Imagínese un campeonato en el que no gana quien corre más rápido, marca más goles o lanza mejor una canica. Gana quien entra en escena, mira al público, hace un gesto, improvisa un baile o simplemente permanece quieto con la suficiente solemnidad como para parecer el protagonista de una película que nadie está rodando. Parece absurdo. Un poco lo es. Se llama “farmear aura”, ha pasado de las redes sociales a convertirse en competición presencial y demuestra que los jóvenes quizá no han inventado nada nuevo. Solo le han puesto un nombre incomprensible y una cámara delante.

De entrada, la expresión parece el resultado de juntar al azar dos palabras sacadas de mundos incompatibles. “Farmear” suena a agricultor tecnológico. “Aura” invita a imaginar incienso, piedras energéticas y alguien asegurando que Mercurio retrógrado explica por qué no funciona la impresora.

El verbo “farmear” procede de la jerga de los videojuegos, donde significa repetir determinadas acciones para acumular puntos, experiencia, dinero u objetos. Internet tomó el verbo, lo metió en la batidora habitual del lenguaje juvenil y decidió que también podían acumularse puntos imaginarios de carisma. Así nació el concepto de farmear aura.

En términos comprensibles para cualquier ser humano que no pase seis horas diarias viendo vídeos verticales, consiste en hacer algo que proyecte seguridad, estilo, personalidad o esa cualidad misteriosa que antes resolvíamos diciendo que alguien “tenía presencia”.

Un futbolista marca un gol espectacular y apenas lo celebra. Aura. Alguien lanza un papel desde cinco metros, encesta en la papelera y continúa caminando sin mirar atrás. Mucha aura.

Ese mismo individuo necesita después diecisiete intentos para repetir la escena mientras un amigo lo graba. Catástrofe bursátil del aura.

Porque aquí está la paradoja. Cuanto más se nota que quieres parecer interesante, menos interesante pareces. Nada especialmente nuevo, por otra parte. Lo realmente llamativo es que la broma ha abandonado el teléfono móvil.

En Brasil se han celebrado campeonatos presenciales de “farmear aura” en los que jóvenes compiten por demostrar quién tiene más carisma, creatividad y capacidad para conquistar al público mediante poses, bailes, gestos o pequeñas actuaciones.

En uno de estos encuentros, celebrado en Juazeiro do Norte, una plaza llegó a llenarse de jóvenes dispuestos a contemplar cómo otros jóvenes intentaban demostrar que podían ser extraordinariamente carismáticos durante unos segundos. La humanidad construyó las pirámides, llegó a la Luna y ahora organiza eliminatorias para determinar quién sabe quedarse más elegantemente quieto.

La dinámica de estos torneos es sencilla. Dos participantes se enfrentan y tienen unos segundos para desplegar su arsenal. Uno puede bailar. Otro puede hacer una pose. Otro puede limitarse a mirar al rival como si supiera algo que el resto de nosotros ignoramos. El público reacciona y alguien termina ganando.

Aquí aparece la tentación de pronunciar una de las grandes frases de la historia universal. “Esta juventud…”. Conviene contenerse. 

Pensemos en las canicas. Durante generaciones, poseer una buena colección de aquellas pequeñas bolas de cristal equivalía aproximadamente a disponer de una cartera de inversiones diversificada. Había canicas corrientes, canicas bonitas, canicas especiales y canicas que uno no prestaba ni aunque se lo pidiera el ministro del Interior.

El patio sabía perfectamente quién era bueno. Existían reputaciones, rivalidades y espectadores. Un lanzamiento especialmente complicado podía convertir a un niño en leyenda durante varios recreos. Aquel chaval también estaba farmeando aura. Solo que nadie tenía la mala idea de llamarlo así.

Después llegaron otras disciplinas. Los tazos fueron una auténtica economía paralela del patio de colegio. Se conseguían, se intercambiaban, se perdían y, en ocasiones, generaban negociaciones tan tensas que habrían hecho sudar a un corredor de bolsa. También estaban las chapas, las peonzas, el yo-yo, los cromos o las carreras de bicicletas. Cada una tenía sus especialistas.

Antes uno sabía que Paco era el emperador de las canicas del barrio. Hoy TikTok diría que Paco tiene +15.000 de aura.

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