Este pasado fin de semana tuve la oportunidad de viajar a Colombia. Contactaron conmigo del Festival Hip Hop Kennedy de Bogotá. No tendría nada de extraordinario de no ser porque el evento se reestructuró este año para convertirse en una excusa para recaudar suministros y bienes de primera necesidad para los afectados por el terremoto del pasado 10 de agosto.
No voy a hablar del concierto que hicimos porque es irrelevante. Quiero dedicar estas líneas a intentar trasladar un poco del optimismo con el que volví a casa después de ver lo que vi.
Estoy en una época larga de negatividad. La política -tanto nacional como internacional- el avance descontrolado de ideas reaccionarias, la hostilidad en los discursos, la IA, las fake news, el cambio climático, la tiranía de las redes sociales… La mayor parte de los estímulos que recibo me llevan a cavar un poco más en la sensación de que avanzamos sin remedio hacia un mundo más estridente, gris, malhumorado y con menos libertades. Necesitaba sacudirme ese pesimismo social y Bogotá se ha encargado de ello.
Cuando empecé en el Hip Hop mis mayores me contaron que se trataba de un movimiento cultural que englobaba varias disciplinas artísticas, pero que sobre todo tenía conciencia social. Lo importante nunca fue la música, el grafitti o el breaking, sino convertir a personas perfectamente anónimas en agentes activos del cambio en sus comunidades. La idea de empoderar al pobre, de hacerle creerse capaz, de negar la irrelevancia que la sociedad le presupone me pareció algo poderoso e irresistible. Un cuento precioso que me creí a pies juntillas mucho más transformador que cualquier libro de autoayuda.
Durante mi vida he tenido incontables pruebas de que el Hip Hop funciona. Lo he visto en proyectos con jóvenes en favelas de Brasil, en los barrios más complicados de México, en Guinea Ecuatorial o en Palestina. No importa si tú que me lees no lo entiendes, basta con que sepas que he sido testigo de cómo este invento marginal cambiaba y salvaba vidas en lugares olvidados por las instituciones. Insisto, no hablo de música, hablo del compromiso de integrantes de la cultura Hip Hop con sus vecinos. Sobra decir que movimientos sociales hay muchísimos y todos son admirables, pero esta ocasión pongo el foco en el que yo pertenezco y del que hablo menos de lo que me gustaría porque soy consciente de los prejucios que aún hay en torno a él.
Tres camiones llenos de latas de comida, pañales, linternas, leche en polvo, productos de higiene personal, agua, ropa, medicinas… aportados por gente de barrio a la que no le sobra nada pero que responde cuando unos perfectos desconocidos lo necesitan.
En esta ocasión la gobernación de esa zona de Bogotá también se involucró y es de agradecer, pero necesito escribir que en el mundo en el que vivimos me siento muy orgulloso de cada persona que piensa en cómo echar una mano en lugar de en qué comentario doliente va a poner bajo la publicación de alguien a quien no conoce.
Gracias Bogotá por recordarme que son muchos los que se implican, prometo intentar no volver a caer en el desánimo cuando los otros, los sin corazón, agiten mi fe en la gente.
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