis abuelos siento que mi lugar seguro ahora está en otro extremo, como en mis sobrinos, de repente me estoy relacionando con seres vivos que crecen y me trascenderán, no requieren de esa angustia anticipatoria que decía antes.

Este libro tiene de las dos partes, de la memoria que me ha traído hasta aquí y la memoria que estoy construyendo para dirigirme a algún sitio, por ahí estoy medio equilibrada, a mitad de la partida.

En este país hemos sido muy peleones (...) ahora estamos muy cansados, derrotados.

P: ¿Le tenemos miedo o ansiedad al futuro porque está vacío de memoria, por lo desconocido y la incertidumbre del qué pasará?

R: Es muy dañino convivir con la incertidumbre, se reveló bastante con el coronavirus y está muy presente. Ahora creo que empieza a haber un poco de resignación, se da por hecho que, por ejemplo, no nos vamos a poder comprar una casa, ya buscas otras cosas.

Aunque siempre nos quedemos con las pequeñas cosas, tampoco me parece bien normalizarlo, en este país siempre hemos sido muy peleones, nos han enseñado a salir a las calles, a quejarnos y protestar. Yo viví el 15M y fue algo increíble, un aprendizaje brutal, eso no pasa ahora porque estamos muy cansados, derrotados, ese es el problema fundamental: no es tanto el futuro, sino el presente.  

P: ¿Qué sería de las personas sin memoria o recuerdos?

R: Sería todo mucho más perverso, más de mentira, vidas ficticias. No tendríamos oportunidad de aprender de las cosas que hemos vivido, de lo que nos ha precedido o incluso de la imagen de nosotros mismos cuando éramos más pequeños. Muchas veces pensamos que aprendemos de la gente externa, que también, pero hay un aprendizaje precioso en una misma y las elecciones que vamos tomando, porque, de alguna manera, muestra que somos seres libres. Todo es un camino hacia adelante y hace falta mirar atrás para ver qué te ha llevado a ser quién eres.

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